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Maduro tira la parada

La amenaza de establecer, cambiando para ello la Constitución,  un régimen como el soviético del siglo pasado, es una carta desesperada que el castro-madurismo inventa para usarla en la negociación de impunidad para sus dirigentes cupulares.  Le da un respiro que puede ser de días, semanas o algunos meses, o prolongarse si los factores reales de poder internacional no se ponen de acuerdo para frustrarla –no es que los factores locales no cuenten, sino que su conducta es predecible: lucharán.

Antes de que se planteara el tema de la Asamblea Constituyente, Maduro estaba con las manos vacías. Hasta la amenaza de seguir matando había perdido efecto, no sólo porque los venezolanos están dispuestos a pagar por su libertad el precio de sus muertos, sino porque eso pasaría la línea después de la cual los generales, su único sostén real, no le acompañarían. Eso está claro en la entrelínea de Padrino.

La jugada de la Constituyente ha aliviado notablemente al régimen. La discusión no puede ser sobre cuándo se va,  sino si renuncia a su idea o insiste en ella. Mientras tanto, negocia, y lo hace con la intensidad propia de la desesperación. Sabe que llevar adelante la votación del domingo puede ser su última jugada. No hay manera de que llegue a los dos millones de votos, lo cual, al compararse con los siete millones del plebiscito que acaba de hacer la MUD, patentizará lo que dicen todas las encuestas: aún bajo la presión de comer o no comer, un 80% de los venezolanos se atreve a expresar su repudio al régimen. Si aún con las nalgas al aire sigue adelante, la sovietización propuesta obligaría a que intereses fundamentales de la economía global le saquen sin miramientos y sobre todo sin la anhelada impunidad. Maduro y su banda rezan por un arreglo antes de que eso pase.

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