El Nuevo País .

Maduro desde 2015 ha buscado acabar con la AN

Rogelio Núñez, profesor del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá (España), afirma que el legado de Chávez exacerbó los problemas estructurales del proyecto bolivariano.

Por Rogelio Núñez Castellano 

Crisis económica, miseria social y polarización política son el legado final del populismo, de izquierdas o derechas. Maduro encabeza un Régimen que es la culminación de un proceso con antiguas raíces. El autoritarismo, escaso liderazgo y gruesos errores políticos y de gestión que acumula en su historial Maduro provocan que sea el principal culpable de los males en Venezuela. Su Gobierno exacerbó problemas estructurales heredados de la presidencia de Chávez.

Este conquistó la presidencia en 1998 alzando la bandera de la lucha contra la corrupción y prometiendo cambiar el modelo en el que se sustentaba Venezuela: el clientelismo político, basado en los ingresos petroleros, y la monodependencia económica con respecto a la exportación de hidrocarburos. El Régimen, amparado en el auge de los precios de las materias primas desde 2003, no cumplió con estas promesas sino que profundizó la dependencia con respecto al petróleo, las políticas clientelares (las misiones) y añadió nuevos componentes (el “guerracivilismo” y el revanchismo social) a un cóctel explosivo. Ya en 2013, cuando falleció Chávez, Venezuela albergaba los gérmenes de su actual crisis institucional, política y socioeconómica que Maduro no se atrevió a afrontar y que profundizó.

La época de la convivencia política, propia de la IV República (1959-1999), dio paso a la polarización y al enfrentamiento al dividir el país en bolivarianos y “pitiyanquis”. El desprecio al adversario y la intransigencia frente a las opiniones diferentes no son un invento de Maduro, que ha llevado al extremo lo que tanto usó su antecesor.

Marcel Oppliger describía en 2011 cómo “Venezuela está partida en dos trincheras irreconciliables… Existe una gran odiosidad entre los venezolanos, separados, enfrentados y divididos entre chavistas y antichavistas. Antes copeyanos y adecos se detestaban pero eran capaces de convivir y reconocían la legitimidad del otro. Ahora eso no existe. El otro es el enemigo al que hay que convencer o destruir”.

El abuso de la norma, el personalismo y el manejo a su antojo de la Constitución y las instituciones es una estrategia de claro corte chavista. Chávez, tras ser derrotado en 2007 en un referéndum que buscaba legitimar su reelección indefinida, forzó la convocatoria de otra consulta, en 2009, para alcanzar lo que dos años antes había sido rechazado. Maduro, desde 2015, buscó acabar con el único polo de oposición a su régimen, la Asamblea Nacional. Primero vaciándola de contenido y competencias gracias a una Sala Constitucional del Supremo controlada por el chavismo; y ahora convocando una Constituyente que nace con el propósito de disolver el poder legislativo antichavista.

El futuro pasa por construir un proyecto de país consensuado por el chavismo y el antichavismo. Un proyecto que rescate la capacidad de diálogo y posea la preocupación social (pero sin clientelismo) que caracterizó al chavismo. Venezuela no será viable desde el elitismo de la IV república ni desde el populismo demagógico y autoritario de la V. Cualquier opción basada en la exclusión prolonga la actual situación: la de un país dividido y enfrentado, con un Gobierno que legisla para una mitad contra la otra.

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