La ciudad huérfana

Cada día que pasa, la crisis social que experimenta la ciudad de Caracas adquiere visos de catástrofe no solo por el hambre y la miseria sino por la violencia.

La sociedad está enferma. Los terribles daños que nos deja el socialismo del siglo XXI son innumerables. El peor tumor que padecemos es la violencia, una espiral sangrienta que se lleva todo a su paso. Lo hemos dicho durante años y lo repetimos: La causa real de la violencia en Venezuela es la ruina del sistema educativo y su única cura está en el rescate y la transformación de la escuela venezolana.

La crisis social en Caracas toma cada vez más matices de catástrofe. El hambre y la miseria van acompañados de una violencia desmedida que nos atrapa en un círculo vicioso interminable. Victimarios y víctimas se confunden y cambian de roles en medio de esta espiral. Una cifra que me espantó fue conocer un estudio presentado por el “Monitor de Víctimas”, de los 451 asesinatos que se produjeron en Caracas entre mayo y julio de, 193 eran padres que dejan 356 huérfanos menores de edad. Esta cifra es más que alarmante, pues no existe una política de protección para estos menores “en duelo”, que pierden a sus padres y muchos de ellos, por su condición social y económica, dejan la escuela para mantenerse y caen en la calle a merced del narcotráfico y la prostitución.

Estos niños son caraqueños que no tienen ninguna protección. Un niño huérfano por una muerte violenta necesita de una especial atención por parte del Estado, de tratamiento y acompañamiento psicológico requerido para esa terrible marca que puede, en caso de desatención, causarle severos traumas de difícil superación. Hostilidad, agresividad y violencia son una marca indeleble que le deja el asesinato de sus padres a una criatura que queda sola frente a una ciudad violenta. Es el círculo vicioso de la violencia. Te arrancan a tus padres. Te quitan tu inocencia. Te llenan de odio y te incorporan a este macrosistema que te convierte en actor de la misma violencia, generando una escalada interminable donde la sociedad queda asfixiada y la ciudad sumida en la barbarie.

Esta crisis sólo se puede resolver con un programa permanente de atención a víctimas desde la escuela venezolana. Pero, no desde un sistema educativo en ruinas como el actual, sino con una escuela moderna, abierta al siglo XXI, centrada en la tecnología, dirigida a formar a los venezolanos para la sociedad del conocimiento. Ese el verdadero antídoto frente a estos males. Esa escuela moderna debe tener sistemas de acompañamiento psicológico que nos permitan proteger a los huérfanos de la violencia. El Estado debe generar ya un sólido sistema de protección para estos niños, no desde una ley, sino desde programas eficientes que rompan este círculo vicioso que es una fábrica permanente de violencia.

Es hora de que el Estado asuma su responsabilidad frente a la violencia y sus terribles daños a la sociedad. Sin embargo, esto no lo podrá hacer en medio del colapso ocasionado por el socialismo del siglo XXI. El Estado no está para secuestrar la economía y acabar con la iniciativa privada. Sus funciones deben centrarse en resolver esta penosa crisis social que nos carcome. La educación es la vía. Allí deben centrarse todos los esfuerzos. Una ciudad huérfana espera nuestra atención. La sociedad en pleno tiene la palabra.

 

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