fbpx
Internacionales

El misterio indescifrable: Las mil preguntas sobre el Brexit

El Reino Unido se va o se supone que se va de la Unión Europea, UE,  el 29 de marzo próximo. ¿Qué pasará entonces? ¿Cómo será el país al día siguiente, y en las semanas, meses y años que vendrán después? ¿Pedirá Londres un aplazamiento? ¿Se cumplirán las predicciones catastrofistas, se hundirá la economía, habrá problemas de seguridad, y quienes votaron a favor de la salida de Europa empezarán a buscar la manera de pedir humildemente el reingreso?

¿O bien, por el contrario, será la UE la que se desintegre, incapaz de resolver problemas como la inmigración, la crisis de los refugiados, las diferencias regionales, el adiós de Angela Merkel, el desprestigio de sus actuales líderes y el auge de la extrema derecha, mientras los británicos celebran la sabia decisión de haber saltado al agua antes de que se hundiera el barco?

Ni siquiera los propietarios de las más reconocidas bolas de cristal se atreven a hacer un pronóstico, y no digamos todos esos analistas políticos que se lucieron en las dos últimas elecciones británicas, y en las victorias de Donald Trump y del Brexit.

Normalmente por estas fechas, los columnistas de prensa más famosos especulan con lo que deparará el año, pero esta vez no abren la boca. El del Brexit es un misterio indescifrable.

La primera pregunta es si habrá Brexit, y si lo hay, qué forma tendrá. ¿El acuerdo suscrito por Theresa May con Bruselas? ¿Una fórmula más blanda, parecida a la de Noruega, que permita al Reino Unido seguir en la unión aduanera y el mercado único?

¿Una ruptura por las bravas en la que el país se vaya sin ningún marco para la futura relación política y comercial, el escenario temido por los empresarios y quienes se arrogan el manto de la razón y el sentido común?

A un día que empiece el año 2019 todas las opciones siguen abiertas, para desesperación de quienes tienen que tomar decisiones económicas, financieras y de inversión a medio y largo plazo.

Theresa May acaba el 2018 con sus acciones por los suelos, admirada hasta cierto punto por su persistencia y tenacidad (casi cualquier otra persona en su lugar habría arrojado la toalla hace meses), por la manera en que le resbalan las dimisiones de sus ministros, la censura de su grupo parlamentario, las críticas de la prensa y de la oposición.

Ella sigue a piñón fijo, empeñada en permanecer el mayor tiempo posible en el 10 de Downing Street (ha prometido que no se presentará a las elecciones del 2022), y de ser la primera ministra que “cumpla la voluntad popular” y saque el país de la UE, aunque ella personalmente votó a favor de la permanencia.

Pero el acuerdo que ha firmado con Bruselas no gusta a casi nadie, hasta el punto de que hace unas semanas tuvo que retirarlo en el último momento para que no fuera derrotado.

Su táctica negociadora es muy cuestionada, sobre todo por los euroescépticos, que habrían querido que se disfrazara de Margaret Thatcher y empezara a golpear la mesa con su bolso, negándose a pagar los más de 40.000 millones de euros del divorcio.

En el momento que aceptó la pretensión europea de que primero se discutiera el acuerdo de Retirada y sólo después la futura relación comercial, Bruselas se hizo con el control de la situación. Y además, marcó sin necesidad alguna tantas líneas rojas que ella misma ha tenido que ignorarlas olímpicamente.

Pero mientras hay vida, hay esperanza, y May todavía confía en que la semana del 14 de enero, cuando vuelva a votarse el acuerdo, las circunstancias hayan cambiado lo suficiente para que sea aprobado, si no a las primeras de cambio, si en una subsiguiente votación.

Sobre el papel parece una tarea de titanes, porque toda la oposición está en contra, un centenar de euroescépticos expresaron su desconfianza en la premier en una moción de censura, y un grupo de conservadores eurófilos también es reacio.

