El Nuevo País .

En 18 años del proceso retornaron enfermedades infecciosas y se afianzó la desnutrición

La herencia del castrochavismo-comunista solo ha traído un deterioro progresivo crítico en los sistemas de salud así como en la productividad de alimentos y medicinas y en los servicios públicos.  

Debemos salir cuanto antes de esta lamentable situación de crisis humanitaria a la cual hemos llegado a causa de este mal Gobierno, con una inflación galopante que ha venido destruyendo el poder adquisitivo de la población y con mayor incidencia en la población de menores recursos. Y ello dependerá de nuestra voluntad, expresada en las firmes reacciones frente a las adversidades, causadas por este régimen castrochavista-comunista que usa el pretexto de refundar la República para instaurar un nuevo  modelo de sociedad. En cambio, en los dieciocho años del proceso, a causa de un Régimen estatizante, ha ocurrido todo lo contrario porque ha ido asfixiando la iniciativa de los particulares, anulando un proceso evolutivo iniciado en su última etapa con la democracia en el periodo 1959-1999 (con la vigencia de las libertades políticas y cívicas), que estimuló el esfuerzo y tesón, dentro de un proceso competitivo que elevó las capacidades individuales en beneficio del conjunto familiar y del conglomerado social del cual somos parte.

El quiebre humano está patentizado por el desorden económico y financiero con sus consecuencias en todos los aspectos de la vida, que ha venido afectando a las personas en su salud y en el nivel de vida que habían alcanzado; pues, desde cualquier aspecto que se analice la situación, se comprueba que se ha venido creando una dependencia de factores y actores internos y externos que no encuentran (por las debilidades, errores, corrupción y disfunciones burocráticas del Régimen) las condiciones necesarias para facilitar las ayudas que están solicitando. Por otra parte, el cuadro político y social evidencia que hemos entrado en un proceso de deshumanización por la desatención médico-asistencial. El retorno de enfermedades infecciosas que habíamos vencido y la desnutrición que nunca se había sufrido. Lo demuestra el aumento de la mortalidad infantil y en general de la población, con una acumulación de atrasos que ha colocado a Venezuela en la última de 113 naciones del mundo.

Bajo las actuales condiciones políticas estamos inmersos en un proceso continuo e irreversible (mientras no se produzca un cambio de rumbo) de un quiebre moral y material que se está haciendo más crítico. Por la deficiencia, en otros aspectos, en el suministro de agua potable y en las interrupciones en el suministro del fluido eléctrico. En el deterioro progresivo de los planteles educativos, culturales y científicos por las pésimas condiciones de la vialidad urbana e interurbana. Por una improductividad generalizada a causa de un intervencionismo que asfixia con controles y regulaciones la producción y distribución de bienes para la cotidianidad.

Frente a ello no se vislumbran reacciones positivas del Gobierno, que ha derivado en un régimen opresor, sino una radicalización acompañada de amenazas, represiones y con el peligro de que se legisle para combatir el odio que, según ellos, desemboca en manifestaciones y protestas. Esta es la herencia que debemos sacudirnos para retomar la vía de un crecimiento sostenible y en paz como hicieron en su oportunidad las naciones que hoy disfrutan de holgados niveles de vida.

 

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