El Nuevo País .

El propio chavismo imprime el trazo final para cerrar el círculo de su perdición

El propio chavismo está imprimiendo el trazo final para cerrar el círculo de su perdición, asegura el exparlamentario jubilado y expresidente de la Cámara de Diputados, Carlos Canache.

El autodenominado “socialismo del siglo XXI” es, en realidad, un movimiento fascistoide. El gran escritor Carlos Fuentes describió como “un fascista disfrazado” a Hugo Chávez, su difunto guía. Los causahabientes, en su quehacer gubernamental, siguen haciendo méritos para mantener esa caracterización política.

Como se sabe, tras el fin de la Primera Guerra Mundial, en Italia se produjeron oleadas de huelgas alentadas por el triunfo de la revolución bolchevique de 1917 en Rusia, que asustaron a las fuerzas democráticas y a la burguesía. Fue la llamada “amenaza roja”, que era enfrentada abiertamente por los fascistas con sus bandas armadas, sus famosas escuadras de asaltantes. Se creyó que el movimiento fascista de Mussolini era la salvación ante el comunismo, lo que impulsó su expansión. Cobró fuerza y poder en toda la península, y el 28 de octubre de 1922 amaneció Roma prácticamente tomada por columnas militarizadas de miles de fascistas. Todavía no está claro por qué el rey Víctor Manuel III se negó a firmar el decreto del estado de sitio que le presentó el presidente del Consejo de Ministros, Facta, mediante el cual, según el general Badoglio, “bastarían unas pocas horas de fuego para dispersar a los fascistas”. Facta dimite y el rey recibe a Mussolini el 30 de octubre de 1922, quien jura ante él la jefatura del nuevo gobierno. Comienza así su larga dictadura.

Si el fascismo reprimía a sus adversarios políticos, el chavismo lo copia; si el fascismo tenía los asaltantes de sus “camisas negras”, el chavismo tiene sus milicias paramilitares, los llamados “colectivos”, que reparten violencia y gustan vestirse de rojo; si el fascismo instaló en Italia una dictadura que destruyó las instituciones del Estado, el chavismo aquí en Venezuela ha hecho lo mismo; si el fascismo manipulaba los resultados electorales, sus émulos venezolanos no se quedaban atrás con Chávez ni ahora con Maduro, que, al mejor estilo totalitario, acaba de ordenarle al CNE la atribución de la victoria al PSUV en más de 300 de las 335 alcaldías municipales en juego en las elecciones del pasado domingo 10 de diciembre. No se miente cuando se menciona el parecido, que se extiende a las subordinaciones que han tenido, Mussolini con Hitler, y el chavismo con los Castro.

A la dictadura criolla se le cierra el círculo. El colapso económico, ya grave, se profundizará en 2018. La inflación y la escasez están a punto de transformar el hambre en hambruna. Las divisas no alcanzan para cumplir los compromisos de la deuda externa y se acrecientan las dificultades para refinanciarla o reestructurarla. PDVSA no puede recuperar los niveles de producción que tuvo en la era democrática. La corrupción campea en la administración pública, y avanza aceleradamente el aislamiento internacional del régimen. Y en el orden político, si faltaba una hazaña más para completar la dictadura, Maduro anuncia que “partido que no haya participado hoy (en las elecciones municipales del 10 de diciembre), no participará más… desaparecerán del mapa político”.

Es el propio chavismo el que da el trazo final para cerrar el círculo… de su perdición.

 

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