Acusaciones contra Irán tocan también a Venezuela

Iran's President Hasan Rowhani gives a press coneference in Tehran on August 6, 2013. AFP PHOTO/ATTA KENARE

 

 Por Roberto Mansilla

Corresponsal en España

Si desde Washington lo de Corea del Norte anuncia campanas de paz, el diagnóstico es diametralmente distinto con respecto a Irán.

En los próximos días se vencerá el plazo de ratificación del igualmente histórico acuerdo nuclear suscrito en 2015 entre Irán, el G5+1 (EEUU, China, Rusia, Gran Bretaña, Francia y Alemania) y la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). Este acuerdo fue un logro clave de la anterior administración de Barack Obama, logro que desde su llegada a la Casa Blanca en enero de 2017, Trump ha constantemente denunciado y prometido destruir.

El acoso de Trump a Irán ya se fraguó con su gira por Oriente Medio el año pasado, donde fortaleció el eje geopolítico de Washington con aliados tradicionales como Israel, Arabia Saudita y Egipto. Bajo esta perspectiva, mientras Kim y Moon se reunían en la frontera coreana, el secretario de Estado y ex director de la CIA, Mike Pompeo, visitaba la capital saudita, Riad, para amenazar a Teherán con que “el tiempo y la paciencia” se acaban en lo relativo a su programa nuclear.

El escenario de acoso a Teherán ya había servido la semana pasada, cuando el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu presentó unas supuestas pruebas de que Irán no estaba cumpliendo con lo establecido en el acuerdo de 2015 de desmantelar su arsenal nuclear. Estas pruebas, conocidas como proyecto Amad, contienen 55.000 archivos supuestamente falsificados por Irán sobre el estado de su programa nuclear.

Para Israel, el arsenal nuclear iraní es su principal preocupación, ya que fortalecería el peso geopolítico de Teherán en Oriente Próximo, con amenaza directa para Israel. Por ello, sus informes sobre lo que está sucediendo con el programa nuclear iraní tienen también un carácter simbólico, toda vez en los próximos días el Estado de Israel celebrará su 70º aniversario y Netanyahu y la elite política y militar israelí necesitan reforzar la seguridad nacional como aspecto de legitimación histórica estatal de Israel.

Los informes israelíes parecen ejercer una enorme influencia en Trump, razón por la que el presidente estadounidense acelera el desmantelamiento de este acuerdo para presionar y aislar aún más a Irán. Trump respaldó públicamente la veracidad de los informes israelíes, lo cual ha sido observado como un triunfo político para Netanyahu y la certificación del regreso del lobby israelí como principal eje de influencia en la política de Washington en Oriente Próximo.

No obstante, las acusaciones israelíes están provocando grietas en la previsible uniformidad de posiciones que Washington esperaba atar con respecto a Irán. La propia AIEA ya desmintió y desacreditó esos informes israelíes al asegurar que Teherán no hace uso de su programa nuclear desde 2009. Del mismo modo, fuentes informativas aseguran que Washington conocía de antemano qué dicen los archivos supuestamente robados en Teherán.

Igualmente, la Unión Europea, en boca de la comisaria de Política Exterior y de Seguridad, Federica Mogherini, también cuestionó los informes israelíes, considerando que los mismos no alegan que Irán incumpliera sus compromisos establecidos en el acuerdo nuclear de 2015.

Con todo, la presión de Washington hacia Teherán, muy diferente al tratamiento que actualmente parece tener con Pyongyang, está avanzando con efectos colaterales.

Esta semana, Marruecos, otro aliado de EEUU y, por consiguiente, tácitamente benevolente con el Estado de Israel, anunció inesperadamente que rompía relaciones con la República Islámica de Irán. El argumento fue una supuesta conexión iraní a favor del Frente Polisario, el principal movimiento independentista saharaui.

La inesperada decisión marroquí con respecto a Irán puede ser analizada como una arista más de la presión que Washington está lanzando hacia Teherán. Presión que también deberá manejar Trump de forma diplomática hacia los dos principales aliados iraníes a nivel global, en este caso Rusia y China.

Bajo este contexto, Teherán ha acusado a Israel de “mentiras e infamias” en sus informes, toda vez envió un claro mensaje a las dos Corea de “no fiarse” de la mediación de Trump vía cumbre con Kim.

Por su parte, Rusia y China han pedido cautela en torno a los dos contextos “nucleares” con Irán y Corea del Norte. Moscú y Beijing no se han pronunciado claramente sobre cómo observan la eventual cumbre Trump-Kim, pero sí han cerrado filas en torno a su aliado iraní, pidiendo la renovación del acuerdo nuclear de 2015. Una perspectiva que Trump no parece estar dispuesto a aceptar.

