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Adiós al príncipe que se resistió a ser un “segundón”, adiós a Enrique de Dinamarca

El príncipe Enrique de Dinamarca, esposo de la reina Margarita II, murió este martes en horas de la noche a los 83 años en el castillo de Fredensborg, en el momento de su muerte estaba acompañado de su mujer y de sus dos hijos. La salud del príncipe se había deteriorado mucho en los últimos meses y sufría una demencia que provocó su retiro de la vida pública.

Nació como Enrique de Laborde de Monpezat, hijo del conde André de Laborde de Monpezat, periodista y agricultor y de Renee Doursenot. Unos padres viajeros le llevaron a pasar su infancia en la Indochina francesa.

De regreso se graduó en la carrera de derecho y ciencias políticas en la Sorbona y de nuevo se marchó para pasar largas temporadas en China y Vietnam donde estudió las lenguas vivas orientales. Fue famoso por sus excentricidades.

Grabó un tema al piano con un grupo de rock, se le ha visto pasear por Christiania, un asentamiento de Copenhague donde se vende hachís y se disfrazó de oso panda en una gala del Fondo Mundial para la Naturaleza.

Muchos recuerdan el día, en el que ante cientos de cámaras hizo un gesto de burla a los periodistas sacando la lengua y tirándose de las orejas. En los últimos años antes de que su salud se lo impidiera, Enrique se dedicó a sus dos grandes pasiones, el arte y el vino, que elaboró en su castillo francés.

El príncipe Enrique fue diagnosticado con un tumor benigno hace dos semanas. Pero no fue hospitalizado hasta varios días después por una enfermedad que comenzó durante un viaje privado a Egipto. Poco antes de su muerte, fue trasladado desde Hospital de Copenhague al castillo de Fredensborg para que pasara sus “últimos días”. Nunca se sintió cómodo con su papel que él consideraba de “segundón” o de “florero”.

Era un secreto a voces en Dinamarca que al príncipe Enrique no le gustaba el papel al que fue relegado tras su matrimonio con la reina Margarita. El consorte real pasó a primera página cuando hace 16 años dio plantón a las monarquías europeas en la boda de Guillermo y Máxima de Holanda. Ese mismo día, se publicaba una entrevista con el príncipe en la que aseguraba sentirse “inútil y relegado” y por ello había decidido mudarse a su castillo de Caix, en el sur de Francia, para “reflexionar sobre su vida”.

Las ausencias de Enrique han sido desde entonces tan sonadas como los enfados de la reina Margarita, que tuvo que afrontar en solitario compromisos oficiales en los que era difícil justificar la incomparecencia de su esposo. Pero en privado y tras medio siglo de matrimonio, fueron una pareja enamorada.

 

 

Fuente: El País

 

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