El Nuevo País .

A esos venezolanos que arriesgaron sus vidas luchando y que hoy sufren del destierro

Créditos de la Imagen: EFE

Los exiliados escapan de la terrible escasez de alimentos que deja muertos en los hospitales y se ganan la vida en otras latitudes con sacrificios.

Desde que Antonio fue secuestrado en febrero de 2015, inicié un recorrido por el mundo para dar a conocer la situación que se sufre en Venezuela. No me limité a dar detalles de su injusta prisión, sino que le daba prelación a la narrativa que incluía a todos los perseguidos, que son esos millones de exiliados a quienes dedico este escrito. He constatado cómo sufren familias que se han separado. Son millones de mujeres y hombres que salieron con el corazón desgarrado, sabiendo que se enfrentaban a una vida desconocida, porque no tenemos experiencia de inmigrantes, más bien fuimos puerta abierta para recibir a legiones que fueron bien acogidas bajo el cielo patrio.

En cada visita a ciudades de EEUU, Suramérica, Centroamérica o Europa, me reencontré con venezolanos que al vernos con la bandera tricolor nos abrazan y se van en llanto compartido, evocando ese gran país que tenemos y que hoy está sumido en la pobreza, de la que huyen para no ser víctimas de secuestros, atracos o la muerte.

Los exiliados escapan de la terrible escasez de alimentos que deja muertos en los hospitales y que ha aumentado en 260%, la desnutrición que para agosto trepó la alarmante cifra de 15%. Los exiliados no salen a “pasear”. Tienen miedo de ser contados en ese 91,8% de muertes violentas por cada cien mil habitantes, que nos coloca como un país que registra muertes letales 3,6 veces mayor que las de Colombia y Brasil. Por eso no me limito a hablar de los 487 presos políticos que continúan privados de su sagrada libertad, porque fuera de esa Venezuela encarnecida, hay millones de compatriotas ganándose la vida con sacrificios.

A esos venezolanos que arriesgaron sus vidas luchando y que hoy sufren del destierro, vayan estas palabras de aliento y admiración, porque sabemos cuánto padecen añorando a esa tierra que nos parió. Sé que no se arrepienten de sus esfuerzos y sacrificios, como me decían Oscar Pérez y Carlos Ortega en Lima, después de haber asistido a un encuentro con el presidente Pedro Kuczynski.

Sé, también, que este sacrificio no será en vano, que lo que hoy están desarrollando los exiliados en los confines del planeta es una suerte de “Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho Autofinanciado”. Porque esos venezolanos exiliados están aprendiendo. Están asimilando nuevos conocimientos, inéditos hábitos, capacidades para esforzarse, y una vez que regresen serán los protagonistas del gran rescate de Venezuela con sus experiencias adquiridas. Esos exiliados que no nos han olvidado, porque cada vez que se les pide que voten lo hacen, aunque les pongan el centro de votación a más de 2 mil kilómetros de distancia, esos que participaron en el plebiscito del 16 de julio, esos que no se rinden y que tienen legítimo derecho a opinar de todo cuanto sucede dentro del país que les duele en el alma, harán con nosotros la alquimia maravillosa para levantar esta gran nación, lavándole el rostro a nuestro gentilicio, devolviéndole la pulcritud a nuestros símbolos y rehaciendo con trabajo creador la Venezuela que nos merecemos todos.

 

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