DestacadoMundo
Destacados

Conversamos con una inmigrante búlgara en Italia: Así es el problema migratorio

Una mujer en cuclillas llora desconsoladamente en una esquina frente a la conocida Plaza Solferino, en Torino. A su lado, en un cochecito que tuvo tiempos mejores, duerme un bambino de poco más de un año.

Mientras el niño se ve robusto y bien alimentado, la mujer también muestra que tuvo años mejores. En su boca faltan no menos de media docena de dientes. El paño en su cabeza, no permite ver el color del pelo. La ropa, salida probablemente de algún ropero, no está rajada y está bien lavada.

Su rostro asomaba las arrugas del llanto. Cada tanto se privaba y llevaba las manos a la cabeza. Sus ojos, claros, eran una ventana a la angustia del hambre y quién sabe cuántos terrores.

La veía desde unos 15 metros de distancia. Oculto tras la isla central de forma de alameda, ella no se percató de mi presencia. En un primer momento, pensé en el teatro habitual de quienes piden dinero. Pero ella no me veía. No sabía que yo estaba allí. El llanto era genuino, real. No era fingido. Se sofocaba cada tanto con el llanto.

La gente pasaba. Ella no pedía dinero. Su respiración parecía que se iba a detener en cualquier momento. Estaba demasiado concentrada en su drama personal.

Crucé la calle. Me acerqué. Seguía sin verme. Le pregunté “señora, que le pasa”. Sobreponiéndose a su llanto, me contestó: “no tenemos que comer (…) mi hijo y yo no tenemos que comer”.

Busqué en mi bolsillo y conseguí una moneda. Se la di. La atesoró en su mano, apretándola como si alguien se la fuera a quitar.

Luego me contó que vino hace unos meses de Bulgaria, Europa de Este. Como tantos otros, fue acogida en un centro de Caritas. La organización humanitaria de la Iglesia Católica. Allí le dieron cobijo por varias semanas. La mujer búlgara refirió maravillas de las monjas que la ayudaron. Pero advirtió que estos son centros de tránsito, los cuales deben dejar después de unos meses. Lo que ocurrió en su caso.

Sin trabajo, y probablemente sin tener conocimientos de algún oficio, esta madre sola quedará a las pocas semanas en condición de calle. Es un caso más de los cientos de miles que han llegado y siguen llegando a Italia.

En todas las ciudades europeas se consiguen inmigrantes pidiendo dinero. También se consiguen inmigrantes, caracterizados por sus vestimentas y el color de su piel, realizando labores que los europeos locales ya no quieren desempeñar. Estas son las dos distinciones que caracterizan en estos tiempos a los inmigrantes en los países de la Unión Europea (UE): los que piden, y los que hacen labores que nadie quiere hacer.

Para leer el reportaje completo publicado en Zeta, pulse aquí.

Tags
Mostrar más

Artículos relacionados

Close
Close