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¡Cruda realidad! Niños callejeros venezolanos ahora alimentan a sus familias

Miguel González, un niño indígena de 10 años, camina descalzo por los pasillos repletos del mercado popular de Maracaibo, en el noroeste de Venezuela. Lleva una pequeña bolsa de plástico con un poco de pellejo de carne, mientras el olor nauseabundo de pescados, carnes y quesos al aire libre llena el ambiente bajo el oxidado techo metálico de la instalación.

El Nuevo Herald/ POR GUSTAVO OCANDO ALEX

“Por favor, regáleme unos huesos”, le pide con las dos manos extendidas a una mujer que vende carne, quien se niega a darle las sobras y le ordena irse del lugar.

El hambre es la que hace que Miguel vaya todos los días al mercado a pedir comida o dinero para llevar a su casa en Carrasquero, una localidad pobre en el distrito indígena wayuu cerca de la frontera con Colombia.

“Pido y pido hasta que alguien me da algo para por lo menos hacer una sopa. En casa no tenemos nada de comer”, le dice el niño a este reportero. Sus ropas están rasgadas y tiene el rostro, los pies y el cabello sucios.

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A Miguel le gusta mucho el arroz frito que a veces él y su hermano de 3 años reciben de clientes caritativos de un quiosco de comida cercano. Su padre, Manuel, tiene cáncer en los huesos y no puede caminar. Sus hermanos mayores trabajan en lugares de obras de construcción.

Miguel es uno de un número desconocido de menores que trabajan, duermen y piden dinero o comida en las calles de Venezuela, donde la inflación se ha disparado, lo que ha hecho que mucha gente se vaya a Colombia y a otros países.

Miguel no sabe leer ni escribir. Dice que cuando sea grande quiere ser detective. “Yo camino por todos estos lugares todo el día sin ningún miedo”, dice con orgullo.

El 87 por ciento de los venezolanos padece de algún nivel de pobreza, según la Encuesta sobre Condiciones de Vida de Venezuela (Encovi), liderada por expertos de tres grandes universidades.

Casi el 90 por ciento de los venezolanos encuestados consideran que sus ingresos no son suficientes para comprar alimentos y 61 por ciento admitió que se han ido a la cama con hambre.

Miguel acababa de nacer cuando Hugo Chávez, el fallecido presidente socialista venezolano, proclamó en el 2008 que no había un solo niño pobre en las calles.

Chávez hizo la audaz promesa de resolver el problema la noche que ganó su primera elección en 1998: “No permitiré un solo niño callejero en Venezuela o me dejo de llamar Hugo Chávez”.

Hoy no hay información oficial sobre cuántos niños viven o trabajan en las calles de Venezuela, pero en el primer año de Chávez el propio presidente calculó que había 8,000 niños callejeros inscritos en instituciones del gobierno. Así las cosas, Chávez financió programas sociales —con dinero del petróleo— para ayudar a los jóvenes pobres a través del deporte y programas escolares. Diez años después anunció la victoria.

“Ya no se ven niños en la calle… ahora tenemos a miles estudiando”, dijo en un discurso en el 2009.

Trabajar o robar

Las cicatrices de Karen Rosa se le asoman por debajo de su blusa roja mientras vende bolsas para la basura a media mañana en el centro de Maracaibo. Tiene marcas de quemaduras en los dos brazos, el pecho y la cara.

“Fue un accidente. Mi hermano me echó gasolina encima en la casa cuando jugábamos, y entonces encendió un fósforo”, explicó la niña de 11 años.

El accidente ocurrió hace dos años. Ahora es vendedora callejera. “Esto no le hace daño a nadie”, dijo.

Ese día ganó dinero suficiente para comprar medio kilogramo de arroz para su familia, que vive en las afueras de San Juan, a dos horas de camino en autobús.

Oscar Misle, maestro y miembro de Cecodap, un grupo venezolano de defensa de los niños, calcula que al menos tres millones de niños venezolanos no van a la escuela todos los días y muchas veces terminan en las calles.

“Estos niños ven la calle como una posibilidad de sobrevivir, de encontrar lo que no hay en sus casas”, dijo desde sus oficinas en Caracas.

Pero advierte que los niños callejeros están dispuestos a robar para conseguir lo que sus familias necesitan. Dice que es “una estrategia de supervivencia”.

Varios niños rodean a Karen cuando habla con este reportero. Ninguno fue ese día a la escuela y todos tenían ropas gastadas.

Abraham Puchaina, de 10 años y quien también vende bolsas para la basura, casi no va a la escuela. “A veces estudio”, dijo.

Yusbeily García, una niña tímida de 12 años, dijo que su madre acababa de tener un bebé y no puede trabajar. “Tengo que hacerlo por ella todos los días”, dijo.

Una sociedad abrumada

La promesa de Chávez se ha vuelto un lujo, dijo Osiris Morales Rojas, profesora de la Universidad del Zulia y trabajadora social.

“La realidad de los niños callejeros ha empeorado en Venezuela”, dijo, agregando que el problema ya no recibe mucha atención. “Dejó de ser algo importante aproximadamente en el 2008”.

Morales Rojas enfatizó que las instituciones que antes ayudaban a los venezolanos pobres fueron desmanteladas o les cambiaron sus objetivos. Los niños callejeros, explicó, muchas veces vienen de familias pobres o víctimas de la violencia, y sus padres los obligan a trabajar o a pedir.

“Se convierten en los que mantienen su casa”, dijo. “Sus madres muchas veces tienen varios hijos de diferentes padres. En la calle hacen todo tipo de trabajos y sufren de abuso sexual. Tienen enfermedades de la piel, están expuestos al consumo de drogas y alcohol”.

Mariela Gómez, de 21 años, lleva toda la vida en la calle. Su madre la abandonó en Cabimas, una rica ciudad petrolera cerca del Lago Maracaibo. Ahora tiene cinco hijos propios, de entre 6 años y 3 meses, y les enseña a pedir en las calles.

Un día reciente, Marifer, la hija menor, lloraba frente a una panadería porque solo se había tomado un poco de jugo de naranja desde la noche anterior. “¡Tengo hambre!”, gritaba, mientras María Fernanda, su hermana de 6 años, la miraba. Marifer empezó a pedir comida y agua a los que pasaban por el lugar.

Fernando, el segundo hijo mayor de Gómez, estaba a pocas cuadras pidiendo dinero junto con uno de sus “amigos de la calle”. Sufre de poliomielitis y no puede caminar, y tiene llagas en las dos rodillas.

Los médicos le han dicho que necesita casi 2 millones de bolívares para una operación. “¿De dónde voy a sacar eso?”, pregunta Gómez.

Pero la peor parte de vivir en la calle fue en diciembre, dijo la mujer. Una noche se echó a dormir en una acera en Maracaibo y al despertarse al amanecer encontró que Marisol, una de sus mellizas, había desaparecido. Alguien se la robó.

“¡Se la llevaron! Llamé a la policía y no pudieron encontrarla en ninguna parte. Estuve llorando muchos días”, dijo Gómez. La niña, nacida y criada en las calles, no ha sido encontrada nunca.

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