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RAFAEL SIMÓN JIMÉNEZ: La salida de la crisis

La salida de la crisis

 Tiempo de verdades – RAFAEL SIMÓN JIMÉNEZ

Después de 20 años de polarización, confrontación y desgarramiento, la grave crisis venezolana no tiene otra salida que una negociación que abra las puertas y viabilice la transición hacia la recuperación política, económica y social del país. En dos décadas de implacable lucha fratricida ha quedado demostrado la inutilidad e imposibilidad de que ningún sector pueda liquidar o vencer al antagonista, con las consecuencias de ruina, destrucción y caos que ese empreño perverso ha traído.

La realidad de hoy bien puede resumirse en una crisis económica agobiante que castiga a la inmensa mayoría de las población, generando un auténtico vía crucis para los más desfavorecidos y un éxodo masivo de compatriotas que a la desbandada pretenden huir de Venezuela buscando su sobrevivencia en otros países, y en lo político una agudización y escalamiento del conflicto entre dos fuerzas en pugna que hasta ahora generan lo que pudiéramos calificar como un “equilibrio inestable”. Por un lado la mayoría abrumadora de la población que clama por un cambio, y por el otro una camarilla que atornillada del poder exhibe como sus ventajas comparativas el uso de la represión y la fuerza, a través del apoyo que le dispensa la cúpula militar y la utilización de bandas armadas de forajidos que bajo la denominación impropia de colectivos se encargan de cometer todo tipo de desmanes para imponer el miedo.

Venezuela, por lo demás, se ha convertido en un problema latinoamericano y mundial. La emigración de millones de personas hacia países vecinos ha generado diversas reacciones en sus lugares de destino. La utilización del territorio venezolano para actividades de la delincuencia internacional y el crimen organizado. La violación sistemática de los derechos humanos reflejados fidedignamente en el informe de la alta comisionada de las Naciones Unidas para el tema, han sensibilizado a naciones, líderes internacionales, organizaciones mundiales y la sociedad civil para comprometerse en la búsqueda de una solución al grave conflicto que ha terminado por traspasar las fronteras nacionales.

Esa preocupación mundial, compactada tras el clamor de una salida pacífica y negociada, a una situación que ya arroja un saldo demasiado sangriento y trágico, ha tenido como escenario privilegiado la iniciativa del Reino de Noruega de promover un mecanismo de diálogos y acuerdos, donde gobierno y oposición puedan convenir en una salida electoral que abra las compuertas de la transición, y que pueda abreviarle a Venezuela mayores desgracias.

La historia de los conflictos a lo largo del devenir de la humanidad solo ha podido tener dos eventuales desenlaces: una victoria aplastante de uno de los bandos liquidando al otro, lo cual resulta improbable en Venezuela luego de veinte años de confrontación sin lograrse, y lo segundo y más común ha sido la búsqueda de un acuerdo que sin satisfacer plenamente los objetivos de cada uno de los interlocutores, pueda encontrar un punto medio que destranque el juego y facilite la construcción de un escenario donde el conjunto del pueblo venezolano pueda decidir pacífica y libremente su destino.

A despecho de los radicales de uno y otro lado, e incluso de quienes quisiéramos un desenlace más próximo y menos dificultoso, la realidad que da en la cara nos dice con claridad que la única salida a la crisis es negociar o negociar.

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