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Jurate Rosales: Bono de alimentación alcanza para un pollo ¡Y de broma!

Por.- Ventana al Mundo: Lo peor ya llegó

-La situación de los venezolanos que permanecen en Venezuela se deteriora no por meses, sino por horas, a tal punto que hasta el gobierno, al igual que el país, parece desmoronarse.

Fui al mercadito al aire libre, este sábado, y me consideraba muy bien apertrechada para comprar la comida de la semana, porque cargaba entre efectivo y tarjeta de cestaticket un total de millón y medio de bolívares. Cuál no fue mi sorpresa este sábado 17 de febrero 2018, al ver que el pollo estaba en Bs.280.000 el kilo, lo que para un ave de 2 Kg. sumaba más de medio millón. El queso guayanés, – igual, más de medio millón el kilo. En esas dos compras se me fue un millón de bolívares. El resto, medio millón, apenas me alcanzó para un poco de verdura, 1Kg de papas y 4 cebollas medianas.

En la venta de los pollos, vi a dos personas que se acercaron para preguntar por los precios – una de ellas compró, la otra se fue sin comprar. Era muy tarde, las 9 a.m. en un mercado que empieza antes del amanecer. Generalmente a esa hora ya casi no quedaba mercancía, pero hoy, la mayoría de los sitios tenían muchas cosas sin vender. Ví la gente que salía con muy poca compra. Era natural : nadie tiene, salvo Maduro, una fábrica de billetes.

Pareciera que tampoco Maduro ya se atreve a sacar de la manga más bolívares fantasmas y sin respaldo, porque en el informativo de ayer, salió él, más gordo que nunca, para informar que no habrá más aumentos de sueldo, porque la gente ya tiene el bono de alimentación y puede comer con lo que recibe en las bolsas Clap, las cajas de alimentos vendidos a precios subsidiados (se le olvidó que también esas, pasaron de Bs.10.000 de un solo guamazo a Bs.25.500 con  más de 100% de aumento, y que es mínimo el porcentaje de población que recibe las Clap).

Así que si uno pone a funcionar el consejo de Maduro, con el cestaticket compra sea medio kilo de café molido, o un pollo pequeño, o un kilo de queso.

El asombroso desatino de haber aumentado por decreto y compulsivamente, sin contar con la cobertura de ese dinero en el Banco Central,  6 veces los sueldos durante 2017, trae ahora sus frutos con una gigantesca inflación. Saquemos la cuenta.

El 8 de enero de 2017, Nicolás Maduro decretó el primer incremento de salario mínimo del año, aumentándolo en 50%.  El 2 de julio de 2017, volvió a decretar otro aumento del 50%, pero ya anteriormente, con motivo del 1º de Mayo, había decretado un aumento de 60%. El 7 de septiembre, decretó otro aumento, ahora de 60%. El 1º de noviembre hubo otro aumento más de 30% y el 31 de diciembre, Maduro volvió a decretar otro aumento más, esta vez de 40%.

El dinero así lanzado a la calle no es que no tiene respaldo alguno de su valor, sino que ni siquiera existió la posibilidad de imprimir la cantidad correspondiente de billetes. Se suponía que la gente utilizaría la tarjeta, sea de débito o de crédito, pero se olvidaron que la mayoría de los negocios pequeños, todo el comercio en la calle y muchísimos pagos diarios (transporte, estacionamiento, prensa, etc.) sólo se cancelan en efectivo, del que hoy la gente dejó de disponer. Ni siquiera existe la posibilidad de surtirse de dinero efectivo en los cajeros automáticos, porque los bancos tampoco disponen de suficientes billetes y cuando aparece un cajero “que paga”, las colas se forman inmediatamente.

La dificultad que esta situación impone en la vida diaria, unida a lo ficticio de un salario  sin valor, tuvo de primer efecto un masivo ausentismo laboral, tanto en el sector privado como en el público. A la dificultad de tener efectivo para pagar el pasaje, se unió la ausencia masiva de unidades de transporte público, debido a la imposibilidad de conseguir  el repuesto que se cotiza en millones de bolívares. Me cuentan que en el sector público y me consta que en el privado, es natural la excusa de no haber ido al trabajo con un “no tenía el efectivo para el pasaje”.

Ahora bien: con los compulsivos aumentos del salario mínimo el cierre de empresas estaba cantado y ni siquiera los decretos que prohíben cesantear al trabajador, pueden frenarlo. Fedecámaras suele informar periódicamente el número de empresas de todo tipo que dejaron de funcionar. Estoy esperando las cifras de los que cerraron en lo que va de 2018. En el comercio, vi y supe que muchas tiendas – asómbrese  – cerraron al principio de diciembre, con la finalidad de no descapitalizarse en un momento en que el crecimiento de la inflación hacía imposible calcular el precio de la reposición. Fue un diciembre sin siquiera un nutrido tráfico de vehículos en la calle – diciembre muerto, me parecía.

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Se hizo rutina que el trabajador no venga y que finalmente alguien de su entorno informe que se fue del país. No es la huida de la clase media, como ocurrió en Cuba, sino que actualmente de Venezuela huyen todos, en cambote, principalmente los más pobres, los que más hambre están pasando.

Volviendo entonces a la locura oficial que llevó a Maduro a aumentar compulsivamente los sueldos en un solo año, sin tener con qué sostener esos aumentos, vinieron ahora las consecuencias que golpean al ciudadano con una megainflación que en el año 2017 fue de  2.616% según la Asamblea Nacional, y que el Fondo Monetario Internacional ha previsto en 13.000% para 2018, con una caída del Producto Interno Bruto de -15%.  De modo que si no hay cambio de rumbo, esto es lo que espera a todos los venezolanos.

Con razón, ante esa perspectiva, el gobierno inventó cambiar el nombre del partido y no menciona más la palabra “socialismo” en la nueva propaganda, ni se ampara como antes en el recuerdo de Hugo Chávez: juega al lobo que viste piel de oveja, como su último recurso.  ¿Creen que la gente no se da cuenta que lobo es lobo, y hambre es hambre?

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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