Sería como remontar un partido que en el descanso perdía por 0-3. Algo que, por cierto, hizo el Liverpool contra el Milan en la final de la Copa de Europa de Estambul. Muy difícil, rozando lo milagroso, pero no imposible.

La estrategia de May consiste desde hace ya tiempo en llevar el coche del Brexit hasta el borde del precipicio, estilo Thelma y Louise, para que los pasajeros que van detrás (los diputados británicos y los negociadores europeos) atiendan in extremis a sus demandas a fin de impedir una salida desordenada.

En el caso de los parlamentarios, la primera ministra confía en que las vacaciones de Navidad hayan calmado los ánimos, y las conversaciones con sus votantes les hayan dejado claro que la gente no quiere más aventuras y riesgos de los estrictamente necesarios y se conforman con un Brexit aunque sea nominal, que acabe con la libertad de movimiento y restrinja la llegada de ciudadanos de otros países europeos.

Y con el tema del comercio, la unión aduanera, el mercado único y demás, ya se verá lo que pasa. Qué será será, lo que tenga que ser será…

En el caso de Bruselas, cuenta con recibir en los próximos días, antes de la votación en los Comunes, una concesión “significativa” en el tema del backstop o la salvaguarda irlandesa.

No un cambio en el acuerdo en sí mismo, algo que descarta la UE, pero sí algún tipo de anexo o declaración formal (como la que obtuvo Pedro Sánchez sobre Gibraltar), que sea suficiente para que los norirlandeses protestantes, unionistas y ultraconservadores del DUP –socios minoritarios del Gobierno, al que tienen en la práctica secuestrado– den su visto bueno.

Fuentes europeas reconocen que todavía hay un caramelo (más o menos dulce) para Theresa May que se está negociando en secreto, pero que esperarán a dárselo hasta el final, porque si no los euroescépticos de su partido se lo comerían y pedirían más y más, como vienen haciendo. Ha de ser el último cartucho.

Todo esto quedará claro antes del 21 de enero, la fecha tope para que el Parlamento de Westminster apruebe el trato de Theresa May, o para que lo rechace e intente buscar una alternativa, ya sea un modelo diferente de Brexit, unas elecciones anticipadas (el Labour puede presentar en cualquier momento una moción de censura, aunque las posibilidades de ganarla son escasas) o un segundo referéndum.

Si May prevalece, recibirá los parabienes de quienes hasta ahora la han considerado poco menos que una inútil, los críticos loarán sus dotes de estratega, el líder laborista Jeremy Corbyn será acusado de haber perdido una oportunidad histórica, los euroescépticos dirán que se trata de un Brino ( Brexit in name only, sólo de nombre), y que para semejante viaje no hacían falta tantas alforjas, y los proeuropeos pensarán que habría sido mejor quedarse, pero por lo menos se han salvado los muebles con una salida ordenada.

El 29 de marzo, cuando el Big Ben de las once de la noche, el Reino Unido dejará de ser miembro de la Unión Europea, el mayor trauma para su política exterior y económica en cuarenta años. Los 28 se convertirán en 27. Y en cuanto al futuro, lo que tenga que ser será.

El panorama y el calendario se complican si el acuerdo de May con Bruselas es derrotado en los Comunes. La bruma se apoderaría del paisaje político, al menos a corto plazo, y de ella tendría que salir con urgencia una alternativa.

La primera ministra podría optar por quitar el freno de mano y dejar efectivamente que el coche se despeñe, y que el Reino Unido empiece a regirse por las reglas, tarifas y aranceles de la Organización Mundial de Comercio, y a intentar suscribir tratos ventajosos con China, Japón, Turquía, India, Brasil y los Estados Unidos en un clima de creciente proteccionismo.

En ese caso, que Dios le ayude… En semejante escenario, lo más probable es que los euroescépticos intentasen aprovechar la coyuntura para convertir al país en el Singapur europeo (su auténtico propósito), y avanzar su agenda ultraliberal de menos impuestos y regulaciones, y también menos Estado de bienestar, aprovechando la teoría de que los grandes cambios sólo se pueden realizar en situaciones de caos.

