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Monseñor Jorge Novak verdadero modelo de obispo del Vaticano II

Monseñor Jorge Novak es uno de los testigos de la justicia y del amor a Dios que convirtió en eje de su ministerio episcopal el trabajo por los pobres y la defensa de los derechos humanos.

La historia de la iglesia latinoamericana está marcada por el sello de muchos que dieron su vida y saber por el bien de los desposeídos. Hay quienes se solazan en presentar los puntos negativos de la institución -que los hubo y los hay- pero son más las luminarias que acompañaron hasta con sus vidas la causa de los más débiles.

En fecha reciente el Papa declaró beato y mártir al arzobispo de San Salvador Oscar Romero. Le tocó estar al frente de la arquidiócesis salvadoreña en los crueles años de una dictadura y una guerrilla que cegaron la vida a miles de personas humildes. Junto a él, en este último medio siglo posterior al concilio Vaticano II (1962-1965), son numerosas las figuras episcopales sensibles a la opción preferencial por los pobres. Manuel Larraín de Chile, Helder Cámara y Luciano Mendes de Brasil, el Tata Obispo Leonidas Proaño de Río Bamba Ecuador, Julio Terrazas cardenal boliviano, Marcos Mc Grath en Panamá, Enrique Pérez intrépido arzobispo de Santiago de Cuba, Jesús Jaramillo en Arauca Colombia, beatificado en su viaje a Colombia por el Papa Francisco. Críspulo Benítez y Mariano Parra en Venezuela. Y en Argentina el cardenal Eduardo Pironio y Mons. Angelelli, ambos en proceso de beatificación…Y muchos más.

Participando en el centenario del nacimiento de Mons. Romero, los 50 años de la promulgación de la encíclica Populorum Progressio y la asamblea latinoamericana de Caritas, obsequié a los obispos asistentes de las veintidós conferencias episcopales del subcontinente, las biografías de Mons. Salvador Montes de Oca y de Mons. Miguel Salas, ambos en proceso de elevación a los altares por sus virtudes humanas y cristianas.

Se trata de Mons. Jorge Novak (1928-2001), verdadero modelo de obispo del Vaticano II. De origen humilde, hijo de emigrantes alemanes que encontraron cobijo en Argentina, aprendió en su hogar el sentido del duro trabajo y la reciedumbre de la fe de sus padres. Ingresó joven al noviciado de los Padres del Verbo Divino, descolló en los estudios y fue enviado a Roma a doctorarse en historia eclesiástica en la Pontificia Universidad Gregoriana.

Formador, profesor, superior y provincial de su congregación, el Papa Pablo VI lo nombró obispo fundador de la diócesis de Quilmes. Corría 1976 y arreciaba la férrea y absurda dictadura militar que privó a la población de las libertades más elementales, y cegó la vida de miles de personas. La opción preferencial por los pobres, la misión evangelizadora, la defensa de los derechos humanos y el trabajo por la unidad de los cristianos, fueron los ejes de su ministerio episcopal.

Su vida se caracterizó por una gran austeridad. El síndrome de Guillain Barré limitó su actividad y purificó su alma. El ejemplo que dio en su enfermedad fue prueba de su gran fe y tenacidad, reconociendo que esa limitación la asumía como una gracia extraordinaria.

Para su querida diócesis de Quilmes, y desde allí para América Latina, este pastor de las periferias de la historia, es una bocanada de aire fresco. Gracias a Dios por tener testigos cercanos que nos animan a seguir sus huellas.