fbpx
SlideVida

Una especie de tortuga se salva en las playas de Bali

Seis de las siete especies de tortugas marinas existentes habitan las aguas de Indonesia.

Desde hace mucho los habitantes de Bali tiene dos posturas acerca de las tortugas marinas en peligro de extinción. Algunos quieren salvarlas. Otros quieren comérselas.

Sin embargo, el deseo de salvar a las tortugas está ganando cada vez más, en especial entre los balineses más jóvenes.

Durante el día, la playa Legian está llena de turistas de todo el mundo que vienen aquí por la arena y el surfeo. En las noches, cuando la playa está oscura y casi desierta, se convierte en un hábitat crucial para las tortugas.

Alex Unwakoly, un voluntario de la Sociedad para las Tortugas Marinas de Bali, estaba patrullando una playa al otro lado de un hotel de cinco estrellas una noche reciente cuando vio una tortuga olivácea que se había arrastrado hacia la arena para poner sus huevos.

Así comenzó una rápida operación para salvar a la descendencia de la tortuga.

Él y un colega mantuvieron a un puñado de turistas a una distancia prudente mientras la tortuga —clasificada como miembro de una especie vulnerable— ponía sus huevos. Llegaron otros rescatistas. Luego, cuando la tortuga regresó arrastrándose a las aguas del océano Índico, desenterraron los 136 huevos, cada uno de más o menos el tamaño de una pelota de tenis de mesa, los pusieron en una cubeta y se los llevaron para incubarlos en un lugar más seguro.

“Cada vez que pone huevos regresa a este lugar, que es donde nació”, dijo Unwakoly. Eso puede ocurrir varias veces en un año.

Turistas liberan tortugas en la playa de Kuta en Bali, Indonesia, el 30 y 26 de mayo de 2018. En las playas de Bali, se está realizando un esfuerzo voluntario para proteger a las tortugas marinas y sus descendientes de los bañistas, perros salvajes, cazadores furtivos, turistas y otras amenazas. Hannah Reyes Morales The New York Times

La campaña en gran medida voluntaria para salvar a las tortugas marinas de Bali es una extraña historia de éxito en esta popular isla turística, que lucha contra amenazas ambientales, incluyendo basura en la orilla del mar, playas que se erosionan y descorazonadores congestionamientos de tránsito.

Si se deja que los huevos se incuben solos, como es la intención de la naturaleza, estos enfrentan muchas amenazas. Los pueden aplastar los visitantes de la playa, se los puede llevar la corriente, los pueden desenterrar los perros salvajes o se los pueden robar los cazadores furtivos. Las tortugas que ponen sus huevos en la playa enfrentan el riesgo de que se las lleven y las conviertan en la cena.

“Lo más importante respecto de la conservación es cómo educar a los humanos”, dijo I Wayan Wiradnyana, el fundador de la Sociedad para las Tortugas Marinas de Bali. “Las tortugas marinas nos pertenecen a todos, así que todos debemos hacernos responsables”.

Seis de las siete especies de tortugas marinas existentes habitan las aguas de Indonesia, y todas están clasificadas como vulnerables, en peligro de extinción o en peligro crítico de extinción.

El principal éxito del grupo se ha dado con la tortuga olivácea, a la que parecen no afectarle tanto la basura, el ruido y las brillantes luces de la moderna Bali.

También se dice que sabe a pescado, a diferencia de la tortuga marina verde, a la que los balineses consideran la más deliciosa.

Las dificultades de las tortugas marinas se han reducido de manera considerable desde 2001, cuando llegué aquí para investigar el tráfico de tortugas. Cazar, poseer o comer a estos animales se prohibió en 1999, pero, a pesar de ello, se asesinaba a decenas de miles de tortugas.

Las tortugas que serían sacrificadas se mantenían a la vista en jaulas de bambú en la playa. La carne de tortuga se servía sin que fuera secreto en restaurantes pequeños y ceremonias hindúes. Los traficantes operaban impunemente, y en cierto momento quemaron una estación de policía en protesta por la prohibición.

Las tortugas se destazaban vivas para evitar que la carne se pegara al caparazón. Un carnicero me describió el repugnante proceso de diez minutos: primero cortaba las aletas, luego separaba la carne del caparazón y al final arrancaba el corazón, que aún latía.

Las autoridades de la isla, predominantemente hindú, comenzaron a tomar medidas enérgicas para no arriesgarse a una reacción negativa por parte de los turistas extranjeros.

Por su parte, los sacerdotes hindúes ayudaron a proteger a las tortugas declarando que sacrificarlas no es una práctica religiosa.

Hoy en día, el tráfico de tortugas se ha vuelto clandestino. A pesar de ello, algunos traficantes y proveedores siguen con su negocio, y el año pasado la policía marina indonesia en Bali decomisó más de 670 kilos de carne de tortuga, incluyendo más de 180 kilos empaquetados con hielo y enviados en camión desde la isla cercana de Lombok.

Durante los dos años previos, la policía arrestó a tres traficantes y decomisó más de 120 tortugas vivas, según se ve en los registros.

En una redada realizada un día de marzo antes del amanecer en un restaurante en Jimbaran, una popular zona turística, la policía arrestó a un cocinero en el momento en que cortaba la carne de tortuga. Si hubieran llegado más tarde, habría estado picada tan finamente que no habría podido distinguirse de otro tipo de carne.

“Cuando llegamos, las aletas ya estaban troceadas”, dijo Budi Prasetyo, un oficial de la policía marina. “Tuvimos que armarlas como si fueran un rompecabezas”.

En abril, la policía local arrestó cerca de la playa Kuta a un hombre sospechoso de haber robado la bolsa de una mujer. Buscaron en su motocicleta y encontraron 97 huevos de tortuga recién desenterrados, dijo Wiradnyana. La policía los entregó al criadero. Había dos rotos.

Wiradnyana y I Gusti Ngurah Tresna, conocido como Agung, comenzaron a tratar de salvar a las tortugas marinas en 2001. Recuperaron los huevos de un único nido, los incubaron y soltaron a las bebés.

Al año siguiente, recuperaron los huevos de dos nidos.

Poco a poco fueron creando conciencia en la comunidad, atrayendo a voluntarios y creando una red de vigías, como conductores de taxis y guardias de seguridad de hoteles, quienes les avisan si ven tortugas en la playa.

El año pasado, la sociedad recuperó los huevos de 761 nidos, algo que nunca antes había sucedido, y liberó a 70,000 crías. Este año, están en camino de rescatar y liberar a una cantidad incluso mayor.

Sin embargo, casi la mayoría son oliváceas. Wiradnyana señaló que las otras cinco especies que según se sabe habitan las aguas de Bali no se están recuperando de la misma forma.

Regina Greilich, de 26 años, una maestra de Alemania, elogió la labor y el entusiasmo de los rescatistas de tortugas.

“Me encanta el hecho de que les preocupe tanto el medioambiente”, dijo. “Lo hacen apasionadamente”.

Información de Richard C. Paddock/The New York Times

(Restidia Putri colaboró con el reportaje).

Tags
Mostrar más

Artículos relacionados

Close
Close