Corto y Profundo

Por qué debemos votar

Esta crónica pudiera ser indiscreta, pero el periodismo tiene el derecho y hasta la obligación de serlo.

De todos modos, sería ingenuo suponer que el madurismo -enfermedad senil del chavismo- ignora lo que voy a contarles. Los opositores abstinentes viven el displacer de una esperanza frustrada. Esperaban que las manifestaciones populares y la salvaje represión que convirtió a Nicolás Maduro en uno de los más detestados gobernantes del planeta, conmoverían la fibra patriótica de los militares venezolanos, quienes actuarían como lo hicieron aquellos bravos oficiales del año 2002, cuando, ante la evidencia del repudio nacional, solicitaron a Chávez su renuncia, “la cual aceptó”. Esta vez, en 2017, no hubo tal reacción militar -en realidad, no se esperaba que la hubiera porque la Fuerza Armada ya estaba controlada por quienes alcanzaron el generalato arrodillándose ante Fidel Castro.

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El resultado de aquellas heroicas jornadas de la primavera venezolana fue el establecimiento de una irreversible matriz mundial de opinión adversa al régimen impuesto por Raúl Castro a Venezuela. Allí está la base indispensable para la fase siguiente: el cerco de plata que se va cerrando en torno a los jerarcas del régimen forajido. A personas como Cilia Flores y Aristóbulo Istúriz se les obliga a preguntarse para qué servirá tanto dinero si no pueden gozarlo en París, Roma y Madrid, por no hablar de Nueva York o siquiera Miami. Tratándose de atracadores históricos, este cerco personal es más efectivo que un cerco al país, que mataría de hambre a los ciudadanos pero no afectaría a sus mandatarios. Esto traslada el problema al plano internacional, donde el éxito puede considerarse seguro, porque los grandes poderes de Occidente necesitan establecer en Venezuela el hábito democrático con su estabilidad política y su seguridad jurídica. Hay varias razones para ello, pero el más efectivo es que estas condiciones son indispensables para explotar el mayor yacimiento energético del mundo, hallado por Exxon-Mobil en las aguas territoriales del Esequibo, zona reclamada por Venezuela en gestión aceptada por la instancia internacional competente. Naciones Unidas ha designado un árbitro para el caso y todo indica que la decisión vinculante la dictará el tribunal internacional de La Haya digamos que en el segundo trimestre de 2018. Para entonces, la presión sobre Raúl Castro habrá aflojado las piernas del madurismo, en un proceso paulatino que debe culminar en unas elecciones presidenciales (diciembre de 2018) que el oficialismo perderá, pero quedando con algunas gobernaciones y una representación parlamentaria que le servirá para cubrir su retirada hacia las regiones donde habrán escondido el producto del saqueo (Rusia, Bielorusia, etc.).

Es obvio que mientras menos parlamentarios y menos gobernaciones tenga el madurismo más débil será ese ejército de funcionarios que le cubrirá la retirada, y más posibilidad habrá de que se les someta al rigor de tribunales idóneos. Debe tenerse en cuenta que todo lo que viene ahora será manejado por los grandes poderes de Occidente -Estados Unidos, la Unión Europea, el Grupo de Lima. La sacralización del voto, característica de la cultura política occidental que los venezolanos aún no asimilamos, obligará a respetar las gobernaciones
que el madurismo pueda retener. Mientras menos gobernaciones tengan, mejor para nosotros.

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Este panorama no es el que quisiéramos los venezolanos que en la patria sufren las privaciones propias del sistema castrista o en el exterior padecemos la dolorosa erosión espiritual del desterrado. Pero es la realidad. La sociedad venezolana hizo un esfuerzo sobrehumano en la rebelión de cuatro meses, al costo de vidas jóvenes que nunca terminaremos de llorar. Allí calificó para ser libre y descalificó a los atracadores del poder que Maduro encabeza y a Raúl Castro obedecen. Gracias a esto los factores externos determinantes tienen el argumento ético para hacer lo que harán en Venezuela: un cambio político hacia la democracia que, si trabajamos con empeño, nos permitirá hacer un país propiamente dicho en el campamento minero que nos legaron los libertadores.

A votar, pues, que el árbol no cae de un solo hachazo.

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Rafael Poleo

Director -Editor del diario El Nuevo País. Fundador de la Revista Zeta. Presidente del Grupo Editorial Poleo. Periodista. Analista político.

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