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¡Nadie nos va a creer! “No importa uno mismo se cree”

“No importa, uno mismo se cree”, responde  Plácido Ancízar a Matilde en “El Día que me quieras” de José Ignacio Cabrujas.

Que me perdone la familia Ancízar porque, al fin y al cabo, Gardel sí había estado en su casa después de la velada del Principal, esa sala teatral en la esquina del mismo nombre, el noroeste de la Plaza Bolívar. Eso en la ficción teatral. En la vida real le había cantado “Pobre gallo bataraz” a Gómez en el Hotel Jardín maracayero. Faltaba para que al dictador “enclenque y viejo” se le abriera el pellejo. Faltaba, no tan poco como aspiraba la oposición ni tanto como querían él mismo y su corte.

El préstamo tomado de Cabrujas es con motivo de la Constituyente inventada, de la votación del domingo 30 que nadie les creyó adentro o afuera y de la inutilidad de una cosa y la otra, porque la crisis sigue intacta y, en realidad, peor. “Nadie nos va a creer” comenta la más joven en el patio de la casa, al final de la jornada insólita, y su hermano mayor le dice, con aires de la resignada conformidad de quien está acostumbrado a la incredulidad ajena, “No importa, uno mismo se cree”. Que es lo que se repiten entre dientes los próceres de las rojas huestes, el grupito pegado al poder como si creyera que es el poder el que está adherido a ellos. Ellos mismos podrán fingir que se creen, fatuo premio de consolación, pero saben que no es verdad.

¿Cosas de las revoluciones?, dice Picón Salas que no es cualquier cosa. “La palabra Revolución legitimaba con vaga promesa de futuro, con el natural descontento por la situación presente, toda medida que pareciera arbitraria o imprevista”. Pero la realidad es rebelde a esas fantasías. La democracia, en cambio, es por realista más modesta. Y escribió también el sabio merideño, “Si el Estado democrático supone la discusión y el sereno sistema legal -que nunca puede ir tan rápido como las solicitaciones de la multitud-, ahora era más fácil entregarse al improvisado taumaturgo que en nombre de una Utopía revolucionaria promete el próximo paraíso”. Por eso es más seguro el camino democrático pero, digámoslo con intención de que a todos llegue la verdad verdadera, una cosa es la utopía revolucionaria, y otra muy distinta que un grupito de avispados, en su nombre, se apropie del poder y no quiera soltarlo, y arrase con el presupuesto, el de divisas claro, porque el de bolívares ya lo han vuelto nada a punta de inflación y devaluación.

Y los demócratas ¿qué? ¿Cuál es su hoja de ruta? No hay misterio. Incluso la falta de experiencia es subsanable. Basta con leerse a Lowenthal y Bittar. Cada transición es única. No es tarea para los políticos solos, la presión de la sociedad civil en la calle debe acompañar a una oposición con metas específicas y estrategias definidas y a la presión internacional creciente. Y, primero y principal, lo que aquí se ha logrado y no debemos tirarlo por la borda, la unidad de los diversos. Ya lograda, mantenerla y fortalecerla.

 

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