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EE.UU.

La Casa Blanca se queda sin “adultos en la sala”

«Yo puedo arreglarlo solo». Esa fue la gran promesa que Donald Trump hizo a su partido en la convención republicana de julio 2016 cuando fue ungido -a regañadientes de los «barones» conservadores, con el entusiasmo de las bases- como candidato a la Presidencia de EE.UU.

Se refería a su país, a lo que llamaba la crisis de su sistema político, la podredumbre de Washington que impide a EE.UU. alcanzar su máximo potencial, la incapacidad para fortalecer la frontera, la pasividad ante los abusos de sus rivales económicos.

Casi dos años después de su llegada a la Casa Blanca, lo más cierto de aquella afirmación es que, haga lo que haga, lo hará solo. «Dejad a Trump que sea Trump» era una de esas frases que pronunciaban sus acérrimos durante la campaña y que se extendió al comienzo de su presidencia: su éxito, la razón de su victoria histórica en noviembre de 2016, tiene que ver con haber despreciado las normas convencionales del juego político, defendían. En la Casa Blanca debía mantener esa postura, que incluía insultos racistas y misóginos, salidas de tono y un desprecio habitual por la verdad. Otros -sobre todo, en su propio partido- mantenían la esperanza de que se pasara a un tono «presidencial», con mayor moderación y respeto a las líneas convencionales de la política interna y exterior del país.

El presidente de EE.UU. se acerca al ecuador de su primer mandato y parece más Trump que nunca. Sobre todo, porque han caído de su círculo íntimo de Gobierno los altos cargos que podían tratar de reconducir su toma de decisiones intempestiva, presionarle para no romper líneas políticas tradicionales del país o evitar que traspase los límites que la Constitución impone al poder ejecutivo. El último ha sido el secretario de Defensa, Jim Mattis. El célebre general del cuerpo de Marines presentó su dimisión la semana pasada después de no lograr convencer a Trump de que diera marcha atrás en su decisión de retirar las tropas estadounidenses de Siria.

La relación entre el presidente y el líder del Pentágono se había deteriorado en los últimos meses, sobre todo por la insistencia de Trump de torpedear las relaciones de defensa con los socios de la OTAN. Mattis había asegurado a los más íntimos que aguantaría el temporal para proteger al ejército y a la seguridad nacional. Pero la decisión sobre Siria –tanto por su contenido como por la forma– acabó por romper el lazo y presentó una carta de dimisión muy crítica con el presidente norteamericano.

Mattis era el último de los llamados «adultos en la sala» en la Casa Blanca, altos cargos de prestigio que actuaban como diques de contención en la presidencia volcánica de Trump, en especial en los asuntos sensibles que estuvieran relacionados con la política exterior del país. Cuando un mes después de su victoria electoral Trump eligió a Mattis como su secretario de Defensa, la web «Politico» saludó la noticia: «Por fin hay un adulto en la sala», dijo sobre el Gabinete, entonces todavía en formación.

El general fue uno de los destacados de ese grupo informal de altos cargos dedicados a que Trump no traspasara los límites de la seguridad nacional. Su existencia se reivindicó en septiembre de este año, en una tribuna en «The New York Times» titulada «Yo formo parte de la resistencia interna en la Administración Trump». En ella, un supuesto alto cargo aseguraba que un grupo de miembros del Gobierno se esforzaba en «frustrar parte de la agenda política y las peores inclinaciones de Trump. «Podría ser no muy reconfortante en esta era de caos, pero los estadounidenses deben saber que hay adultos en la sala», aseguraba el citado texto.

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El relato era coherente con algunos retratos de la vida íntima de la Casa Blanca, como el del libro elaborado por el célebre periodista Bob Woodward. En él se describían episodios de altos cargos que distraían documentos del Despacho Oval para que Trump no los firmara. Era el caso de Gary Cohn, el principal asesor económico del presidente, y el primer «adulto» en abandonar el barco. En marzo de este año presentó su renuncia después de enfrentarse a Trump por su guerra de aranceles comerciales contra medio mundo.

Ese mismo mes, el presidente estadounidense se cobró una de las víctimas más significativas de los hombres que tenía a su lado: Rex Tillerson, el entonces secretario de Estado. El ex consejero delegado de Exxon Mobile se había convertido en una de las figuras más respetadas de la Administración, pero las diferencias con Trump en asuntos capitales -la salida del acuerdo con Irán, la cumbre con Corea del Norte– cada vez eran mayores. Y Trump nunca se recuperó de la filtración que aseguró que Tillerson le había llamado «imbécil», algo que el jefe de la diplomacia no negó.

A comienzos de mes, Tillerson describió en una entrevista con la CBS lo difícil que era trabajar con una persona «muy indisciplinada, a la que no le gusta leer, que no se lee los informes, que no le gusta ir a los detalles de muchas cosas, que prefiere simplemente decir ‘‘esto es lo que pienso’’».

También en marzo se fue el general H.R. McMaster, asesor de seguridad nacional, que chocaba en muchos frentes de política exterior con Trump. Al presidente tampoco le gustaba que hubiera reconocido la intromisión de Rusia en las elecciones ni su forma de trabajar: según «The Washington Post», se quejaba de que era «muy rígido y sus reuniones muy largas y parecían irrelevantes».

Un tercer general -al que siempre meten en el grupo de los «adultos»- ha caído recientemente: John Kelly, que llegó a la Casa Blanca en 2017 con la encomienda de poner orden y disciplina como jefe de Gabinete. El 8 de diciembre se anunció que dejaría el cargo con el fin del año; uno de los que peor llevaba su disciplina militar era el propio presidente.

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