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El Esequibo: ¿y qué dicen los venezolanos?

Créditos de la Imagen: La Patilla

En la fatídica cifra de un año 99, fuese la de 1899 o de 1999, se repitió la debacle interna venezolana y vuelve a surgir lo más grave de sus consecuencias: el fallido reclamo del territorio Esequibo.

Venezuela eterna e incorregible. Las aceleradas alternancias en el poder en los últimos años del siglo XIX, acompañadas de un endeudamiento impagable, unas elecciones fraudulentas y  la pérdida del Esequibo,  poseen casi todos los elementos de ambiciones desmedidas, incapacidad de pensamiento estadista y descuido de la integridad territorial, que afectan actualmente al país a partir de 1999. La similitud puede culminar ahora, cuando el próximo 31 de diciembre 2017, será  entregado el tema del Esequibo a un Tribunal Internacional.

Es como si se asemejara Chávez a Guzmán Blanco, siendo ambos asombrosamente ignorantes de la política internacional, pero imbuidos de fantasías para jugar al mandatario de una gran potencia con  lo cual por segunda vez en su Historia, endeudaron a Venezuela dejando una catástrofe para los que vengan después.

El lugarteniente más fiel de Guzmán, sucediéndole para imitarlo, ha sido Crespo y le cabe la comparación perfecta con Maduro, por la forma en que llegó a la presidencia después de años de fiel servicio al prócer.  Crespo intentó imitar a Guzmán Blanco y en vez de sanear las cuentas, llevó el endeudamiento a tal extremo, que tres años después de su muerte, las potencias europeas llegaron para cobrar la deuda por la fuerza. Fue el bloqueo de La Guaira y vino la intervención norteamericana con la declaración del presidente Monroe, de que no tocaran desde Europa a un país americano.

El paralelo con diferencia de un siglo es indiscutible. Basta observar el denunciado fraude electoral en la elección del presidente Andrade, candidato designado a dedo por Crespo para reemplazarlo. Fue proclamado presidente tras un denunciado fraude electoral que llevó al aparente ganador, el Mocho Hernández, a reclamar el resultado armas en mano. Cuando a los pocos meses Crespo fue asesinado, su muerte fue escondida, hasta que decidieron darle una apoteósica sepultura.

Pasemos ahora al caso del Esequibo y vamos a lo que ocurría hace un siglo. Estaban los políticos tan enredados en sus absurdas intrigas internas entre Crespo, Andrade, el Mocho Hernánez y los andinos asechando el derrumbe del liberalismo amarrillo, que entregaron un problema vital de territorialidad a tres “y que imparciales” extranjeros, sin presencia alguna de un venezolano. Estos, como era obvio, utilizaron la oportunidad que les caía del cielo (o de la necedad venezolana) para un cambalache que a los tres les solucionaba algunos problemas que existían entre ellos, a cambio de la entrega del Esequibo a Inglaterra. El asunto fue llamado pomposamente “El Laudo de París” y a Venezuela le quitaron el Esequibo sin que en esa decisión, estuviera presente un solo venezolano, por lo menos para alzar su voz de protesta.

Un mes después de dictado ese fraude de entrega del Esequibo, a finales de ese mismo año 1899,  llegaban a la presidencia de Venezuela los andinos en la persona de Cipriano Castro. Ninguno era experto en la diplomacia y mucho menos en política Internacional, además de que poco les importó un despojo ocurrido en el otro extremo de la república y un territorio que consideraban sin interés.

En  1944, el norteamericano que encabezó la delegación de su país en el Laudo de París, Severo Mallet Prevost, antes de morir dejó para uso póstumo el relato pormenorizado de cómo se efectuó “el cambalache”, lo que automáticamente invalidaba la decisión del Laudo, pero ocurrió que en la fragilidad política de aquellos años 40, en Venezuela estaban demasiado ocupados equilibrando militares versus civiles, como para recordarse del Esequibo.

No fue sino cuando la situación interna adquirió la firmeza de una normal alternancia de gobiernos democráticos, que Raúl Leoni hizo valer el reclamo del Esequibo, utilizando la confesión del norteamericano Mallet Prevost como principal argumento para denunciar el fraude. El reclamo estuvo  bien encaminado, hasta que nuevamente, en 1999, Venezuela perdió la sindéresis con la elección de Hugo Chávez. Se inició la era de Chávez quien botó por la borda dos piezas claves del patrimonio nacional, que hoy son de importancia vital: la bonanza de años con el petróleo a más de cien dólares el barril y las adelantas diligencias para recuperar el Esequibo, donde ahora cada metro cuadrado vale su precio en oro, por habérsele encontrado un emporio de petróleo liviano y de fácil acceso.

En el actual momento, cuando el tema del Esequibo, puesto por la democracia bajo la mediación de las Naciones Unidas, está por pasar a partir del 2018 al Tribunal Internacional, la actitud venezolana hasta supera en ineptitud a lo ocurrido en 1899. El canciller de Venezuela, Jorge Arreaza, pidió una audiencia al Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, y el encuentro duró 10 minutos, informa el internacionalista Edgar Otálvora. La nota de la cancillería indicó que hablaron de asuntos internos venezolanos y ni siquiera menciona si fue tocado el tema principal, que debía haber sido la mediación de la ONU en materia del Esequibo, en un momento en que la fecha apremia porque el rol de la ONU en ese asunto fenece al terminar el año 2017.

Cuando uno piensa que en una emergencia de ese calado, el gobierno de Nicolás Maduro no hizo ningún llamado a la oposición donde existen versados conocedores de las leyes internacionales y del reclamo por el Esequibo en particular, uno no entiende a los venezolanos. Se trata de la integridad territorial, asunto que supera en importancia cualquier división política interna.

En la última revista Zeta, colocamos la foto de Arreaza en la breve audiencia con el Secretario General de la ONU. Viendo la foto, uno se alza de hombros y con un gesto de la mano descarta todo el asunto con un amargo “allá ellos”.

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