Estado convertido en botín de corrupción y comando de represión

Detrás del decorado de la “revolución” hay un entramado de intereses que se apoyan unos a otros a punta de una masiva corrupción.

Detrás del decorado de la pomposamente auto-denominada “revolución bolivariana” (un decorado ostentoso, oneroso y prolongado), ¿qué es lo que ha quedado? Pues ha quedado un país en la ruina socio-económica y en la ruindad política. Y para ser más preciso han quedado, básicamente, dos realidades. Una catástrofe humanitaria que arrolla a la abrumadora mayoría de la población, y que fue incubada en medio de la bonanza petrolera internacional más caudalosa y duradera de la historia; y una boli-plutocracia sin par en el mundo, en cuanto a volumen de riqueza depredada y voracidad de seguir depredando.

Sí, después de una retórica avasallante en loas a la justicia, la igualdad, la soberanía y pare usted de contar; después de millardos y millardos de dólares en ingresos recibidos y despachados; después de una tramoya incesante para manipular, engatusar y tratar de esclavizar al pueblo venezolano, después de todos esos y otros después, lo que queda son los escombros de una nación, un erial de economía, un Estado transmutado en botín de corrupción y comando de represión. Un horror que está haciendo de Venezuela un país inviable como entidad independiente y capaz de ofrecer una esperanza humana a sus habitantes.

Quién no se dé cuenta de eso, no es porque no puede, sino porque no quiere. Y acaso porque no le conviene, ya que sólo bajo la égida de una hegemonía como la todavía imperante en Venezuela, es que pueden hacerse, de la noche a la mañana, fortunas billonarias que dejarían pasmados a los jerarcas de la mafia rusa o a no pocos jeques del Golfo Pérsico. Y tal fenómeno dinerario no necesariamente conoce de fronteras políticas delimitadas. No es monocolor sino multicolor. Lo que explica que abunden los biombos y bambalinas, las trastiendas, los embauques,  y el consabido “agárrenme que lo mato”… A estas alturas del siglo XXI hay que ser mucho más que inocente para no darse cuenta de cómo están batiendo el cobre, o mejor dicho, los dólares a la tasa de diez bolívares.

El decorado está raído, ya prácticamente no puede encubrir nada, y sin embargo sigue montado el escenario y la tragedia se extiende, capítulo tras capítulo, mientras los venezolanos a duras penas sobreviven el día a día. ¿Qué más tiene que pasar para que se forme una conducción política decidida a superar la hegemonía? No a proclamarlo sino a entregarse a ello. ¿Hasta cuando los que están detrás del decorado seguirán tratando de mantenerlo?

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