El Nuevo País .

El hambre y la crisis económica arropan a la población en general

Venezuela experimenta la peor crisis económica de su historia y Maduro, viendo que el pueblo pasa hambre, comete el peor crimen negándose a aceptar ayuda humanitaria.

Con el chavismo-madurismo llegó el hambre. Duele hondo encontrar en la calle niños mendigando comida o buscándola en los pipotes y bolsas de basura. No es una pena ajena, porque como cantó Andrés Eloy cuando se tiene hijos “se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera… se tienen todos los hijos de la tierra”. Nos avergüenza que las fotos de la tragedia motiven, con razón, la alarma del mundo. Según información de Cáritas de Venezuela, “la porción de niños con déficit nutricional en algunas de sus formas (desnutrición aguda, leve, moderada, severa y riesgo de tenerla) aumentó de 54% en abril a 68% en agosto de 2017”. Es una agresión a los que son el futuro de la nación.

El hambre y la crisis de seguridad alimentaria arropan a la población en general. En entrevista concedida a BBC Mundo a fines de septiembre, el economista venezolano Ricardo Hausmann, Director del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, en EEUU, declaró que “el salario mínimo, que en Venezuela cubre a muchísima gente, pasó de comprar 53.000 calorías al día a comprar 7.000 calorías al día; entonces básicamente no hay forma de alimentarse con los salarios que están pagando, no porque no hayan aumentado los salarios nominales, sino porque la inflación en alimentos ha sido fenomenal”. En efecto, el Cendas acaba de informar que la Canasta Básica Familiar aumentó a 2.938.277,19 bolívares en agosto, con un incremento de 895.185,20 Bs. en comparación con julio. Somos los campeones de la inflación en el planeta.

Hausmann considera que “la crisis económica en Venezuela es la peor que se haya conocido en el hemisferio”, mayor que la vivida en el llamado período especial de Cuba (después del derrumbe de la Unión Soviética y del cese de la ayuda que ésta le entregaba) y a la vivida por varios países latinoamericanos en el pasado. La explicación es clara. Unas políticas fracasadas han provocado una contracción económica que ya va para cuatro años consecutivos con una caída del PIB per cápita de 40%, respecto al 2013, y ahora no hay un ingreso de divisas suficiente para importar bienes y servicios del consumo esencial. No ahorramos divisas durante la bonanza petrolera y, además, sextuplicamos la deuda pública externa, ubicada en unos 178.000 millones de dólares, que incluye la deuda financiera y las deudas no financieras. El régimen dictatorial, al recortar las importaciones en un 75% en comparación con el 2012 para priorizar el pago del servicio de la voluminosa deuda externa, a fin de evitar el embargo de activos en el exterior, condena a los venezolanos al hambre, gracias a la escasez y al desabastecimiento que campean en los anaqueles de los centros comerciales, a los que se suma la imparable escalada inflacionaria. Solo en el conuco mental de los jerarcas de la dictadura puede sembrarse la idea de que con un “plan conejo” se superaría la crisis alimentaria proteínica.

Por su parte, la asignación de divisas para medicinas cayó más de 90%, en relación con el 2016, y, en decisión patética, Maduro y su camarilla se niegan a aceptar la ayuda humanitaria externa.

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