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RAFAEL SIMÓN JIMÉNEZ: Gobierno inmoral

Gobierno inmoral

***Jamás hay que poner “todos los huevos en una sola cesta” frente a un adversario inmoral, marramunciero y tramposo.

Tiempo de verdades – RAFAEL SIMÓN JIMÉNEZ

Lamentablemente, en Venezuela las palabras diálogo, consenso y negociación han adquirido sentido vergonzoso y pecaminoso. Lo que en toda democracia debiera ser no solo natural sino útil, en nuestro país aparece como sinónimo de traición, arreglos marrulleros y transacciones indebidas  e ilícitas. Tal ha sido el grado de perversión y desconfianza que se ha generado entre los actores políticos y la sociedad en su conjunto.

A esta patología han contribuido determinantemente dos circunstancias: en primer lugar la manipulación y desnaturalización de la esencia humana y democrática del diálogo, por parte de un gobierno que solo se sienta a dialogar o conversar cuando tiene el “agua al cuello” y siempre con la intensión de burlar al adversario, incumplir los acuerdos o “ganar tiempo” frente a situaciones apremiantes como las que vive actualmente. Pero también hay que apuntar como responsables del descredito de las conversaciones y acuerdos a los líderes opositores que se niegan a reconocer su pertinencia, y que prefieren la negación, el ocultismo y los escenarios clandestinos, temerosos de la flagelación mediática por parte  de las minorías  bullarangosas y radicales, o de ser víctimas de sus propias proclamas contra cualquier posibilidad de reunión o entendimiento con sus antagonistas.

La historia de la humanidad se ha encargado de testimoniar la superioridad política, moral e incluso fáctica de los acuerdos y entendimientos, frente a la confrontación, la polarización, la exclusión y la intransigencia. A lo largo del devenir humano se ha hecho evidente no solo lo trágico y desastroso, sino lo fútil de la violencia y la fuerza como mecanismo para procesar los desacuerdos. Resulta paradójico que  las guerras y desgarramientos de cualquier signo siempre tengan su epílogo en un proceso de paz, previo diálogo y negociación de sus condiciones, lamentablemente encementadas sobre la vida y la sangre  de miles o millones de víctimas.

Todo lo antes señalado cobra pertinencia, cuando en medio de la crispación, la exacerbación de las posiciones y la intensificación del conflicto político en los últimos meses, con saldo lamentable de muertos, heridos, presos,  exiliados y emigrados, y con posiciones que parecieran estar marcadas por un espiral indetenible  de intolerancia y agresión, aparece la posibilidad de un escenario de diálogo y eventual negociación, con facilitación internacional, que pudieran conducir a una solución y transición pactadas que le ahorraría mayores desgracias a las ya vividas por los venezolanos.

El diálogo y la negociación no significan declinar ninguna de las formas de lucha que pueden conducir a la restitución plena del régimen de libertades en Venezuela. Se puede ir a una mesa de conversaciones, sin dejar a un lado la presión de calle, sin multiplicar los apoyos internacionales, sin potenciar la legitimidad y amplificar la vocería de la Asamblea Nacional y sin descartar ninguna opción que haga factible el objetivo superior de devolver la plena soberanía al pueblo Venezolano.

Dialogar no es traicionar expectativas y esperanzas. Al contrario, hay que estar claro de que un acuerdo negociado que facilite el tránsito pacífico y civil hacia el rescate de la democracia y la libertad es el escenario ideal: Pero también estar consciente de que  frente a un adversario inmoral, marramunciero y tramposo jamás hay que poner “todos los huevos en una sola cesta”.

 

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