Pero lo más probable es que o bien May de marcha atrás (al fin y al cabo dijo que no habría elecciones anticipadas y las hubo, dijo que el Brexit se iba a votar y no se votó, dijo que o Chequers o nada, y fue otra cosa…), y o bien pida a Bruselas una prórroga, o bien busque forjar una mayoría en los Comunes para un Brexit más blando, en base a un modelo como el noruego.

Si se negara a moverse de casilla, correría el riesgo de que el Parlamento se hiciera con las riendas del Brexit “para evitar un desastre nacional”, y entonces adquiría fuerza, descartadas las demás opciones, la posibilidad de un segundo referéndum como último recurso.

Mucha gente se opone a la idea, porque piensan que abriría en vez de cicatrizar las divisiones, cuestionaría el valor de la democracia, y fomentaría aún más la desconfianza en el sistema y la clase política.

Los brexiters harían campaña con el eslogan de “si la primera vez no lo entendieron, digámoslo más claro todavía”.

Y los remainers pondrían otra vez énfasis en unos peligros económicos que por el momento sólo se han materializado de manera marginal y en los que los euroescépticos no creen. Pero el resultado volvería a ser apretado, y la cuestión no quedaría zanjada.

Qué pasará a partir del 29 de marzo entra por completo en el escenario de la política-ficción. ¿Prosperará el Reino Unido? ¿Se hundirá? ¿Se clausurarán los vuelos? ¿Aumentarán el terrorismo y la delincuencia? ¿Escasearán las medicinas y alimentos? ¿Se colapsarán los puertos y las carreteras? ¿Tendrá que intervenir el ejército para mantener el orden? La Vanguardia ha comprado por Amazon una bola de cristal muy recomendada y le ha pedido que haga de oráculo.

Pero se ha quedado muda. Le ha puesto pilas nuevas, y ni por esas, así que no ha habido más remedio que devolverla, como esa gente que compra un vestido, lo lleva en la fiesta con etiqueta y todo, lo mete al día siguiente en una caja y dice que no le sienta bien.

Si alguien quiere saber el futuro, que se siente con una copa de cava delante de la chimenea, busque en el baúl de los recuerdos su colección de viejos discos de vinilo, y haga caso a la canción de Doris Day. Qué será será, lo que tenga que ser será… ¡Feliz año del Brexit!

El Reino Unido sale –o se supone que sale- de la Unión Europea el 29 de Marzo. ¿Qué pasará entonces? ¿Cómo será el país al día siguiente, y en las semanas, meses y años que vendrán después? ¿Pedirá Londres un aplazamiento? ¿Se cumplirán las predicciones catastrofistas, se hundirá la economía, habrá problemas de seguridad, y quienes votaron a favor de la salida de Europa empezarán a buscar la manera de pedir humildemente el reingreso? ¿O bien, por el contrario, será la UE la que se desintegre, incapaz de resolver problemas como la inmigración, las diferencias regionales, el desprestigio de sus actuales líderes y el auge de la extrema derecha, mientras los británicos celebran la sabia decisión de haberse marchado antes de que se hundiera el barco?

Ni siquiera los propietarios de las más reconocidas bolas de cristal se atreven a hacer un pronóstico, y no digamos todos esos analistas políticos que se lucieron en las dos últimas elecciones británicas, y en las victorias de Trump y del Brexit.

Normalmente por estas fechas, los columnistas de prensa más famosos especulan con lo que deparará el año, pero esta vez no abren la boca. El del Brexit es un misterio indescifrable. Como dice la canción de Doris Day con un notable estoicismo propio de Séneca, qué será será, lo que tenga que ser será…

La primera pregunta es si habrá Brexit, y si lo hay, qué forma tendrá. ¿El acuerdo suscrito por Theresa May con Bruselas? ¿Una fórmula más blanda, parecida a la de Noruega, que permita al Reino Unido seguir en la unión aduanera y el mercado único? ¿Una ruptura por las bravas en la que el país se vaya sin ningún marco para la futura relación política y comercial, el escenario temido por los empresarios y quienes se arrogan el manto de la razón y el sentido común? A fecha 1 de Enero del 2019 todas las opciones siguen abiertas, para desesperación de quienes tienen que tomar decisiones económicas, financieras y de inversión a medio y largo plazo.

