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JURATE ROSALES: Crónicas de la catástrofe

JURATE ROSALES

Crónicas de la catástrofe

 ***Impresiones de Jurate después de una ida al mercado.

 Por Jurate Rosales

Había una época en Venezuela, hoy lejana, cuando el valor de su signo monetario, el bolívar, se apoyaba principalmente en las reservas de monedas duras y lingotes de oro guardados en el Banco Central. De allí, en la calle, salía también la correlación natural de Bs. 4,30 por un dólar. Incluso en tiempo de Chávez todavía existía el bolívar para los viajeros –de tanto por un dólar– el de Cadivi para importaciones de primera necesidad, otro para una tasa de cambio de importaciones no tan urgentes, etc. etc. Seguía siendo, a duras penas y con mucha corrupción, un “multiesquema” de tasas de cambio que más mal que bien permitían utilizar la moneda nacional, el bolívar. Ese bolívar estaba cada vez más devaluado, pero seguía siendo un instrumento de intercambios “calculable”.

El quiebre fatal ocurrió cuando después de la muerte de Hugo Chávez, Nicolás Maduro empezó a subir los sueldos y salarios a punta de decretos montados en el aire. Aparecieron cifras de cambio que no se amparaban en ningún valor de apoyo. El salario terminó siendo un número inventado en Miraflores, ajeno a cualquier cálculo que permitiese sustentarlo. Los aumentos salariales decretados por el ejecutivo se fueron sucediendo cada tantos meses, hasta que terminaron en lo que desde un principio iban a ser un gigantesco engaño, ajeno a la vida real. Una danza de ceros a la derecha, tan inútil como si estuvieran a la izquierda y en continua progresión.

Entretanto, la gente, la nación venezolana como un todo, necesitaban seguir viviendo, lo cual significa comer, ocuparse de la salud, del transporte, de todos los gastos inherentes a un modo de vida normal. Cuando el bolívar dejó de funcionar para surtir esas necesidades era natural que aparezca un substituto, porque la vida continúa. Según las posibilidades de cada quien, unos lograron dolarizar sus ingresos y gastos; otros optaron por emigrar para ganar su sustento en otro país con alguna moneda que tenga valor real, y el resto –los que no reciben dólares ni han emigrado– están muriendo de hambre y mengua.

En Venezuela toda, la dolarización de la economía ya es un hecho y hasta el más humilde buhonero parado en la calle procura vender su mercancía en dólares. Los mercados de los víveres colocan al lado de la caja el letrero “recibimos dólares”. En todas partes, en los comercios reciben dólares y muy a menudo te dan el vuelto en dólares. Las remesas enviadas desde el exterior por los familiares gozan de los mil y un intermediarios, hábiles en hacerlas llegar al destinatario.  Las cuentas en cualquier negocio se hacen en dólares. Para Venezuela, el Fondo Monetario Internacional vaticina una inflación de 10.000.000 %. lo que explica la imposibilidad de seguir utilizando el signo monetario nacional.

La primera y principal consecuencia inmediata de ese estado de cosas es el empobrecimiento de todos los venezolanos. Nunca antes en Venezuela ha habido tal número de ciudadanos sumidos en la pobreza crítica. La “Encuesta sobre condiciones de vida en Venezuela” (Encovi) realizada por las principales universidades del país reveló que la pobreza extrema aumentó de 23,6 % a 61,2 % en cuatro años y casi diez puntos tan solo entre 2016 y 2017. Según la ONU, en 2018 “el 87 % de los venezolanos vivían en la pobreza”. Es casi seguro que ese número esté creciendo en 2019.

La otra consecuencia directa de ese estado de cosas es el cierre de los expendios de alimentos. Allí se agregó otro impedimento para el desarrollo de la vida normal:  la escasez de luz eléctrica y la del agua potable. En Caracas, los comercios –y principalmente los supermercados– cierran los días de semana a la 1:00 p.m. En el resto del país, los mercados sólo abren cuando hay luz eléctrica, lo cual a menudo se reduce –con suerte– a apenas unas tres o cuatro horas diarias.

La mayoría de los colegios imparten clases solamente en la mañana, debido a la ausencia de luz y agua en los planteles.

Los hospitales están reducidos al estricto mínimo de atención al enfermo por esas mismas razones de ausencia de luz, agua y en su caso -de implementos médicos. Los seguros de salud, en su mayoría, dejaron de existir porque las sumas por las que cada persona estaba asegurada son tan insignificantes que ni para curar un dolor de cabeza alcanzar. Años de pagos de seguros de salud no sirven para atender al asegurado debido a la megainflación.

En gran parte del país hay escasez de gasolina y se aprecian largas colas en las gasolineras… las que están abiertas. El metro funciona a medias debido a sus frecuentes paros. Los transportes vehiculares urbanos son pocos y evitan trabajar al anochecer. El héroe que decidió ir a trabajar debe superar la reducción del horario de trabajo que le baja el rendimiento, la dificultad de transporte y la posible desaparición en cualquier momento de la corriente eléctrica. De todos modos –tanto en materia del sector educativo como laboral– la jornada se ha reducido.

No imagino la situación de los productores de leche y quesos, si se interrumpe el horario del ordeño de las vacas –que se hace con ordeñadores eléctricos. Dejar de ordeñar una vaca en su horario es peor que perder la leche por falta de refrigeración, porque sufre el animal y luego no recupera su producción.  De todos modos, en gran parte del país los problemas generados por las ahora continuas interrupciones de la corriente eléctrica se han convertido en un freno que afecta a todos los ámbitos de la vida nacional.

Y mientras tanto, en medio de esa destrucción sostenida y creciente, desde Miraflores llegan rumores de que Maduro está considerando otro aumento de sueldos y salarios. ¿Otro más? Será para empeorar la situación de cada asalariado dándole a la mega inflación otro empujón más, además de todos los anteriores que han destruido el ritmo de vida de cada venezolano. Es una destrucción que afecta quizás por igual a los que se fueron y a los que quedaron, o por no decir de cuajo –a la nación entera.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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