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VENTANA AL MUNDO DE JURATE ROSALES: Sangre y asfalto

Ventana al mundo de Jurate Rosales

***El libro se llama “Sangre y asfalto: 135 DÍAS EN LAS CALLES DE VENEZUELA”. La autora del libro es Carol Prunhuber y la obra acaba de ser presentada en Francia y en España, en la Feria del Libro. A petición de Zeta, la reseñó para nuestros lectores el dramaturgo Edilio Peña. 

 Por Edilio Peña

De manera sistemática y detallada, Carol Prunhuber describe los acontecimientos de calle, convocando reflexiones e interrogantes que nos confrontan.

La novela del siglo XIX quería ser crónica y ficción a la vez. El realismo la sustentaba. Pretendía dejar un testimonio y, con el mismo, trascender en  esa invención perversa  de la humanidad: el tiempo. Con la deliberada intención de que aquellos hechos trágicos nunca más debían volver a repetirse, mas si estos eran determinados por la propia humanidad. Víctor Hugo y Honorato de Balzac, estaban persuadidos de ello. Por lo cual narraban, en sus páginas, desde esa premisa, todas las ilusiones perdidas de los miserables. Entonces, una doble voz se comenzaba a escuchar, desde el río profundo que Heráclito había definido una vez, con esas novelas que querían transmutar la cruda realidad acontecida. La voz que debía oírse en el presente; y aquella otra voz, que apostaba por ser escuchada en el futuro. La novela del siglo XIX idealizaba esa posibilidad que tocaba las puertas de la utopía. Porque el género de la novela realista era inducido por esa sombra que acompañaba al romanticismo: el amor a la trascendencia. La ficción en la novela realista era como la garantía de que la justicia y la verdadera venganza de las víctimas habría de conquistarse en el porvenir. Lo paradójico es que las víctimas, en las que se inspiró la novela del siglo XIX no estarían vivas para ese momento estelar de la redención.

Escribir un libro sobre acontecimientos tan cercanos en el orden individual y colectivo, en este siglo XXI que se inicia, establece un reto mayor para el escritor que testimonia la desgracia en la que ha sido sometida una nación, a la que se le ha negado el horizonte de la libertad, así como a Venezuela la inmensidad del Mar Caribe. A ese desafío apuesta el libro de Carol Prunhuber Sangre y asfalto. Las denuncias que contiene su obra no pretenden ni demandan ser redimidas en el futuro, aunque sí conquistar en el presente la justicia ante los desmanes de la crueldad de una dictadura como la venezolana, inédita en su conformación estructural porque su sustento rebasa cualquier pulsión ideológica o política. Más cuando, en veinte años, hemos pasado de la euforia a la depresión, de la rabia a la impotencia y aún desde la acción política de la civilidad, en todas su formas y expresiones, no la hemos derrotado. Probablemente porque todavía, como dice Elisabeth Burgos: “Se tiene la tendencia de analizar los hechos históricos como si en el momento de suceder se dispusiera de todos los elementos para juzgarlos, cuando en realidad los escenarios son múltiples, los contextos imprevisibles”.

Por eso Sangre y asfalto, de Carol Prunhuber, es un desafío a la memoria. No sólo a la memoria de la razón sino a aquella que resguarda el cuerpo emocional de cada individuo afectado por la tragedia de su país. Esa que se  desgarra en llanto en la soledad de su incertidumbre. La paradoja es que en esta dimensión a veces la memoria pareciera perdurar más en el orden individual que en el orden colectivo, que tiene la tendencia al olvido y, por ello, a repetir los ciclos del horror. Especie de estigma que arrastra como carga la historia de los pueblos de la América Latina. Sangre y asfalto nos describe y muestra la representación visible de los acontecimientos de los últimos años y asoma, en su pormenorizada exposición, las motivaciones secretas de sus determinantes.

En este libro, que va más allá de lo testimonial, respira entre su frondosa y luminosa relatoría e imágenes fotográficas una novela, una película, pero también el inapelable y contundente expediente, para un tribunal insobornable, que condene a los victimarios y pusilánimes que, a cambio de grandes beneficios económicos, acompañaron —y acompañan— la ejecución del sistemático horror contra el pueblo venezolano. La conspiración contra  la presidencia de Carlos Andrés Pérez fue  la gran conspiración contra la democracia venezolana. Un crimen que ha quedado impune. Cúpula de partidos políticos, notables intelectuales, empresarios, dueños de medios de comunicación, se juntaron a una facción de militares golpistas que, desde la derrota de la invasión castrista por las Fuerzas Armadas Venezolanas en los años sesenta del siglo XX, se había propuesto tomar el poder para apropiarse de las riquezas de Venezuela. Objetivo conquistado, finalmente, por Fidel Castro cuando Hugo Chávez tomó el poder.