Todo indica que, tanto en el caso iraní como en el norcoreano, Trump está persuadido a ir de forma unilateral, contando con aliados irrestrictos como Israel, Arabia Saudita, Japón y Corea del Sur, y desmarcándose de las posiciones adoptadas por Rusia, China y la Unión Europea.

Pero antes de la cumbre con Kim, Trump está a la espera de las investigaciones sobre el “Russiagate” que impactan a su presidencia. El fiscal estadounidense Robert Muller, que investiga la presunta trama rusa en las presidenciales 2016 a favor de Trump, entregó recientemente al equipo de abogados de Trump un cuestionario de 44 preguntas sobre este asunto, según revelaciones filtradas por The New York Times.

Deshaciendo el nudo chavista

El encaje que Trump pretende establecer simultáneamente de conciliación con Pyongyang y de presión hacia Teherán, tendrá inevitables repercusiones a nivel hemisférico, principalmente en la viabilidad del eje geopolítico establecido por el “chavismo” en Venezuela desde su llegada al poder en 1999.

El objetivo de Washington es desarticular el cada vez más descabezado eje ALBA, impulsado por el ex presidente Hugo Chávez y que ha tenido a Irán, China y Rusia (ésta en menor medida) como principales actores externos.

Del mismo modo, propiciar una incierta apertura con Corea del Norte serviría a Trump de acicate contra el régimen de Nicolás Maduro, tradicional defensor del programa nuclear norcoreano así como del iraní.

Paralelamente, el impulso de nuevos mecanismos financieros como las petromonedas, que en las últimas semanas vienen adelantándose tanto en Venezuela como en Irán contando con el apoyo de China y Rusia, han sido observadas desde Washington como herramientas dirigidas a dispersar las sanciones que EEUU ha enviado en los últimos años hacia funcionarios de alto gobierno en Caracas y Teherán.

En el fondo, Washington busca desarticular el nudo de implicación existente dentro de la relación estratégica entre Venezuela e Irán, y que ha tenido especial incidencia en los campos financiero, petrolero y de compatibilidad de intereses geopolíticos.

Un caso de investigación en EEUU que aparentemente está siendo relevante en este sentido, fue la detención, el pasado 21 de marzo en Nueva York, del empresario iraní Ali Sadr Hashemi Nejad, acusado por las autoridades estadounidenses de presuntamente haber participado en un esquema para evadir sanciones de EEUU contra los regímenes iraní y venezolano.

Los fiscales estadounidenses acusaron a Nejad de desviar US$115 millones pagados bajo un contrato de construcción venezolano a través del sistema financiero estadounidense. Las autoridades detallaron que Nejad movió ilegalmente el dinero en EEUU como parte de un acuerdo de US$ 476 millones para construir 7.000 unidades de vivienda en Venezuela.

Este aspecto reveló altos manejos de poder entre Teherán y Caracas, en el sentido de que la Gran Misión Vivienda impulsada por Chávez desde 2011 y recogida por su sucesor Maduro, pareciera haber sido utilizada por autoridades iraníes como mecanismo de lavado de dinero en EEUU y de herramientas para dispersar las sanciones estadounidenses.

De 38 años, Nejad es hijo del magnate bancario y uno de los más grandes millonarios iraníes, Seyed Mohammed Sadr Hashemi Nejad, que controla el conglomerado empresarial Stratus Group. En este sentido, el caso Nejad parece ser sintomático para Washington de las estrechas relaciones entre Caracas y Teherán para evadir las sanciones estadounidenses. La ruptura del acuerdo nuclear de 2015 sería una herramienta clave para desarticular esta relación iraní-venezolana.

A este contexto debe agregarse la actual crisis social y política en Nicaragua, que augura momentos tensos tras la violenta represión gubernamental por las protestas contra la reforma de la seguridad social, y que han provocado más de 60 muertos.

Diversas informaciones han asegurado la presunta implicación de colectivos “chavistas” enviados a Nicaragua para apoyar la represión de un presidente, Daniel Ortega, sumido igualmente en el descrédito interno. Las comparaciones con la caída del somocismo que dio paso a la revolución sandinista en 1979 son constantes en la actualidad nicaragüense, donde muchos aprecian el final del “orteguismo” en el poder desde 2006.

La crisis económica venezolana está igualmente provocando fuertes contracciones de fondos en Nicaragua, especialmente a través de los fondos ALBA. Esto puede explicar también la crisis actual en el país centroamericano, un diagnóstico seguramente muy seguido desde cerca por Washington.

En el fondo, la expectante cumbre Trump-Kim tiene repercusiones colaterales en la geopolítica global que auguran transformaciones en el actual equilibrio (o desequilibrio) de la balanza de poder mundial.

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