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JURATE ROSALES: Parecidos y diferencias del caso Venezuela

Parecidos y diferencias del caso Venezuela

 Ventana al mundo – JURATE ROSALES

Mirando por “mi ventana al mundo”, nombre de mi columna semanal en “El Nuevo País” desde hace 30 años, me asombra la repetición -como si se tratara de una copia al carbón– de los mismos errores en los más distintos países, culturas, idiomas, religiones, hasta continentes, repetidos como si nadie hubiese aprendido de ellos.  Se trata del comunismo y me doy cuenta de que en más de un siglo nada en su aplicación, evolución, fortaleza y finalmente desintegración ha cambiado. Es una constatación que se confirma con sólo examinar la evolución de cada país cuando era o es –como Venezuela ahora– sometido a ese sistema, porque todos pasaron –o pasan- por la misma secuencia.

¿Cuál es esa secuencia? En el país mismo, hay un inicio que proclama la felicidad e igualdad para todos. Sigue la implementación de la tal “igualdad” con la desaparición a veces abrupta, otras veces gradual como en Venezuela, de la iniciativa privada, sean en el campo o en las empresas productoras. Llega la imposibilidad de producción –sobre todo alimenticia– y surgen las distribuciones de comida, lo que se transforma en una especie de esclavitud para poder comer, que sea con las libretas de alimentación tipo cubano, o las cajas clap venezolanas. Vienen las inevitables protestas de calle y su igualmente inevitable represión, con los muertos, los heridos, los presos y los tribunales. El último eslabón de la secuencia es la huida, la disgregación de las familias y la diáspora.

Viene entonces el otro lado de la tragedia que es la también inevitable ceguera de la diáspora. También eso lo vi reproducirse con asombrosa precisión a través de décadas y en decenas de países. Lo cual necesita de una explicación, porque las diásporas de cada país tienen sus historias. Se forman no de una sola vez, sino por etapas, por paños, diríamos. La primera etapa es la más genuina, la de los que huyeron al ver amenazado su modo de vida. Hay una segunda tanda, formada por los que ya estuvieron en los puestos dirigentes del sistema y fueron expulsados, o los que tras enriquecerse prefirieron irse para disfrutar de los bienes mal habidos. Finalmente está la tercera oleada, de los que huyen para no morir de hambre. Cada oleada se distingue por la forma en que se formó y reniega de la anterior. De manera que los tres inevitables rasgos de las diásporas son: 1. El extremismo en sus puntos de vista y el odio visceral hacia el sistema imperante en su país; 2. Las guerras internas entre cada grupo de los refugiados según provienen de la primera, segunda, o tercera etc. oleadas de salida del país; 3. La incapacidad de formar un solo bloque de acción unido y eficaz.

Lo he visto ocurrir en Rusia (allí salieron primero los zaristas, luego vino la oleada de los trostskistas expulsados o aniquilados, después los que encontraron salida durante la II Guerra Mundial.) Esa misma secuencia la vi luego en toda Europa oriental sometida al comunismo tras la II Guerra Mundial. Lo vi en Cuba (¿recuerdan la oleada de los Marielitas?) y ahora lo veo con los venezolanos. Todos – recalco  TODOS– los países que padecieron del comunismo y donde cada uno creía con asombrosa ingenuidad ser el único en experimentar lo que consideraba inicuo y sólo aplicado a su caso, se repite con precisión y ahora vuelve a repetirse para los venezolanos. Allí están como lo fue desde hace décadas en muchos otros países, la imposibilidad de una articulada unión de todo el exilio.

¿Cómo se sale de esa pesadilla? Lo grave es que en mi observación he notado que hacen falta varias generaciones para borrar lo exacerbado de los odios y rencores –absolutamente legítimos pero poco prácticos– y lograr que todos los de la diáspora  puedan remar al mismo ritmo.

En el caso de Venezuela, se interpone, además de los rencores entre cada grupo de la diáspora, la codicia que mancilla tanto  a los que salieron “forrados”, como a los que quedaron para enriquecerse con los despojos, muchos actuando simultáneamente de ambos lados.  Después de hacerse con una riqueza que destruyeron, siguen saqueando lo poco que queda en las migajas que todavía se recogen y que alimentan la ilusión. Es una maldición que persigue a Venezuela desde los años en que los conquistadores encontraban la muerte buscando un mítico “El Dorado” que nunca existió y que hoy mismo sigue destruyendo la nación bajo el fatídico nombre del  Arco Minero del Orinoco. Sin duda que la ilusión de la riqueza súbita sigue frenando la lenta y trabajosa ruta para deshacerse del mal llamado “socialismo del siglo XXI”.

Son veinte años de chavismo-madurismo en Venezuela. Fueron 43 años de comunismo en Europa oriental tras la II Guerra Mundial, para que unas nuevas generaciones nazcan, crezcan y con el sentido menos cegado por rencores, encuentren la ruta de la unidad, para recobrar la libertad. Lo cual significaría que para los venezolanos todavía harían falta dos generaciones para que la acción fría sustituya los vapores de los rencores. De veras, ¿haría falta tanto tiempo?

Además de la imperdonable división de la oposición fuera de Venezuela, señal de inmadurez por ser demasiado recientes las diásporas, otro gran obstáculo que no es el tradicional, sino muy propio de Venezuela, es el eterno fantasma de El Dorado. Bandas de delincuentes buscando el oro y cualquier riqueza que imaginan,  volviendo a asesinar a los indios, parece ser un fatídico regreso a lo peor de un muy lejano pasado de los inicios de la colonia. ¿O será que Venezuela regresó a ser otra vez una colonia? ¿Esta vez, de quién?

Uno de los principales obstáculos que parece encontrar el presidente interino Juan Guaidó es la actitud de la Fuerza Armada Nacional que a medida que pasan los días, adquiere cada vez más la fama del traidor de su propia gente, o, peor, la del cobarde que no se atreve a tocar la maraña de intereses que parecen haberse apoderado del país. Con cada nueva vuelta del calendario, la dificultad de imponer orden aumenta, con Venezuela transformándose en un santuario para delincuentes de todo pelaje y centro de legalización de negocios que más nadie se atrevería a legalizar.

Observo que el ministro de la defensa, Vladimir Padrino López, ni siquiera se atreve a defender a su propia gente, dejando un número cada vez mayor de oficiales militares sometidos a cárcel y torturas. Me niego a acusarlo de corrupto o corruptor, sino que lo veo más bien temeroso de iniciar una guerra interna contra un enemigo que considera superior.

Es cuando al final debo plantear la pregunta clave (con el permiso de Macky y Manuel Felipe por utilizar el término): ¿está tan bien apertrechado el enemigo introducido en Venezuela, que hay temor de tocarlo? ¿En qué consiste? ¿Quién o quiénes lo nutren? ¿Y frente a ese enemigo que hasta la Fuerza Armada parece tenerle miedo, todavía hay un grupo de opositores que se niegan a conformar un bloque compacto de toda la nación para crear un frente unido?

 

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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