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ALFREDO MICHELENA: La corrupción y la Venezuela decente

Foto Cortesía.

La corrupción y la Venezuela decente

La corrupción nos ha carcomido tanto que los venezolanos, hartos de una moral permisiva y de cómplices, estamos ávidos de una Venezuela decente. Y para ese cambio debemos aprovechar las orientaciones, ayudas, normativas y convenciones internacionales

Por ALFREDO MICHELENA

La corrupción, aparte de ser un problema ético y moral, se ha convertido en un asunto de dimensiones internacionales. Estos dos conceptos que solemos utilizar indistintamente son diferentes. La ética se refiere a lo que es bueno o malo, es decir es abstracta. La moral se refiere al “deber ser” socialmente aceptado, es decir es más práctica. Hemos estado acostumbrados a que sea la moral y no la ética la que rija en lo social y en lo político.

El “vivo” criollo, el que se las sabe todas, el que mira para el otro lado, el pequeño delincuente, el que usufructúa los bienes de otros y del Estado, el de las marramuncias políticas o comerciales, los de “cuanto hay pa’eso”, los de “yo no pido que me den sino que me pongan donde haiga”, los de “bájate de la mula”, entre otros, simbolizan prácticas que han sido moralmente aceptadas en Venezuela. Esto nos ha convertido en una sociedad de cómplices, donde pocos pueden “tirar la primera piedra porque estén libres de culpa”, sea pequeña o grande, sea directa o indirecta.

Pero si esta rémora social existía, con el chavismo ha alcanzado niveles monstruosos. Con Chávez y Maduro y con el castrochavismo la corrupción ha tomado dimensiones gigantescas nacional e internacionalmente.

En lo internacional, baste señalar las prácticas corruptas de la firma brasilera Odebrecht  y las de PDVSA y sus empresas filiales en el exterior, para entender la dimensión del problema. La constructora Odebrecht reconoció que repartió cerca de US$800 millones en sobornos 12 países de América Latina y África.  En la región, el impacto de esta corrupción ha derribado gobiernos y presidentes. Pero no en Venezuela. Aquí el régimen ha optado por un silencio total.

En cuanto a PDVSA, el usurpador fiscal general de Venezuela, Tarek William Saab, informó que en esta empresa la corrupción, el blanqueo de capitales y el manejo irregular de divisas habían dejado más de US$15.000 millones en pérdidas al país. Específicamente, el Departamento de Estado norteamericano en estos días señaló que “un banco europeo aceptó comisiones exorbitantes para procesar aproximadamente US$ 2.000 millones en transacciones relacionadas con lavadores de dinero de terceros, compañías ficticias y productos financieros complejos para desviar fondos de PDVSA” e involucró directamente a Maduro.

Las redes de corrupción de PDVSA han sido expuestas, no por el pranto en el poder, sino por cortes internacionales, en especial estadounidenses. Por varios casos que se ventilan en cortes de Miami, Houston y Nueva York conocemos a los delincuentes. También la justicia  española ha jugado su parte. Pero hay más, PDVSA ha servido no solo para apoyar movimientos políticos afines al régimen sino como mecanismo para lavar dinero de organizaciones criminales y terroristas. Por ejemplo, el caso del lavado de dinero de las FARC realizado a través de  sus filiales en El Salvador y Nicaragua.

En general, las pérdidas por corrupción en Venezuela se han calculado en US$ 450.000 millones, y eso solo en casos conocidos, según Freddy Superlano, jefe de la comisión de contraloría de la Asamblea General.

La reconstrucción de la nueva Venezuela debe pasar por establecer una moral distinta, no la del “vivo” que tanto está metida en nuestro ADN sino la del ciudadano honrado, la de los hombres probos. Hundirnos tan profundo en este detrito ha tenido como contrapartida que cada día aumenten más los compatriotas que quieren dar un cambio total a esa moral. Allí hay una cantera para reconstruir la Venezuela decente. De allí podemos sacar esos jueces y fiscales imparciales y rectos. Es posible, sino veamos el caso de Perú y cómo ha podido llevar a juicio a cinco presidentes, quienes por cierto habían logrado convertir a Perú en un país próspero. Pero eso será un largo y duro camino.

A este fin se recomienda transparencia, es decir, que la ciudadanía pueda tener acceso y conocer; más que eso monitorear el flujo de contratos y del dinero público para asegurarse que no exista corrupción en las obras que se construyen o en los bienes que se compran.  Y en esto hay vasta experiencia en el mundo que debemos utilizar.

Pero podríamos ir más allá y mirar los ejemplos de Honduras y Guatemala, países que han llegado a acuerdos con la OEA y Naciones Unidas, respectivamente, a fin de establecer equipos in situ para apoyar al sistema judicial local en  las investigaciones y procesos que involucren al delito organizado en todas sus formas.

Estos equipos han tenido un éxito inconmensurable al lograr incluso procesar, como fue el caso de Guatemala, a un presidente y a su vicepresidente en ejercicio.

Pero así como el chavismo nos ha hecho un mal inconmensurable,  también nos ha hecho reflexionar sobre cómo debe ser una nueva Venezuela de “hombres de bien”, como decían nuestros padres.

En lo internacional, deberíamos solicitar a los países que reconocen al gobierno de Juan Guaidó la concreción de las normativas anticorrupción existentes al nivel mundial sobre corrupción, como las Convenciones  de  Naciones Unidas y la OEA contra la Corrupción y la de Palermo contra el Crimen Organizada Transnacional.

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