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ALFREDO MICHELENA: ¿Murió hace 30 años la Guerra Fría?

¿Murió hace 30 años la Guerra Fría?

Por ALFREDO MICHELENA

A los 30 años de su entierro, la Guerra Fría camina como un muerto viviente, semejante a lo contado en los innumerables libros, series de TV y películas del género de los zombis. Como un zombi, ella no es la misma, pero sigue siendo tanto o más dañina que antes, en especial ahora que sus andares tocan a Venezuela.

Un 19 de agosto, hace 30 años, unos mil alemanes del Este cruzaron en estampida la frontera húngara hacia Austria con destino a Alemania, acción que unos meses atrás hubiera implicado la muerte a manos de los francotiradores comunistas.

Este fue el abreboca de lo que sería la caída del Muro de Berlín unos meses después. Se les evidenciaba  a los alemanes – y a otros pueblos sometidos – que hay una salida a su desgracia y que el imperio soviético estaba a punto de colapsar.

No había pasado un mes de esa estampida, cuando el 11 de septiembre una avalancha de decenas de miles de alemanes del lado comunista volvían a cruzar esa misma frontera rumbo a la democracia y la libertad. Así fueron los prolegómenos  del desplome de la “cortina de hierro”. Y el Muro de Berlín caía en noviembre de ese mismo año 1989.

El mundo rebozó de alegría. Pensó que su mayor dolor de cabeza se había acabado para siempre.  Que la ideología marxista o comunista había muerto. Francis Fukuyama, en su ensayo ¿El fin de la Historia?,  profetizaba que las democracias liberales capitalistas reinarían en el mundo. Y probablemente fue verdad, pero…  duró apenas a lo largo del último decenio del siglo pasado,  a excepción de Cuba,  Corea del Norte, China y Vietnam. Y lo que es peor: China y Vietnam comenzarían a demostrar que la opción capitalista no necesariamente democratizaba las sociedades.  En el caso de China, no sólo no se cumplió la profecía,  sino que ahora se está pagando el haber despertado a un monstruo productivo, sin haber provocado  su democratización.

10 años después de esa celebrada muerte, en América Latina – con Chávez punteando, pero articulado por el Foro de São Pablo, creación de Fidel Castro y Lula da Silva-, adquirió fuerza un “populismo de izquierda” que retomó simbólicamente el discurso socialista o al menos reivindicativo, el cual con sus diferencias, arropó a la región.  Es ese   “Populismo de izquierda”,  que creció con  el dinero “fácil” proveniente del abrupto incremento de los precios de las materias primas, en especial del petróleo, ocurrido  a comienzos del siglo. Esos petrodólares no sólo sirvieron para cimentar dicho modelo en Venezuela, sino para financiar otros similares en la región.

Lo paradójico es que  mientras el mundo occidental estaba embelesado con la muerte del comunismo y creía en la democratización universal, basándose en una profunda convicción darwinista de que no había vuelta atrás en la expansión global de la democracia (Huntington y su tercera ola de democratización), aquí en las narices del imperio los venezolanos rodamos los dados y dábamos inicio a lo que se llamó la “marea rosada” de gobiernos de izquierda, que en realidad han sido gobiernos “populistas de izquierda” en mayor o menor grado.

Eran de “izquierda” en cuanto promueven activamente el control de la economía e incluso la sociedad desde el Estado, y eran “populistas”, pues desarrollan  un discurso político por encima de los tradicionales de clase, polarizando la sociedad en categorías dicotómicas más simples,  como pobres contra ricos, o pueblo contra oligarquía, etc., articulando  todo el descontento social.  Como consecuencia, desmontan las instituciones para crear una relación directa entre “el pueblo” y “el líder”, lo que al final genera gobiernos dictatoriales en diferentes grados; y  finalmente privilegian lo político sobre el desarrollo económico, lo que lleva a los países hacia su estancamiento e incluso destrucción productiva.

La estela de fracasos del populismo izquierdista es claramente visible en los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Regímenes que  han logrado mantener el poder desarticulando los poderes independientes del Estado y en especial el poder de las armas al corromper la esencia de las Fuerzas Armadas, facilitándoseles así lograr el sometimiento de sus ciudadanos. En el plano internacional se han aliado con otros gobiernos del mismo estilo (populistas), como Rusia, China, Turquía e Irán, reviviendo  una “guerra fría” de nuevo cuño.

Ahora no es Capitalismo vs. Comunismo, ni estamos a punto de una guerra nuclear. Pero como vemos en nuestro caso, allí siguen los imperios enfrentados, promoviendo cada uno sus intereses con sus mismos aliados de antaño.  EE.UU. con los europeos, Canadá y la mayoría de los países latinoamericanos, enfrentando a Rusia y China con sus aliados Turquía, Irán, Cuba y Nicaragua.  Y Venezuela en el vórtice del huracán.

Lo trágico es que la mayoría de los gobiernos que apoyan la vuelta a la democracia en Venezuela parecen creer, como en el pasado, que basta con contener al monstruo y esperar a que se desmorone por si solo ante la presión política interna que debemos ejercer los venezolanos. Pero olvidan que ese no fue el caso durante la Guerra Fría.   Baste recordar el levantamiento de Hungría en 1956 o la Primavera de Praga en 1968, para ver cómo ambas rebeliones fueron aplastadas por los ejércitos soviéticos, sin que ninguna de ellas fuera apoyada militarmente por las democracias occidentales. Los defensores de la democracia se limitaron a criticar y sancionar diplomáticamente, mientras se adecuaban a vivir con una Europa oriental sometida. ¿Será este nuestro destino?

 

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