Nuestra guerra y nuestra paz…

Estos años en los cuales Venezuela fue devastada y saqueada por una horda salvaje deben ser también los de nuestra definitiva graduación como sociedad civilizada. Los pueblos necesitan estas dolorosas experiencias para alcanzar los niveles de disciplina social, tolerancia y respeto que distinguen a las naciones que funcionan. Ni siquiera pueblos de la más alta cultura, como Alemania, han escapado a esta dolorosa norma. En América Latina el ejemplo clásico, Chile, está fresco. Después de conocer lo peor de los dos extremismos, los chilenos han sabido respetar la alternación en el poder de las grandes corrientes políticas, sin que el triunfo de cualquiera de ellas haya significado la desgracia de quienes no ganaron. Las campañas políticas renuncian al recurso fácil del odio. Después de cada elección, los derechos del otro quedan incólumes y el otorgamiento de la responsabilidad de gobernar no significa privilegio para quienes sacaron más votos. Por eso, después de vivir la devastación y sin tener petróleo o un equivalente, Chile exhibe hoy la mejor calidad de vida en la región.

Es difícil reparar en esto en medio de la tensión a que nos somete el ejército de ocupación -nuestro esperpéntico gobierno civil es en realidad un monigote del poder real, que es el generalato…y Dios sabe cuánto me duele decirlo. Pero, afortunadamente, es una realidad que sigue allí, esperándonos como un premio al final de este duro trayecto. Estamos viviendo la experiencia indispensable para alargarnos los pantalones como ciudadanos del nuevo país al cual hemos venido aludiendo desde que en los años ochenta, cuando comenzó a formarse la tormenta, planteamos la necesidad de un Gran Acuerdo Nacional.

En sectores de buena fe sobreviven reductos de incomprensión e intolerancia que no por pequeños dejan de representar un peligro, el de infectarnos de nuevo con un odio tan dañino como el que hemos padecido, aunque de contrario signo ideológico. Este odio es perfectamente explicable y hasta legítimo. Pero quienes lo experimentan deben entender que la alternación de los odios, unos años el rojo y otros años el negro, nos condenaría a ser eternamente un país de tercera clase. Rómulo Betancourt, político que ya no pertenece a partido alguno sino al patrimonio histórico, estadista en quien hoy hasta sus más enconados adversarios históricos reconocen una excepcional clarividencia, lo resumió en la frase que pusimos en el pórtico de este diario cuando lo fundamos el 23 de enero de 1988: “Este país de todos tenemos que hacerlo todos”. Y todos es todos, hasta los chavistas. Esa obligación de reconciliarse sobre una coincidencia básica -la necesidad de tener una patria-, tuvieron que reconocerla los alemanes después de la locura nazi, los españoles después de la genocida tiranía franquista y los chilenos después de vivir la ruina con el socialismo y el terror con la dictadura militar.

Dentro del mismo concepto de disciplina y tolerancia está la urgencia de reconocer los méritos de quienes, entre aciertos y errores, han conducido esta guerra no convencional hasta cercar a un enemigo que hace pocos años parecía invulnerable. La crueldad conque se insulta a estos dirigentes es la más de las veces movida por laboratorios del Gobierno, pero también hay la de opositores que al objetivo común anteponen sus aspiraciones, o de quienes en el mismo sector democrático desconocen los mecanismo del oficio político, o por inexperiencia o incontinencia creen que el fervor popular puede enfrentarse en combate formal a quienes habiendo recibido las armas de la república para defender la soberanía las usan para humillar a sus propios compatriotas y saquear el patrimonio colectivo. Cuando con intención académica se revise este esfuerzo colosal de un pueblo y su dirigencia, se podrán señalar momentos en que hubiera sido mejor hacer algo distinto, pero eso mismo ha ocurrido con el desembarco aliado en Normandía hace setenta años o cualquier otra gran operación de esta naturaleza en cualquier momento crítico en la historia de la humanidad.

En el tiempo que falta, semanas o meses, para coronar el esfuerzo de liberación en el cual está empeñado el 85% por ciento de los venezolanos, será necesaria una firme disciplina. Si demostramos haber aprendido esta cualidad básica de los grandes pueblos, ganaremos la guerra y después de ganar la guerra ganaremos la paz, lo cual es más importante y más difícil.

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