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Opinión

Sorpresivamente nos dejó Monseñor Rodrigo Marín Pimentel

Sorpresivamente nos dejó Monseñor Rodrigo Marín Pimentel, hombre de fe profunda que contribuyó al mejoramiento de Mérida al renovar la catedral, la casa parroquial, sus anexos y el antiguo seminario.

Al despuntar el domingo 28 de enero, preparándose para las obligaciones del día del Señor, falleció en Guanare el Padre Rodrigo Marín. Fue un deceso inesperado. Dos días antes tuve la dicha de compartir con él y con Monseñor Trino Valera, la mesa siempre abierta y dispuesta para recibir a todo el que pasaba por Guanare. Como siempre derrochó la largueza de su desprendimiento, la picardía de su buen humor y ese sentido sacerdotal que lo hacía cercano a todo el que se acercaba a su vera.

Monseñor Marín fue un símbolo viviente del sacerdote sencillo, acogedor, desbordante de buen humor, preocupado por todos y principalmente por los pobres; hombre de oración y de fe profunda. Como el Don Camilo italiano, Rodrigo estaba siempre atento a intervenir en bien de los otros. La casa parroquial de la catedral guanareña fue siempre cobijo y parada obligatoria para todo sacerdote, obispo o peregrinación que pasaba por la capital portugueseña.

Nacido el 13 de marzo de 1945, en tierras trujillanas, en San Miguel, se identificó más con la tierra llana a la que sirvió con verdadera devoción y la hizo suya. Sus estudios eclesiásticos los realizó en los seminarios de Barquisimeto donde obtuvo el título de maestro normalista y en el Interdiocesano de Caracas. Fue ordenado sacerdote por Monseñor Eduardo Herrera Riera el 30 de agosto de 1970. Ocupó los curatos del Cristo de la Salud y del Sagrado Corazón de Jesús en los dos primeros años de su ministerio para sembrarse desde 1972 como párroco de la Catedral hasta su muerte. Alternó con el cargo de Vicario General de cuatro obispos: Monseñor Polachini, Monseñor Figueroa, Monseñor Sótero Valero y Monseñor Trino Valera. Con su buen humor afirmaba delante de este último que él había enterrado a tres prelados y esperaba hacerlo con el cuarto.

Fue capellán de la Guardia Nacional por 34 años, encargado de la diócesis durante las sedes vacantes; y durante casi cinco décadas se ocupó de las mejoras de la catedral, la casa parroquial y sus anexos y remodeló el antiguo seminario en una hermosa y confortable casa de retiros. Últimamente estuvo encargado del seguimiento de los seminaristas que estudian en Mérida, preocupándose por su formación integral. Todo Guanare, sus familiares, numerosos sacerdotes y obispos lloramos su ausencia y rezaremos ante su tumba en el presbiterio catedralicio al lado de los obispos a los que sirvió con afecto y desinterés. Paz a sus restos.

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