Theresa May acabó el año con sus acciones por los suelos, admirada hasta cierto punto por su persistencia y tenacidad (casi cualquier otra persona en su lugar habría arrojado la toalla hace meses), por la manera en que le resbalan las dimisiones de sus ministros, la censura de su grupo parlamentario, las críticas de la prensa y de la oposición.

Ella sigue a piñón fijo, empeñada en permanecer el mayor tiempo posible en el 10 de Downing Street (ha prometido que no se presentará a las elecciones del 2022), y de ser la primera ministra que “cumpla la voluntad popular” y saque el país de la UE, aunque ella personalmente votó a favor de la permanencia.

Pero el acuerdo que ha firmado con Bruselas no gusta a casi nadie, hasta el punto de que hace unas semanas tuvo que retirarlo en el último momento para que no fuera derrotado. Su táctica negociadora es muy cuestionada, sobre todo por los euroescépticos, que habrían querido que se disfrazara de Margaret Thatcher y empezara a golpear con su bolso, negándose a pagar los más de 40.000 millones de euros del divorcio.

En el momento que aceptó la pretensión europea de que primero se discutiera el Acuerdo de Salida y sólo después la futura relación comercial, Bruselas se hizo con el control de la situación. Y además, marcó sin necesidad alguna tantas líneas rojas que ella misma ha tenido que ignorarlas.

Pero mientras hay vida, hay esperanza, y May todavía confía en que la semana del 14 de enero, cuando vuelva a votarse el acuerdo, las circunstancias hayan cambiado lo suficiente para que sea aprobado, si no a las primeras de cambio, si en una subsiguiente votación.

Sobre el papel parece una tarea de titanes, porque toda la oposición está en contra, un centenar de euroescépticos se pronunciaron

contra la premier en una moción de confianza, y un grupo de conservadores eurófilos también es reacio. Sería como remontar un partido que en el descanso perdía por 0-3. Algo que, por cierto, hizo el Liverpool contra el Milan en la final de la Copa de Europa de Estambul. Muy difícil, rozando lo milagroso, pero no imposible.

La estrategia de May consiste desde hace ya tiempo en llevar el coche del Brexit hasta el borde del precipicio, estilo Thelma y Louise, para que los pasajeros que van detrás (los diputados británicos y los negociadores europeos) atiendan in extremis a sus demandas a fin de impedir una salida desordenada.

En el caso de los parlamentarios, la primera ministra confía en que las vacaciones de Navidad hayan calmado los ánimos, y las conversaciones con sus votantes les hayan dejado claro que la gente no quiere más aventuras y riesgos de los estrictamente necesarios y se conforman con un Brexit aunque sea nominal, que acabe con la libertad de movimiento y restrinja la llegada de ciudadanos de otros países europeos.

Y con el tema del comercio, la unión aduanera, el mercado único y demás, ya se verá lo que pasa. Qué será será, lo que tenga que ser será.

En el caso de Bruselas, cuenta con recibir en los próximos días, antes de la votación en los Comunes, una concesión “significativa” en el tema del backstop o la salvaguarda irlandesa.

No un cambio en el Acuerdo en sí mismo, algo que descarta la UE, pero sí algún tipo de anexo o declaración formal (como la que obtuvo Pedro Sánchez sobre Gibraltar), que sea suficiente para que los norirlandeses protestantes unionistas del DUP –socios minoritarios del Gobierno, al que tienen en la práctica secuestrado- den su visto bueno.

Fuentes europeas reconocen que hay un “último caramelo” para Theresa May, pero que esperarán a dárselo hasta el final, porque si no los euroescépticos de su partido se lo comerían, y pedirían más. Ha de ser el último cartucho, la cuestión es si servirá para salvar el plan.