Sangre y asfalto es un libro sobre la visibilidad de un pueblo, a través de las manifestaciones y protestas que se hizo sentir con su presencia ciudadana. Un pueblo que no perdió, en su acción de calle, su dimensión individual. Eso permitió que jamás las manifestaciones se transformaran en expresiones de masas, o muchedumbres ciegas, como las que acostumbran a acompañar, bajo órdenes y amenazas, las movilizaciones de la dictadura. En el libro testimonial de Carol Prunhuber el pueblo se expresa en todos sus contrastes. En sus ideas y sentimientos. La escritora consigna y describe esta épica ciudadana con maestría. Como un diario de guerra que busca, en el fragor de la lucha, no sólo consignar los detalles del combate, por igual, las inflexiones desencadenantes que cambian y alteran lo planificado. Siempre lo narrado está bajo la luz de aquel que testimonia con ojo avizor. El ojo de una conciencia despierta. De manera sistemática y detallada, Carol Prunhuber describe los acontecimientos de calle, convocando reflexiones e interrogantes que nos confrontan. La más capital es la historia de las manifestaciones sucesivas que se vienen repitiendo hace veinte años, en una progresiva y expectante ansiedad de liberarse de la dictadura que agobia a los venezolanos. Esas manifestaciones, que son como el síndrome del eterno retorno, con el cual toda repetición indefectiblemente está condenada al extravió, e inclusive, a la locura.

Estos amargos años transcurridos, con un altísimo porcentaje de manifestaciones y protestas, no agotó ni derribó a la dictadura venezolana, más bien la apuntaló. La conducción opositora creyó que convirtiendo al pueblo en masa manifestante, una y otra vez, era proporcionalmente superior a un individuo capaz de crear, desde su soledad políticamente activa, una táctica y una estrategia novedosa para no darse jamás por vencido y convertirse así en vencedor, o genio conductor de un pueblo para vencer. Esa valerosa y sistemática conducta propia del auténtico hombre rebelde. Sin figuración ni ostentación. Jamás alcanzada por ningún revolucionario. Ese estadio de rebelión donde se combate, ya no desde la clandestinidad de los reduccionismos militantes, sino  desde la existencial invisibilidad, pero mortal contra la trama de la dictadura. Aquel rebelde que no teme convertir la política pensante y actuante, en guerra silente y fulminante contra su declarado enemigo. Interno y externo. Nacional o extranjero. Mucho más cuando el pueblo extraviado y desorientado en manifestaciones inútiles es reprimido, asesinado, encarcelado, torturado, para luego ser rendido en la depresión, la impotencia y la rabia sin norte. La manifestaciones y protestas hacen visible a un pueblo en la calle pero, cuando arranca la represión de la dictadura, quedan en el pavimento los heridos y los muertos. Aquellos desaparecidos que no volveremos a ver. Ni siquiera oír sus gritos en los centros de tortura. Aquellos que perdieron su condición de existencia.

En Venezuela la dirigencia política apostó a que el pueblo se hiciera visible en cada manifestación. No se pasó de la manifestación a la rebelión, ni de esta a la insurrección. Entonces el combate final no fue posible. Cuando las manifestaciones no cesaron con la represión brutal, el gobierno optó por una sofisticada y eficaz manera de reprimir: el hambre y las enfermedades. Debilitó el cuerpo, la psiquis y el alma. El pueblo quedó inerme en su propia indefensión. El país fue convertido en un inmenso campo de concentración. Escribir es más que un peligro. Es una sentencia de muerte garantizada. Pero hemos aprendido a escribir en la oscuridad. La mayor crisis humanitaria del país terminó por abrirle los ojos al mundo al enterarse de lo que realmente sucedía en Venezuela. Este despertar de la comunidad internacional se tradujo en una coalición nunca antes lograda a favor de un país del hemisferio, pero fue abortada por las cúpulas que se apropiaron, con su protagonismo e inoperancia política, del urgente acto supremo de la liberación de Venezuela. Tuvieron miedo de activar la acción cruenta y culminante contra el enemigo del pueblo venezolano. En ese punto de inflexión comenzó la desconfianza hacia los líderes políticos venezolanos. Una fatiga existencial medró la voluntad política e insurreccional que privaba en cada ciudadano.

Prosperó entonces la desconfianza hacia algunas instancias internacionales y sus representantes, ocurrió hacia la alta comisionada para los derechos humanos de las Naciones Unidas, Michelle Bachelet, al legitimar ésta el horror de la tragedia venezolana con una visita a Venezuela, donde afianzó (subtextualmente) en su declaración ambigua, ante los medios de comunicación, las nuevas formas de gobernabilidad de la izquierda en la América Latina, que deberán ser tratadas, no de maneras tribunalicias y coercitivas, como merecen las dictaduras de derecha, sino de formas  diplomáticas infinitas,  que corresponden favorablemente a las dictaduras de izquierda. Así estas hayan nacido de un aborto ideológico.

La voracidad de China, Rusia e  Irán,  las FARC, el ELN, Hezbolá, se han sumado al festín de las grandes riquezas  que se encuentran en la Venezuela profunda. Entonces, en medio de este ardoroso dolor tropical, el pueblo venezolano no solo se halla en el reto de derrotar a una dictadura delincuencial conformada por las Fuerzas Armadas y sus servicios de inteligencia,  sino de enfrentar a un enemigo vasto que la apoya internacionalmente, el cual sólo puede ser aniquilado por la invisibilidad de una inteligencia opositora capaz y fulminante que tenga conciencia de la trama compleja y múltiple en que se ha agravado el problema venezolano. Ya el plan contra los criminales no puede ser político. Ha de ser quirúrgicamente militar en su impredecible acción.

Con esta reflexión, celebro este libro conmovedor y valiente, Sangre y asfalto, de Carol Prunhuber. Editado por Kalanthos.

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