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No hay fórmula mágica para lograr el cambio que Venezuela necesita

No hay fórmula mágica para lograr el cambio que Venezuela necesita. Se requiere que nuestros líderes políticos entiendan y se entiendan. Una labor exigente y urgente

Las más recientes irresponsabilidades económicas del gobierno no son más que otra expresión de su absoluto menosprecio por la realidad, blanco de la única rebelión consistente de esta “revolución”. Está animada por la arrogancia de sentir que lo político lo tienen controlado. El manejo inescrupuloso del poder en prácticas antidemocráticas y abiertamente contrarias a la Constitución cuya vigencia han suspendido a través del golpe continuado, otra irresponsabilidad con el país, se facilita hoy por la situación de la oposición.

Ese es nuestro problema principal. Porque si lo político es el tapón que obstruye la solución de la crisis económica y social venezolana, resolverlo es imperativo y hacerlo reclama la presencia activa y eficaz de una oposición fuerte con altas miras y pies en la tierra, que sepa combinar medios lícitos de lucha para ser protesta y esperanza.

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Esa oposición fuerte requiere estar unida. Llámese como se quiera la instancia unitaria, pero sin unidad la credibilidad nacional e internacional de las fuerzas alternativas merma sustancialmente. Esa unidad que muchos dan por muerta, más de uno siempre lo deseo íntima e insensatamente, está severamente dañada. Desde afuera, porque el gobierno tuvo ese propósito y lo buscó implacablemente. Y desde dentro, porque sus actores no la cuidaron y desarrollaron como debían, sobre todo desde el triunfo colosal del 6D, cuyas repercusiones calibró mejor la camarilla enchufada que la mayoría de la Cámara.

Lo primero es entender. Entender que el proceso electoral fraudulento muestra la naturaleza del adversario, un sistema que concibe su poder como una apropiación eterna, exclusiva y excluyente. Entender la profundidad de los abismos en los cuales este modelo ha metido al país. Entender, por tanto que uno y otro reto, de magnitud en nada despreciable, exigen una estrategia múltiple y coherente que debilite sus considerables fuerzas y potencie los haberes que la alternativa pueda acopiar.

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Lo segundo es entenderse. Recuperar la capacidad de diálogo antes demostrada y ejercerla valientemente. Afrontar sinceramente las diferencias sin ofensas innecesarias. Reconocer la diversidad y hacer de ella una ventaja en vez de un problema.

Entender y entenderse. Suena fácil. No lo es. Pero es indispensable.

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