Todo esto quedará claro antes del 21 de Enero, la fecha tope para que el parlamento de Westminster apruebe el trato de Theresa May, o para que lo rechace e intente buscar una alternativa, ya sea un modelo diferente de Brexit, unas elecciones anticipadas (el Labour puede presentar en cualquier momento una moción de censura, aunque las posibilidades de ganarla son escasas) o un segundo referéndum.

Si May prevalece, recibirá los parabienes de quienes hasta ahora la han considerado poco menos que una inútil, los críticos loarán sus dotes de estratega, el líder laborista Jeremy Corbyn será acusado de haber perdido una oportunidad histórica, los euroescépticos dirán que se tarta de un BRINO (Brexit In Name Only, sólo de nombre), y que para semejante viaje no hacían falta tantas alforjas, y los proeuropeos pensarán que habría sido mejor quedarse, pero por lo menos se han salvado los muebles con una salida ordenada.

El 29 de marzo, cuando el Big Ben de las once de la noche, el Reino Unido dejará de ser miembro de la Unión Europea, el mayor trauma para su política exterior y económica en cuarenta años. Los 28 se convertirán en 27. Y en cuanto al futuro, lo que tenga que ser será.

El panorama y el calendario se complican si el acuerdo de May con Bruselas es derrotado en los Comunes. La bruma se apoderaría del paisaje político, al menos a corto plazo, y de ella tendría que salir con urgencia una alternativa.

La primera ministra podría optar por quitar el freno de meno y dejar efectivamente que el coche se despeñe, y que el Reino Unido empiece a regirse por las reglas, tarifas y aranceles de la Organización Mundial de Comercio, y a intentar suscribir tratos

ventajosos con China, Japón, Turquía, India, Brasil y los Estados Unidos en un clima de creciente proteccionismo.

En semejante escenario, lo más probable es que los euroescépticos intentasen aprovechar la coyuntura para convertir al país en el Singapur europeo (su auténtico propósito), y avanzar su agenda ultraliberal de menos impuestos y regulaciones, y también menos Estado de bienestar, aprovechando la teoría de que los grandes cambios sólo se pueden realizar en situaciones de caos.

Pero lo más probable es que o bien May de marcha atrás (al fin y al cabo dijo que no habría elecciones anticipadas y las hubo, dijo que el Brexit se iba a votar y no se votó, dijo que o Chequers o nada), y o bien pida a Bruselas una prórroga, o bien busque forjar una mayoría en los Comunes para un Brexit más blando, en base a un modelo como el noruego.

Si se negara a moverse de casilla, correría el riesgo de que el parlamento se hiciera con las riendas del Brexit “para evitar un desastre nacional”, y entonces adquiría fuerza, descartadas las demás opciones, la posibilidad de un segundo referéndum como último recurso.

Mucha gente se opone a la idea, porque piensan que abriría en vez de cicatrizar las divisiones, cuestionaría el valor de la democracia, y fomentaría aún más la desconfianza en el sistema y la clase política. Los brexiters harían campaña con el eslogan de “si la primera vez no lo entendieron, digámoslo más claro todavía”.

Y los remainers pondrían otra vez énfasis en unos peligros económicos que por el momento sólo han materializado de manera marginal, y en los que los euroescépticos no creen. Pero el resultado volvería a ser apretado, y la cuestión no quedaría zanjada.

Qué pasará a partir del 29 de Marzo entra por completo en el escenario de la política-ficción. ¿Prosperará el Reino Unido? ¿Se hundirá? ¿Se clausurarán los vuelos? ¿Aumentarán el terrorismo y la delincuencia? ¿Escasearán las medicinas y alimentos? ¿Se colapsarán los puertos y las carreteras? ¿Tendrá que intervenir el ejército para mantener el orden?

Con información de La Vanguardia 

Tags
Mostrar más

Artículos relacionados

Close
Close