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Jurate Rosales: En Venezuela es imposible trabajar

Ventana al Mundo.-

Contrariamente a lo que se cree, el venezolano es no sólo un buen trabajador, sino diligente, madrugador y a las 6 a.m., Caracas solía ser un hervidero de gente que iba al trabajo. No más. Vea por qué.

En 1998 Caracas ya era campeona de los embotellamientos por exceso de vehículos, así que parece casi un milagro ver que hoy, uno puede atravesar toda la capital sin encontrar retrasos ni obstáculos. La mayor parte del tiempo, las vías están libres y los días de trabajo las calles se ven como si fuera un domingo.

Lo que debería ser un alivio para la población, es en realidad el termómetro de una parálisis económica nacional. Hablemos de ello.

Si uno intenta averiguar cuánta gente dejó de trabajar con regularidad, queda asombrado y empieza a percatarse de los mil y uno obstáculos que impiden desarrollar una actividad productiva. Los inconvenientes para ir al trabajo son muchos, pero al final, todo se reduce a la locura de una economía que se dolariza, mientras que el tipo de cambio libre que priva en este momento, según Dólar Today, cotiza el dólar a Bs.225.586 y el euro a Bs.277.685. Comparativamente, el salario integral decretado por Nicolás Maduro el 31 de diciembre 2017 y válido actualmente, es de Bs.797.510 mensuales, lo cual indica, que la mayoría de los venezolanos que trabajan, perciben alrededor de 4 dólares mensuales.

Veamos ahora, cómo hace ese trabajador para llegar a su trabajo. Ante los reclamos de los dueños de autobusetes – principal medio de transporte urbano en toda Venezuela -, el gobierno decretó un aumento de los pasajes. Dentro de Caracas, el pasaje es ahora de Bs.2.000. Para las ciudades dormitorio de la capital, como por ejemplo el litoral guaireño, cada “ida” cuesta Bs.9.000. Póngase entonces en el lugar de los miles de residentes de La Guaira y de todo el litoral, que trabajan en Caracas. Su primer obstáculo será abordar un busete al que deberán entregar un fajo de billetes contados para llegar a 9 mil – si son de Bs.100, saque la cuenta de nueve mil bolívares en billetes de cien. Pero lo más probable, es que no tenga esos billetes, porque los bancos tampoco tienen efectivo y la mayoría de los cajeros automáticos dejaron de funcionar. De modo que el trabajador, forzosamente, quedará en su casa, sin posibilidad de llegar a su sitio de trabajo.

Vamos un paso más. Supongamos que por algún milagro, ese trabajador tiene en dinero efectivo los Bs.9.000 para ir, y otros Bs.9.000 para volver en la tarde a su hogar. Sumados serían Bs.18.000 diarios. Saquen ahora la cuenta mensual de 5 días semanales de lunes a viernes, multiplicados por las cuatro semanas que conforman el mes. Ese pasaje suma  al mes Bs360.000, o sea casi la mitad del sueldo mensual es lo que debe gastar el trabajador si quiere y puede asistir a su lugar de trabajo.

Pasemos ahora al autobusero, que debería considerarse beneficiado por los aumentos de pasaje que decretó Maduro. Ese chofer dueño de la buseta de transporte colectivo, tiene que pagar los cauchos, el aceite del motor (Bs.1 millón por un litro) y cualquier repuesto del vehículo en precios dolarizados. También a él, se le hace imposible trabajar.

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En ese caos de precios dolarizados y precios en bolívares, tenemos al  Metro de Caracas que todavía no se adecuó a la megainflación.  Al igual que con el precio de la gasolina que apenas subió un poco, el gobierno no se atreve a tocar ese tema, a tal extremo que en el Metro de Caracas un ticket de ida cuesta cuatro bolívares, cuando todo en Venezuela ya se cotiza no en unidades, sino en miles de bolívares. Según las autoridades, el Metro es subsidiado en un 96% por el gobierno, pero según los usuarios, por falta de mantenimiento el servicio falla un día sí, y el otro también.

Afirman en todas partes, que Venezuela vive del petróleo. Resulta que ante la oleada de renuncias masivas de sus trabajadores, Petróleos de Venezuela (PDVSA) inventó que se  “prohíbe” renunciar. De nada servirá la prohibición, porque la explicación de las masivas renuncias en la petrolera estatal, la dio el secretario de la Federación de Trabajadores Petroleros de Venezuela, Iván Freites, públicamente, en conferencia de prensa: “Trescientos mil bolívares quincenales gana un supervisor con 15 años de servicio. Un electricista e instrumentista contratado por una filial de Pdvsa, gana 5.000 dólares mensuales y un trabajador propio de Pdvsa no gana ni 4 dólares mensuales”. Más claro, imposible.

No se trata únicamente del petróleo, porque igual situación padecen las industrias privadas. En diciembre, durante las acostumbradas vacaciones de fin de año, Conindustria informó que “al menos 1000 empresas, 27% del sector industrial, no abrirán sus puertas en enero de 2018”. En conversaciones personales, me confirman que efectivamente, a mediados de febrero, son todavía muchas las industrias que siguen sin abrir.

En cuanto al comercio, ferozmente descapitalizado y sin clientes, es el sector que más empleos generaba, pero actualmente es el que más padece de la parálisis general. En la segunda quincena de enero 2018, Consecomercio informaba que “60% de los comercios a nivel nacional continúan cerrados”.

Después de tantas circunstancias desoladoras, hay por lo menos una cosa buena: Caracas empezó a ser la capital con menos tránsito automotor.  Si tiene ánimo y su vehículo todavía sirve sin colocarle el repuesto que no se consigue o que cuesta en dólares, dese un suave paseo por la céntrica avenida Bolívar y disfrútelo.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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