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JURATE ROSALES: Europa herida en su corazón

 

JURATE ROSALES

 Por JURATE ROSALES 

***El incendio de Notre Dame de Paris es un daño que obligará a refaccionar el concepto de la protección de la cultura occidental.

Escribe mi nieta que vive cerca del más histórico templo religioso que posee le vieja Europa, la gran catedral llamada en francés Norte Dame de Paris: “No podía entrar en mi casa. Había mucha gente en la calle que lloraba, igual que yo”. Es que la catedral estaba en llamas.

Cuando esta nota salga en la plataforma de “Zeta”, seguramente ya habrá unas cuantas teorías para explicar el incendio que destruyó ese símbolo de perfección y permanencia de la cultura occidental, cuya antigüedad es de 900 años.  El mundo, globalizado gracias a la TV y las comunicaciones, pudo observar en directo, igual como hace años observó la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York, la caída de la esbelta y grácil aguja que se erguía en uno de los extremos de la medieval, imponente e histórica iglesia. La diferencia entre los dos dramas, ambos de dimensiones continentales, es que las Torres Gemelas eran una construcción reciente y sin historia, mientras que Notre Dame de Paris ha sido partícipe y testigo ininterrumpido no sólo de la Historia de Francia, sino de la cultura occidental.

Durante la II Guerra Mundial, la mayor atención de los franceses había sido la protección de su iglesia Nuestra Señora de París. Todos los tesoros que contenía, hasta los vitrales y las esculturas (tanto de los reyes en la fachada, colocados en fila, como los “diablos” –chimeras – que adornaban las torres), habían sido removidas y embaladas en sótanos donde se les resguardaba de eventuales bombardeos, que en París no ocurrieron; pero que indicaban el cuidado que cada detalle merecía.

Terminada la guerra, creo que al año, todas las estatuas y los monstruos de las torres fueron colocados de nuevo y tuve la suerte de participar en la apertura del acceso al público de las torres. Una estrecha escalera gastada por los siglos que subía a las torres, por primera vez después de la guerra, fue abierta al público.  Yo era colegiala y con una amiga de clases decidimos subir. Creo que era el segundo día en que dieron acceso a los turistas. Había una enorme cola para entrar y en fila se subía por la estrecha escalera en caracol para llegar a la plataforma desde donde miraban toda París las “chimeras” de piedra, apoyadas en el borde de las torres.

Años más tarde, en un viaje a París, me paré frente a la fachada y no entendía porque la encontraba distinta. Me parecía carente del alma que siempre tuvo ese monumento. Vino la explicación: todas las estatuas de la fachada habían sido sustituidas por copias, porque se estaban deteriorando debido a la contaminación de la gran urbe. Estaban en un lugar seguro, protegidas. Lo que veía eran copias. Me asombré de la diferencia –a esa fachada le habían quitado su alma. (Es la misma impresión que me da siempre que paso por la Autopista del Este en Caracas y veo la estatua de María Lionza, que perdió la fuerza que antes me asombraba. Resulta que el original está guardado en la UCV y la autopista lo que tiene es una mala copia). Pues ahora, hablando de Notre Dame, ojalá las estatuas originales se hayan salvado.

Estaban mis hijos pequeños en Caracas, cuando la esposa de Osvaldo Vigas, Janine, madre del hoy galardonado con un León de Venecia, el cineasta Lorenzo Vigas quien en la época era compañero de clases de mis hijos, me sorprendió al traerme después de un viaje a Francia una antigua edición de gran lujo -ampliamente ilustrada-  del libro de Víctor Hugo, “Notre Dame de Paris”. Edición increíble, del año 1832, pieza de museo, que siempre agradeceré a Janine. El texto, varias veces leído y releído, con esa edición adquiría en las numerosas ilustraciones, los rostros de Esmeralda, de Quasimodo, tales como los imaginó en su tiempo Víctor Hugo.

Ahora, desde París, mi nieta me mantiene informada de lo que ve y oye frente al incendio. Estaban restaurando los altos de la iglesia.  Según parece, la vieja estructura de vigas de madera impregnadas de alquitrán siglo tras siglo, en contacto con los trabajos de mantenimiento que con aparatos eléctricos manejaban los restauradores, produjo el incendio. Habrá que esperar los informes técnicos, que definirán la causa del desastre. Los bomberos combatían las llamas con agua. Un bombero fue gravemente herido.

Viendo lo ocurrido, lo que siento –como quizás la mayoría de los ciudadanos aferrados a la cultura occidental-, como si me hubieran clavado una puñalada que no tiene posibilidad de cura.

Por eso me duele, lo que agrega mi periodista improvisada: “Increíble es la gente en los restaurantes enfrente. Comiendo tranquila, viendo por la ventana. Bueno, acá sólo hay turistas.”

Vino la respuesta de uno de mis hijos: “Ver que “Cuasimodo” es tendencia mundial, me hace cuestionar el futuro de la sociedad y la responsabilidad de la social-media”.

Vuelve la nieta contestando la pregunta de cómo se ve la catedral ahora: “Ya es irreconocible. Tengo años viéndola a diario y hay partes que son irreconocibles. Escucho de todo. Desde la gringa que dice “I`m going to do an Instagram Live!”, desde la francesa de edad llorando, desde un tipo que dice “hasta a mí que soy musulmán, me duele”. Eso lo dijeron hace media hora, explica.

Yo por mi parte digo que ahora es cuando vendrán en Francia las explicaciones por algo que ya es irreparable. Sigo reportando con lo que me llega de París: “Parece que sí : fue un accidente de remodelación. Si quienes remodelan son una empresa privada, ¡cómo serán las cuestiones de seguro con un patrimonio mundial!”

Una declaración del jefe de los bomberos de París acaba de afirmar que lo principal de la estructura de la gran iglesia se ha salvado y las reliquias que contenía están a salvo. No habló de los vitrales. Por su parte, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, anunció que se hará una colecta nacional e internacional para reconstruir “Notre Dame de Paris”, Nuestra señora de París.

Allí los dejo. Me duele demasiado lo que acaba de ocurrir. Es como si me hubieran arrancado parte de mis recuerdos de juventud. No quiero imaginar cómo se sienten los que son franceses. Tampoco creo mucho en la reconstrucción, recordando lo insípidas que me parecieron las estatuas de la fachada cuando las “copiaron”. Espero, con todo corazón, que, de veras, se salvaron los originales.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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