Opinión

Los jóvenes protestan porque ven cerrados sus caminos, negadas todas las oportunidades

¿Por qué protestan los jóvenes? Si nuestra explicación se redujera al compromiso político que muchos, afortunadamente, tienen o a su militancia partidista, erraríamos por defecto. En su hora, la indiferencia e incluso la alergia a la política hicieron estragos muy dañosos. No fue el menor que la mala fama, sea exagerada, justa o redondamente infundada, alejará a jóvenes cuya presencia hubiera sido utilísima para el país y que, por lo mismo, atrajera a más de un indeseable.

No es ya indiferente la juventud, o al menos su vanguardia valerosa con sus conmovedoras muestras de arrojo. Pero ¿qué pasa? Pongamos a un lado los riesgos de la intolerancia asociados a la crispación hiperpolarizada mutuamente negadora, es decir radicalmente antipolítica. Los jóvenes protestan fundamentalmente porque ven cerrados sus caminos y negadas las oportunidades a las que tienen derecho.

Las universidades asfixiadas no se rinden, pero el éxodo de profesores, sobre todo jóvenes en formación, así como de esos estudiantes que pueden o se atreven a irse es demasiado protuberante como para ignorarlo. Salvo al Gobierno que lo ha provocado y que debe ver, insensatamente, que su plan “funciona”. Pero miles se hacen la pregunta ¿estudiar y graduarse para qué? No hay oferta de nuevos y buenos empleos. Se trancan las puertas a la iniciativa personal. El llamado “bachaqueo” es mucho mejor remunerado que el ejercicio de cualquier profesión. Encabezamos la estadística mundial en migración de talentos, y tampoco hay una política pública que reconozca esa nueva realidad.

Fundar una familia, tener hijos y un hogar para ellos. Metas ordinarias como vivienda, carro, vacaciones se ven lejísimo para los más. Aspirar a progresar con indicadores razonables de bienestar más que en un sueño remoto se torna ilusión.

Pero el empobrecimiento es más básico. Elemental. Y que sea mal de muchos es, ya se sabe, consuelo de tontos, pero ni siquiera. Comer, curarse, vestirse, asearse, es más caro cada día e ir al cine o a bailar, además de caro, peligroso. Nuestras ciudades se acuestan temprano. Asustados sus habitantes ya no por los cuentos ajenos, sino por las experiencias propias o cercanas con el delito impune.

En cualquier ciudad venezolana, multitudes protestan. La consigna “No volverán” envejeció hasta ser incomprensible tras casi dos décadas del “proceso” y su deterioro nacional multidimensional. La mayoría de quienes marchan en las calles son jóvenes, luchan como echando el resto. Se les siente una amargura que no es consistente con sus naturales características de rebeldía, creatividad y optimismo. En vez de responderles, el Gobierno los reprime. Es el colmo.

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Ramón Guillermo Aveledo

Ciudadano libre. Abogado, político, profesor e intelectual venezolano. Miembro y dirigente del partido COPEI. Exsecretario general de la Mesa de la Unidad Democrática. Coordinador Internacional de la MUD.

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