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JURATE ROSALES: Del yankee “go home” al yankee “come in”

Del yankee “go home” al yankee “come in”

 Por JURATE ROSALES

La continua deformación de las relaciones entre América Latina y América angloparlante tiene raíces que datan de los tiempos cuando la mayor cercanía de Simón Bolívar con el mundo angloparlante era con Londres, que en esa época era la gran potencia europea y la que más podía ayudarlo en su lucha contra España. Toda América trataba de liberarse. Estados Unidos se había independizado hace apenas unos años y luchaba todavía por su propia identidad, que sólo se definió después de su Guerra de Secesión ocurrida en 1861-63, tres décadas después de la muerte del Libertador.

Durante esas primeras décadas de las guerras por la independencia y definición de la identidad nacional, un tema de fuerte impacto moral y económico dividía América:  Bolívar liberó a los negros desde los primeros años de su lucha y lo hizo por decreto, mientras que Estados Unidos tuvo que librar una guerra civil para lograrlo. Fueron cuarenta años importantes de una diferencia de la que pocos hablan, pero que significó una separación tanto conceptual como económica, sobre todo en la parte meridional del entonces muy recientemente independizada por George Washington, joven e impaciente nación.

Otro importante freno para el entendimiento cabal y franco entre el norte y el sur del continente fue que América Latina era mulata y mestiza, mientras Estados Unidos padecía de un apartheid casi tan severo como el de Sur África en siglos pasados. El foso entre norte y sur crecía, además aumentado por el desorden político de las naciones latinoamericanas. En ese largo período de caos político  desde la independencia  hasta el día de hoy, la única excepción racional y práctica fue el acercamiento de Rómulo Betancourt y Kennedy, pero muy pronto la calculada influencia de Fidel Castro en toda América no sólo destruyó cualquier vestigio de complementación mutua entre norte y sur, sino que sirvió de constante cuña para imponer a América una división de nunca acabar, fomentada por los designios fidelistas y alimentada desde Cuba  con una continua campaña “anti-yankee”, artificialmente  rellenada  de alegatos inventados, incesantemente renovados.

Viéndolo desde el punto de vista histórico –y sin presumir de conocedora cuya opinión quizás tengan que corregir –, veo dos  momentos que a mi juicio habían iniciado con excelente pie la relación norte-sur americana: 1. La voluntad de Simón Bolívar de no reemplazar el embajador que Washington había rechazado debido a una discrepancia por la independencia de una isla en el sur de Florida con lo cual se inició la relación en pie de igualdad y 2. un entusiasta informe  entregado a Washington por el enviado norteamericano John Irving durante la guerra de independencia dirigida por Bolívar. Allí ya estaban plasmados los dos fundamentos que hubiesen servido para la creación de una coexistencia armónica entre latinos y anglosajones, unidos por compartir entre ambos el nuevo continente, lo cual obviamente, es una fuerza mayor.

El enviado de Washington se llamaba John B. Irvine y su extenso informe sobre el entonces naciente Estado independiente de la futura Venezuela, sigue siendo un documento de enorme importancia, escrito tras un estudio de casi un año de permanencia. Me asombra que el relato de Irvine (que tengo entendido era muy favorable a la política venezolana) no aparezca como una página importantísima de la Historia de Venezuela. Revisando ahora estos años de la épica de Bolívar en la pantalla, veo que la atención se centra en unas nada importantes incautaciones de barcos de bandera norteamericana debido al bloqueo naval declarado por Bolívar por razones de seguridad en 1817. Salvo que encuentre rectificación, el sesgo posterior de los historiadores venezolanos sobre el informe de Irvine es tan notorio, que aparece en Internet una profusión de artículos sacados de la interpretación de la correspondencia de Bolívar sobre incautación de las naves de esa bandera (la orden era para todas las banderas) y no encuentro nada del amplio informe elaborado por el enviado norteamericano. Después de revisar las cinco biografías de Bolívar que poseo en mi biblioteca personal, veo que el único autor –entre los que tengo– en haber hablado del caso es el historiador venezolano Tomás Polanco Alcántara, quien concluye: “Al salir de Venezuela Irvine se convirtió, como dijo el presidente (norteamericano) Adams, en `un fanático de la causa suramericana`”. Este informe, son “unas cuatrocientas páginas manuscritas … Se trata de un minucioso estudio, denominado Notes on Venezuela, fechado en Baltimore el 25 de septiembre de 1819”.

Bien podríamos rescatar ese informe de Irvine para convertirlo en señuelo de las relaciones norte-sur continentales. Las diferencias entre el universo latino y el anglosajón se están borrando con una rapidez digna del siglo del Internet. Estados Unidos está perdiendo su carácter segregacionista: después de haber tenido un presidente negro, todo indica que tarde o temprano, por la dinámica de mayoría de votos, terminarán por elegir a uno latino. Importantes personalidades, precisamente las que abogan por una redemocratización de Venezuela, parecen trabajar en este sentido.

El rol que asumen mancomunadamente la OEA y Washington, con el embajador norteamericano, justo ahora presidiendo la OEA donde la mayoría de votos favorece a Venezuela, promete una solución quizás más rápida de lo que los propios venezolanos se atreven a esperar. La renovación clara de la doctrina Monroe es particularmente interesante, porque coloca en una situación ambigua a los pequeños estados angloparlantes pertenecientes al Commonwealth británico, entre ellos a Guyana. Creo que es el momento de plantear lo del petróleo Esequibo, Corte Internacional; no obstante, justo cuando Inglaterra está en su mayor debilidad por lo del Brexit…  Allí está la gran diferencia entre la época de Bolívar y la actual: en tiempos de Bolívar, Inglaterra y Francia eran las grandes potencias y fungían de interlocutores válidos; la primera militarmente, la segunda como fuente de inspiración intelectual. Hoy, el principal interlocutor válido es, además, un vecino, el del norte.

Quizás lo más valioso del actual momento político, por lo menos en lo que se refiere a Venezuela, será sin duda el saneamiento de la división norte-sur gracias a la cuantiosa diáspora venezolana, que, por fin, con conocer al ancho mundo podrá curarse del absurdo complejo de inferioridad que le inculcó y cultivó Fidel Castro, que él mismo de complejo no tenía nada, pero ¡cómo despreciaba a todos los latinoamericanos al juzgar por su actitud y su alevosa política!

La doctrina Monroe, contemporánea de Bolívar, objeto que fue de las más disparatadas interpretaciones, esta vez quizás tenga su utilidad en que su planteamiento nunca fue el de Norteamérica para los norteamericanos, sino “América para los americanos”. Y de paso, sigo pensando que, por segunda vez, desde los fructíferos tiempos de Betancourt y Leoni, la OEA ahora en manos del secretario general Luis Almagro volverá a vivir una época de brillo y poder. Veo un plan que contiene a Venezuela y Nicaragua como los primeros enfermos graves por atender, con todas las señales de que la cura está prevista.

 

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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