Las elecciones no se ganan solas, hay que ganarlas

Así como protestamos para exigir nuestro derecho a votar, votaremos como modo de protestar.

“Hay que enmarcar las elecciones regionales en la lógica de la protesta”, lo ha dicho en entrevista Guillermo Tell Aveledo Coll, un politólogo a quien respeto mucho y cito poco, dado el vínculo que nos une. Creo que tiene razón. No hay dilema entre protestar y votar. El país que salió a la calle y el que lo apoyó, deben canalizar su inmensa fuerza hoy mayoritaria, hacia la protesta del voto. Protesta eficaz por su valor constitucional, simbólico y político.

El Gobierno, con lógica defensiva, trata de ahuyentar a la oposición de las mesas electorales, e inventa mil y un obstáculos para desalentar la participación. Obstáculos tramposos, viles, escandalosamente antidemocráticos, porque quiere unas elecciones ficticias en las cuales el pueblo no pueda elegir. Recrudecer la represión, ahora selectiva y subir el tono de las amenazas es parte del juego oficial. Entre los trucos que cabe esperar, no puede descartarse el que cambien las reglas o, incluso, que no haya elecciones, porque ellos saben que si son mínimamente limpias las perderán en la mayoría de los estados. Pero si no nos presentamos, les dejaremos solos y de su cuenta.

El Gobierno seguirá, consistentemente, en su línea de estimular la desesperanza, para desmovilizar a los más y arrinconarlos en la resignación. Y la desesperación, para provocar a los menos y empujarlos a la aventura. Esos son nuestros dos peores enemigos, por peligrosos y por insidiosos.

En política la clave es tener el objetivo claro. En nuestro caso, se trata de propiciar y lograr el cambio político. Es de cara a ese objetivo que se evalúan las opciones de acción. ¿Qué nos acercará más al cambio, ganar más gobernaciones o no participar y quedarnos sin ninguna?

Insisto. El voto o la lucha por el voto, la tribuna parlamentaria, la opinión pública, la protesta cívica, el activismo internacional y, cuando fuera oportuno y viable, el diálogo y negociación, son medios lícitos de acción política. No descarto ninguno ni me planteo escoger entre ellos. Dan resultado si se los combina con inteligencia y conocimiento y comprensión del mundo real. La voluntad es indispensable, y más en condiciones adversas, pero la realidad es ineludible.

Como toda confrontación política, las elecciones no se ganan solas. Hay que ganarlas. Las haya o no las haya. Para eso, lo primero es un mensaje claro y fuerte que ubique la participación en la lógica de la protesta. Un mensaje único y unido con acento económico y social. Ese es el combustible del descontento y la materia prima básica del ansia de cambio. Matices y cálculos personales o partidistas, aunque naturales, sobran por inoportunos.

La primaria es buena idea por su impacto animador, si las campañas se mantienen en límites solidarios, porque todos nos necesitamos. Y donde pueda haber acuerdos incluyentes, hacerlos sin complejos. Para evitarnos pleitos y sus riesgos.

 

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