Todas las revoluciones sin excepción han sido un fracaso

Si analizamos las revoluciones que ha tenido el mundo nos daremos cuenta de que todas -sin excepción- han sido un fracaso, afirma el especialista en temas europeos y latinoamericanos Antonio Navalón.

Por Antonio Navalón

Empiezo a creer que la última revolución que tuvo éxito fue la revolución cultural de Mao Zedong. Aunque provocó más muertes que la rusa, en términos comparativos fue relativamente pacífica. El líder chino era un hombre complicado que entendía bien el poder, por eso nunca confió en nadie. El triunfo de la revolución cultural radicó en que, después de tantos excesos, Deng Xiaoping impuso su idea de dos países, un sistema, y China inició el camino para ser uno de los países más desarrollados del mundo y la primera economía junto a EE.UU.

Si se observa el resto de las revoluciones, solo se verá fracaso. Especialmente, las rebeliones de la moral y la reivindicación que cayó sobre los hombros de los hijos de la dictadura encargados de limpiar la sangre que dejaron sus padres. Hay muchos ejemplos: el de los españoles que decidieron que el mejor sistema para impulsar su Transición -el mayor éxito desde que la infantería castellana consolidó la conquista de América- sería la democracia. Los españoles decidieron que el precio del triunfo de su revolución sería que las víctimas pidieran perdón a los verdugos y así se construyó el éxito de la Transición.

Al analizar lo que pasa con los restos de la revolución bolivariana y las aportaciones de los cubanos se concluye que las revoluciones no devoran a sus hijos, sino que los buenos sentimientos son incompatibles con la naturaleza humana.

Otro ejemplo es Perú, donde Fujimori fue elegido por su pueblo y, a sangre fría, decidió que para servir mejor a su nación debía acabar con el orden constitucional por el que fue elegido. Fujimori instauró su propio desorden y anarquía por su codicia y promiscuidad en el poder.

Al final, la historia enseña que todo Tiberio tiene un sucesor y que todo sucesor es peor que cualquier Tiberio. ¿A quién hubiera elegido Fujimori de haber podido? ¿A Alejandro Toledo, a Alan García, a Ollanta Humala? Da lo mismo.

Lo increíble es que pese a la corrupción, el abuso y la vulneración de los derechos humanos, el recuerdo del fujimorismo hace que siga siendo la fuerza mayoritaria en el Congreso peruano. El que Humala esté en la misma cárcel que Fujimori por un delito de corrupción demuestra que las revoluciones no solo necesitan tener una primavera, sino que rara es la revolución que aguanta el paso de las cuatro estaciones sin pervertirse.

Hoy Perú es el único país que tiene dos expresidentes y una primera dama (Nadine Heredia) en la cárcel, un tercero con orden de captura (Alejandro Toledo) y un cuarto (Alan García) investigado para terminar quizá en el mismo sitio.

En ese sentido, la revolución peruana no puede considerarse un triunfo. Quizá su mayor éxito es tener a personas que creen en las instituciones como el presidente Kuczynski, que no se pone a interpretar las razones por las que algunos presidentes se dejaron corromper por Odebrecht.

¿Qué valores quedarán de las revoluciones democráticas habidas en América Latina? ¿Qué hacer ahora? ¿Decretar una amnistía para empezar de nuevo creyendo que la revolución tecnológica y las nuevas generaciones serán más limpias? ¿O aceptar que en algunos lugares lo más difícil no es castigar lo que está mal, sino mantener el castigo aunque haya pasado un tiempo?

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