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JURATE ROSALES: El apagón

El apagón

 ***Luz que te apagaste… El histórico apagón que azota Venezuela, visto y descrito por una ama de casa.

 Por JURATE ROSALES

La luz desapareció cuando estaba escribiendo el capítulo 20 del libro sobre Venezuela que me pidieron en francés. Es un libro difícil, no

por el idioma, sino por el tema. Seguramente los franceses que me leerán pensarán que estoy inventando, porque tantas cosas malas que estén pasando en un país tan rico como Venezuela nadie lo cree. Y ahora, para complementar, vino la guinda de la torta: el apagón nacional que va por tercer día consecutivo.

Nos sentimos totalmente incomunicados. No tenemos teléfono desde hace meses, porque algo pasó con el cable de nuestra calle. Todos los vecinos reunimos unos dólares para que los obreros de la compañía del Estado -la única en todo el país, porque privadas no existen- compren el cable y lo pongan. Van cuatro meses y todavía estamos esperando el bendito cable.

Esto no era muy grave, porque todo el mundo tiene su teléfono celular y con él nos comunicamos; pero como se fue la luz no podíamos recargar las baterías de los celulares. Por fin, para enorme alivio comunicacional, la corriente eléctrica apareció y todos corrimos primero que todo a recargar los teléfonos, pero resulta que en seguida la luz volvió a desaparecer. Mi hijo recordó que teníamos un radio de bolsillo de batería, buscamos una batería y es ahora nuestro contacto con el mundo exterior. Porque cuando no hay corriente, tampoco funcionan las repetidoras que comunican el teléfono celular para llamar o recibir llamadas.

Lo más grave son las neveras. Los más precavidos corrieron a comprar hielo para mantener el freezer más tiempo frío, pero pronto no hubo hielo tampoco. Además de que sólo abrieron los negocios que tienen su planta eléctrica -y esos son pocos.

Por cierto, por primera vez los que más perdieron son los más aventajados en estos tiempos de hambruna; porque quienes más perdida tuvieron son los que tenían carne en el freezer y ahora deben cocinarla a la carrera. Los demás, gente común como yo, perdimos poco porque desde hace tiempo ya no teníamos casi nada en el freezer.

Al cocinar lo que se tenía guardado en el congelador aparece otro problema: si su cocina es eléctrica sólo queda salir al aire libre y cocinar con leña.

En el edificio donde viven unos parientes en La Trinidad, Caracas, cuando construyeron el edificio instalaron todas las cocinas eléctricas y ni siquiera hubo instalación de gas. Supe que ayer la gente del edificio estaba en el área separada para las fiestas con parrilla. Las damas, todas, estaban fajadas con la leña y compartiendo todo con los demás habitantes, como buenos hermanos. Dado que hoy sigue el problema de la luz imagino que los hombres de cada familia habrán buscado más leña. Ni Trucutú, pues. Volvimos a la edad de piedra.

No es que lo del gas sea una solución, porque desde hace tiempo en la mayoría de las zonas de Venezuela donde se cocinaba con bombonas de gas, estas se han vaciado y no hay quien las vuelva a rellenar. Cuando el gas aparece se forman enormes colas, cada quien cargando su bombona vacía. Por supuesto, cuando se acaba la bombona de gas siempre había la solución de prender una cocinita eléctrica, por pequeña que sea. De modo que ahora me doy cuenta de que mucha, muchísima gente -sobre todo en los barrios donde la cocina es de la bombona de gas- no pueden cocinar. Además, los alimentos están tan escasos que no hay mucho qué cocinar.

Lo que más indigna es saber que Venezuela es un país donde el gas es una de sus riquezas naturales. Los “mecheros” eran -o todavía son- parte de la vista en zonas petroleras. De modo que desde hace un siglo completo, en Venezuela el gas se quemaba en los mecheros y nadie, absolutamente nadie, pensaba que eso era una pérdida de la riqueza en

un país donde el gas abundaba.

Lo poco que nos llega de noticias asusta. Duele e indigna cuando el locutor empieza a hablar de los hospitales. Ingenua o tonta, yo creía que todo hospital, por norma, debía tener una planta eléctrica de emergencia. Tenía entendido, dentro de mi infinita ingenuidad, o quizás optimismo, que, si en una intervención quirúrgica se iba la luz, entraba automáticamente en funcionamiento la planta de emergencia.

Pues parece que no, y solamente unos muy pocos hospitales gozan de lo que no debería ser un lujo, sino una necesidad y una obligación. Las noticias llegan ahora sobre los graves problemas que tienen los hospitales que quedaron sin luz eléctrica y no tienen planta de emergencia. Allí se reúnen todas las gravedades juntas: el bebé que nace prematuro y necesita una incubadora, el enfermo renal que necesita diálisis, todo el que necesita una operación y la lista es infinita… como infinita debe ser la desesperación de los médicos, del paciente y su familia. ¿Cuántas muertes ya causó ese apagón monstruoso? Porque monstruosidad es el daño causado a centenares de enfermos en tan solo tres días. ¿Y los que todavía faltan? ¿Quién responderá por esas muertes?

Allí lo dejo, antes de que se me vaya otra vez la luz y no pueda mandar este artículo, que jamás debí haber escrito, porque jamás debió ocurrir lo que hoy todos, en Venezuela, padecemos.

Me indigno con solo pensar en el mundialmente considerado ejemplo de generadora de electricidad que era la represa del Guri y todas las otras plantas generadoras de electricidad que había construido una ejemplar democracia. Uno siente ira contra la maldición llamada chavismo, porque es una maldición ver destruidos en 20 años los bienes acumulados en los 50 años anteriores de democracia.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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