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#ColombiaDecide entre dos mundos políticos el futuro de la tierra neogranadina

Las elecciones en Colombia son particulares por varios motivos. Son las primeras presidenciales tras el abandono de las armas por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC. Son los ­primeros comicios en 16 años en que no participa directamente, aunque sí estén omnipresentes, ninguno de los dos políticos que han cambiado el destino del país en este siglo, el expresidente Álvaro Uribe y el actual mandatario, Juan Manuel Santos. Y es la primera vez que un izquierdista tiene posibilidades reales de convertirse en presidente.

Las últimas encuestas confirman una polarización del electorado en los dos candidatos que pasarían a la segunda vuelta del 17 de junio. Dos polos bien marcados que insisten en presentarse como centristas.

Por la derecha, el favorito para ganar la primera vuelta, Iván Duque, abogado y senador de 41 años que ­obtendría entre el 35% y el 42%.

Por la izquierda, Gustavo Petro, economista, exalcalde de Bogotá y exguerrillero del M-19 de 58 años, al que los sondeos sitúan en una horquilla de entre el 24% y el 30% de los votos con su movimiento Colombia Humana.

En la última semana Duque ha pisado el acelerador enfocando su campaña a intentar lo que parece imposible, ganar en primera vuelta, sabiendo que lo contrario le complica las cosas porque la polarización se agudizará y puede jugarle en contra un aspecto adicional.

Duque es el candidato auspiciado por Uribe y su partido, Centro Democrático, CD. El exmandatario es el político mejor valorado de Colombia, pero a la vez despierta un gran rechazo, y en segunda vuelta podría darse el voto antiuribista.

Además, el tercero en discordia es un progresista, el matemático y exalcalde de Medellín de 61 años Sergio Fajardo, que conseguiría el 18% según las encuestas más favorables. Por neutralidad constitucional, Santos no puede apoyar a nadie, pero su formación, el Partido de la U, hace campaña a favor del conservador Germán Vargas Lleras, de 56 años, que fue su vicepresidente y es cuarto en los sondeos, con el 7% de intención de voto. El quinto candidato, con el 2%, es Humberto de la Calle, jefe de la delegación del gobierno que negoció en Cuba los acuerdos con las FARC.

No obstante, como en casi toda Latinoamérica y cada vez más en el mundo, los ejes ideológicos se distorsionan y difuminan. Colombia es un país tradicionalmente conservador, pero en estas elecciones hay que tener en cuenta también otros dos ejes polarizados, la histórica rivalidad entre Santos y Uribe, que ya no pueden volver a ser presidentes por haber completado dos mandatos cada uno; y el eje que mide a partidarios y detractores de los acuerdos de paz con la guerrilla de las FARC, que Duque quiere revisar y Petro da por cerrados.

La revisión de dichos acuerdos ha sido el principal tema de la campaña y el que mayor interés internacional ha suscitado. Santos, que ahora tiene un pobre nivel de aceptación ciudadana, según los sondeos, recibió el Nobel de la Paz en el 2016 por acabar con medio siglo de guerra.

Sin embargo, Duque y Uribe están solos en sus críticas a los acuerdos con la guerrilla; principalmente, cuestionan la benevolencia de la Justicia Especial para la Paz, JEP, un tribunal creado expresamente para juzgar los crímenes de las FARC, así como la participación política de los excomandantes revolucionarios. Pero los otros cuatro candidatos quieren pasar página cuanto antes y convalidar los acuerdos de paz: Petro, Fajardo, por supuesto De la Calle e incluso Vargas Lleras, que se distanció de Santos por sus diferencias en este asunto y ahora ha vuelto al redil santista.

El Gobierno del presidente Santos, con la obsesión de firmar un acuerdo, cualquier acuerdo, hizo concesiones totalmente injustificadas a un grupo que jamás ha renunciado a su empeño de tomarse el poder utilizando la combinación de todas las formas de lucha, primero armada y ahora a través de la política, pero con la plata del narcotráfico”, decía la candidata a vicepresidenta de Duque, Marta Lucía Ramírez, durante su reciente paso por Buenos Aires.

De todas formas, las elecciones legislativas de marzo pasado demostraron la ínfima influencia política de la exguerrilla, cuyos líderes constituyeron un partido con las mismas siglas, Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, FARC, que cosechó un sonoro fracaso porque apenas alcanzó el 0,5% de los votos.

Sin embargo, según los acuerdos de paz, las FARC tiene asegurados cinco escaños en Congreso y Senado durante esta legislatura y la siguiente. Además, el excomandante de la extinta organización revolucionaria, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, que firmó personalmente la paz con Santos, se retiró de la carrera presidencial debido a una enfermedad, pero también al bajo apoyo en las encuestas.

Mientras que Duque es percibido por sus detractores como ultraliberal y títere de Uribe, sus partidarios alegan que es el más progresista del Centro Democrático, aunque se define como “creyente en Dios” y es apoyado por las iglesias evangélicas del país, a pesar de que este colectivo votó en su día mayoritariamente a favor de los acuerdos de paz.

Y Petro, tachado de “castrochavista” por sus enemigos, esgrime en realidad un discurso que en Europa sería socialdemócrata, al igual que Fajardo; con ocasión de las recientes elecciones venezolanas, Petro se desmarcó del chavismo y criticó duramente a Nicolás Maduro.

Por otra parte, la última semana estuvo centrada en las advertencias de fraude lanzadas por Petro. “Se está cocinando un fraude electoral”, denunció el candidato izquierdista, alegando que tenía informaciones de que el Gobierno de Santos pretendía manipular informáticamente los resultados de Vargas Lleras para que pasara a la segunda vuelta.

“Lo que está en cuestión es que el software presente alteraciones de algoritmos que no tienen garantía y pueden generar un fraude masivo”, agregó Petro, que llamó a sus partidarios a salir a la calle esta noche a defender los resultados.

Fuente: La Vanguardia

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