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¡Dictadura!

Con un pueblo firme en su lucha y con un clima internacional en su contra, Nicolás Maduro se verá obligado a abandonar el poder, sostiene el escritor y dramaturgo Ibsen Martínez.

Por Ibsen Martínez

La madrugada del martes 1 de agosto la narcodictadura de Nicolás Maduro dio un paso más hacia la barbarie en que busca sumirnos para siempre el socialismo del siglo XXI.

Los secuestros de Antonio Ledezma y Leopoldo López, ejecutados con artera nocturrnidad, y su nueva reclusión en las cárceles del Régimen dan cuenta de la “paz y la convivencia” que, en sus inconexas y procaces arengas, Maduro asociaba a la fraudulenta elección del domingo pasado. Con estos secuestros Maduro comienza a cumplir su promesa de encarcelar, no solo a las cabezas visibles de la oposición, sino a todo el país. Las medidas que otorgaron arresto domiciliario a López y Ledezma fueron revocadas por un nauseabundo Tribunal Supremo de obsecuentes, presidido por un homicida convicto.

El histórico fraude del domingo fue colofón de una temporada de asesinatos que ya pasan de ciento diez y no podía sino ser seguido por este nuevo desafío a la sociedad venezolana que, inequívoca y mayoritariamente, repudió al dictador en un referéndum. No hay duda de que en lo sucesivo veremos cumplir uno a uno los tiránicos designios de la dictadura narcomilitar. Todo ello en medio de una terrible tragedia humanitaria que ha hecho de Venezuela una zona de desastre.

Sin embargo, una vasta mayoría de venezolanos sigue en pie de lucha para poner fin al continuo atentado de Maduro, Cabello, El Aissami y el resto de la panda chavista contra el derecho a la vida, las libertades ciudadanas, la propiedad, el Estado de derecho y la estabilidad de los países vecinos.

Sorprende, sí, hallar en las redes sociales evidencia de que hay aún en la clase política quien considere que deben buscarse fórmulas de entendimiento (¿?) con Maduro y participar en una fementida “Comisión de la Verdad” a fin de acudir a elecciones regionales y generales ofrecidas por la dictadura, para fin de año y para algún momento de 2018, respectivamente. “No debe renunciarse a ningún espacio que permita revertir la naturaleza autoritaria del Régimen”, se nos dice con desvergüenza. Esos razonables posibilistas serán barridos por la misma dictadura con la que recomiendan entenderse.

Hoy poco importa si los secuestros de López y Ledezma son la respuesta de Maduro a las sanciones contra su persona anunciadas por Washington. Lo sublevante es la afrenta que se hace a un pueblo que en la jornada del 16 de julio expresó masivamente su rechazo a la Constituyente totalitaria.

Pero Maduro y sus manejadores de La Habana se equivocan si creen que el sanguinario bigotazos se sostendrá en el poder sin que la sociedad redoble su disposición a luchar por sus libertades con el mismo arrojo con que lo hizo hasta ahora y que le han granjeado la admiración y apoyo de un número cada día más grande de naciones.

El colapso de la economía venezolana y la creciente convicción en los países de la región de que el fracaso del Estado social a que nos trajeron casi dos décadas de desgobierno chavista ya no es una amenaza remota sino peligrosa para nuestros vecinos.

Con un país decidido a luchar por sus libertades, aun en las desiguales condiciones en que lo plantea la satrapía militar chavista, y un clima internacional irrespirable para él, está claro que Maduro deberá dejar el poder. Mientras llega la hora, los demócratas venezolanos han de luchar solos, persuadidos de que solo deben fiarse de sí mismos, de su unidad y determinación.

 

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