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La dictadura es una extraña forma de locura y es contagiosa

Frecuentemente se tilda a los dictadores de locos pero, en realidad, la dictadura en sí misma es una extraña forma de locura. Y es una enfermedad contagiosa.

El dictador es una anomalía. Tomo prestada frase ajena, es “el hijo monstruoso de la crisis”. Pero esa circunstancia desesperada que mueve a los pueblos a aceptar lo inaceptable, no tarda en sentirse como lo que es, un remedo de remedio peor que la enfermedad. Siempre sale carísimo humanamente. Imagínese usted qué significará convertirla en sistema permanente, un proyecto consistente en prolongar la crisis de tal manera que se instaure un aparato de dominación que busca convertir a las personas en peones de su ajedrez, en ladrillos de su estructura, engranajes de la fabulosa máquina de felicidad que su fantasía ha inventado. Peones, ladrillos, engranajes, al final cosas. Despersonalizados. El presidente de Alemania Von Wiezsäcker lo dijo en 1985, al conmemorarse un aniversario de la liberación del Nacional Socialismo, aquello era un “sistema de desprecio al ser humano”.

En los días de paro cívico, junto con escribir y leer páginas ajenas que me fueran útiles, repasé también unas páginas mías publicadas en 2010. La dictadura es como una novela, como una película, unas y otras abundan acerca de la tiranía. Su guión inverosímil lo va escribiendo el propio déspota a punta de ocurrencias que parecen planes fríamente calculados y de planes que parecen ocurrencias. Costosas improvisaciones. Sangrientos arrebatos. A Nerón le atribuyen haber incendiado Roma, Montanelli lo duda pero la acusación fue “vox populi” y en vez de castigar a quienes lo culpaban, dejó que la versión corriera mientras aprovechó para culpar él a los cristianos y perseguirlos.

En “El Gran Dictador”, la inolvidable película de Chaplin, Astolf Hynkel, su parodia del Führer, juega en su enorme oficina con un globo terráqueo que es como una pelota playera, liviana, que flota, rebota y él sueña con que es su amo y señor. Hynkel y Napoleoni, parodia del Duce, pelean como niños malcriados en piñata en otra escena memorable. Pero ni el genio de Chaplin llegó a imaginar una teatralidad como la de Idi Amin Dada, mandamás único de Uganda por un buen rato, autoproclamado “enviado del Altísimo” y, por si fuera poco “Señor de todas las bestias de la tierra y de todos los peces del mar, y conquistador del Imperio Británico en África en general y de Uganda en particular…” ¿Es capaz la locura de lograr que se toquen la tragedia y la comedia? En la dictadura sí. Es la ficción que impone su régimen de hierro a la realidad, esa eterna rebelde que nunca se da por vencida y que, al final, siempre se impone.

Porque esa es otra verdad que a veces tarda pero siempre llega. La realidad es la realidad y está condenada a imponerse a la fantasía, aunque esta amenace (de palabra, claro) al Imperio, decrete que puso de moda el liquiliqui y reparta espadas de Bolívar como caramelos las antiguas reinas de carnaval.

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