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JURATE ROSALES: Karim Taylhardat desde Madrid. Cuando las guerras tienen razón.

Karim Taylhardat desde Madrid. Cuando las guerras tienen razón.

 

El diario de JURATE ROSALES

Hace años, ¿cuántos ha? vino un día a la redacción, llevada de la mano de su tío, una joven escritora de 18 años,  ambos  portadores de un apellido que se había abierto el paso desde la mítica Guayana hasta la pujante Caracas, -los Taylhardat.  La joven se llama Karim y es heredera de una dinastía: su bisabuela, Concepción Acevedo de Taylhardat, oriunda de Upata, casada con un exmilitar francés que le dejó su apellido, ha sido la primera mujer editora de Venezuela y creo que posiblemente, en esa época, una de las primeras en el mundo. Una revista literaria editada en Guayana, “Brisas del Orinoco” (1885) y posteriormente dos publicaciones periódicas en Caracas,  además de sus propias obras poéticas, hacen de ella una pionera nacional.

¿El talento se hereda? Cuando la bisnieta Karim Taylhardat me mostró su primer libro, había  en lo que escribía una vena poética natural, de las que brotan solas y que su impericia no lograba borrar.

Han pasado años. Karim es ahora un nombre anclado en España, autora de libros y guiones, profesionalizada en su ramo, pero la vena poética no sólo no se ha perdido, sino que ha madurado, recibiendo un tinte de amargura para cuestionar el mundo actual. ¿Será porque es venezolana y su país no lleva precisamente al regocijo? Se pasea desde Turquía hasta su nativa Venezuela, buscando respuestas a lo imperdonable de nuestros tiempos de destrucción alocada. El próximo 9 de mayo, presentará su nuevo volumen en la Feria del Libro de Madrid, junto al prologuista Luis Alberto de Cuenca.

Dado que conozco la obra de una Karim incipiente, me sorprendió la madurez que ha adquirido. Para muestra, un extracto del nuevo libro cuyo título lo dice todo: “La guerra tuvo razón”.

De abreboca, escogí sin haber pedido permiso a la autora, dos extractos cuyos ecos comprenderá cualquier venezolano.

“Las épocas con cenas en el jardín, los compromisos solemnes, los niños arrebujados en bellos carritos almidonados, los parques plácidos, la cristalería y dos cenas de Navidad quedaron en el recuerdo de lo correcto y en el banquete de la complacencia. (—Se llevaron uno o dos vestidos y trajes, la manta y el dinero que tuvieran. Poco. Así se fueron. Con nada.) … “.

Otro extracto: ”Los voceros anunciaron que la ciudadanía estaba en peligro porque la libertad se sujetaba a un fino mecate debilitado. (—Atención. Suponiendo que eso fuera cierto…) El tótem allí en medio, y transparente con su ranura, reunía los votos, las huellas, las sumas y así el pensamiento de lo que cada frágil y vencido ciudadano decidió aportar ahí, libremente, bajo un florido araguaney. (—¿Y qué podía hacerse ? Llegó aquello. Nos traspasó el hueso del alma. Ellas estaban pariendo criaturas muertas en inmundos callejones de Sanidad.) El mundo, que había evolucionado sobremanera, miraba atentamente ese conjunto de papelillos, lo hacía desde su primitivo catalejo acaso para no ver más allá de lo inmediato o más allá de lo que convenía. (—Hacía un sol hereje. Y cuando no, caía tremendo palo de agua… Todos emparamados. ¡Vueltos un pantanal! Nos robaron lo invisible… La dignidad.) Después de bellas revoluciones que desaparecieron los matices, el maíz, la aspirina y que incluso devoró muchos puentes de bejuco mordiendo los cerros sagrados, se instauró ese incuestionable mundo nuevo. Los pies, descalzados, por fin eran silenciosos, la debilidad impedía el grito a la vez que las carreras y el miedo y la incertidumbre se tragasen lo que resistía. (—Sucedió así. Bueno. Resumidamente así. Estaban experimentando ideas.)”

Allí se lo dejo. Es que hay mucho más… Está la creación por el hombre, de seres nuevos, “(—¡Qué broten formas nuevas!) El chimpacebra. El tiburón apareado con una marsopa daría un pez sin espinas. Las vacas con trompas largas podrían beber en pozos hondos, los caballos con piel de rinoceronte evitarían las picaduras, y servirían de bestias de carga los emures que tuvieran poderosas alas. (—Textual. Y se aplaudían a sí mismos.) Útiles.”  

Termino, porque estaría capaz de citar el libro  entero, que, por cierto, adquiere su mayor fuerza a medida que avanzan los capítulos. Vale.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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