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Podemos juega al caos, PSOE no sabe adónde va y Ciudadanos piden artículo 155

En el dilema español Podemos juega al caos, el PSOE no sabe adónde va y Ciudadanos reclama que se aplique el artículo 155 que  faculta al gobierno de Madrid a actuar.

Por Danilo Arbilla

Lo del pasado domingo en Cataluña es un capítulo más de la guerra incruenta pero permanente que tiene lugar en esa parte de la península Ibérica que constituye el Reino de España. Se trata del agravamiento de una confrontación que, en cuanto a violencia, había amainado con la rendición de ETA pero recrudece con fuerza en otras costas.

Todo hace pensar en un empeoramiento de la situación. Mientras tanto, vascos, gallegos, valencianos y navarros esperan agazapados.

Como en toda guerra, la primera víctima es la verdad: cada uno dice lo suyo, resalta lo que le conviene e ignora lo que no. Los catalanes dicen que hubo casi 900 heridos y el gobierno español -el legítimo, el que preside Rajoy- dice que los hospitalizados son 4. Todos vieron cómo se reprimió. Voceros del PP (del Gobierno) dicen que hubo 33 gendarmes lastimados, porque además de la resistencia pacífica hubo de la otra y también se vio. Se mostró menos, pero se vio.

La brutalidad policial fue tremenda y perjudicó al gobierno y favoreció, en cuanto víctimas, a los catalanes. Pero hubo hechos más graves para la paz, la convivencia y el orden legal y la vigencia del Estado de derecho, como la desobediencia de la policía catalana de las órdenes de los tribunales de justicia de España y de la propia Cataluña. Si uno se detiene a pensar en ese hecho, no puede llegar a otra conclusión que no sea que después de ello viene el diluvio.

Cada uno dijo lo que quiso, pero lo que estaba en juego era la separación por decisión unilateral de una parte del reino por una vía inconstitucional, que no solo violentaba la máxima norma sino que constituía un desacato de expresos dictámenes de la justicia.

Las constituciones también son votadas: se vota una constituyente para que las elabore o se encarga de ello una asamblea legislativa cuyos miembros fueron votados, y finalmente son aprobadas en referéndum. Por todo eso deben ser respetadas y no es cuestión de que porque a un grupo se le ocurra separarse o no lo puedan decidir por su única voluntad. El problema no pasa por si Rajoy gusta o no o porque en Barcelona se habla catalán. Es más complejo.

La votación fue un desastre, sin garantías ni de verificación. El resultado que maneja el gobierno catalán no dice nada: votaron poco más del 40% y no todos por el “Sí”, lo que confirmaría las encuestas: que el 40% de los catalanes están por la independencia, lo que a su vez significa que la mayoría (60%) está en contra.

En el dilema español de poco vale que dos más dos sumen cuatro. Lo confirman los propios dirigentes políticos: Podemos juega al caos y piensa que lo peor es lo mejor. Menos entendible en cambio es lo del PSOE, que no sabe dónde va. Pedro Sánchez, su conductor, lo llevará a la desaparición. Ciudadanos se limita a reclamar que se aplique el artículo 155 de la Constitución que  faculta  al gobierno de Madrid a actuar, incluso hasta suspendiéndole la autonomía y asumiendo el gobierno de Cataluña.

Parece claro, pero no pasa así con España. Es desde antes: Antonio Cánovas del Castillo a fines del siglo XIX definía que son españoles quienes no pueden ser otra cosa. Y esa es la cuestión y peor aún, hay una gran cantidad que quiere ser otra cosa, antes que ser españoles.

 

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