fbpx
ColumnistasNacionales
Destacados

CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO: ÉXODO, EXILIO, HUIDA

ÉXODO, EXILIO, HUIDA

La crónica menor – CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO

          Asistimos a la mayor crisis humanitaria que padece el pueblo venezolano en su historia de más de cinco siglos. Durante los tres siglos de dominación hispana nuestro territorio, enorme y despoblado dio acogida a grupos significativos como los canarios en el siglo XVIII que nos enriquecieron con sus usos y tradiciones. En el XIX republicano se promovió de manera esporádica y espasmódica la venida de extranjeros europeos como los alemanes de la Selva Negra que se instalaron en lo que es hoy la Colonia Tovar; o los italianos y corsos que prefirieron los Andes.

Después de la segunda guerra mundial, la afluencia benéfica de españoles y canarios, portugueses sobre todo de las islas, e italianos de diversas regiones, dinamizaron con sus aportes nuestra identidad. La integración la mezcla de estos “musiues” con la población criolla mestiza le ha dado un nuevo rostro genético y cultural al venezolano contemporáneo. La inestable situación política latinoamericana a partir de los años 70 provocó la llegada masiva de colombianos, y en menor escala, de gentes que huía de las dictaduras militares o de las carencias económicas de las islas caribeñas.

Fuimos un país receptor de inmigrantes, y en escala mínima, de buscadores de fortuna o de aventureros. Famosa la canción que nos deleita todavía: “me fui para Nueva York en busca de una fortuna, y si allí lavaba platos, aquí decía que era platero…”. Hoy, mejor en estos últimos veinte años se ha vuelto la tortilla. Nadie viene a esta tierra de gracia porque no hay condiciones para vivir en libertad, con seguridades, y las posibilidades de emprendimiento, de inversión y de empleo están en mínimos rojos.

La avalancha de gente venezolana que emigra es un alud que crece exponencialmente, y no por guerras o catástrofes naturales. Se habla de más de cuatro millones de compatriotas que, como el pueblo escogido en el éxodo bíblico buscan una tierra prometida que los cobije. Son dramáticos y espeluznantes los testimonios y las imágenes que vemos, de gente que transita a pie, o por cualquier otro medio, esperando ser acogidos en tierra extraña. Las cantidades diarias de personas que huyen son tales que su llegada genera situaciones conflictivas, pues es complicado “digerir” tal volumen, y no se llega a ayudar a esta riada más cercana a un deslave que a un cauce normal de movimiento migratorio.

Gracias, en medio de lagunas y sombras, a la acogida de los países receptores, pues una política más restrictiva haría más penosa la situación. Al lado de esta catástrofe, proliferan los detestables buitres que se aprovechan de las necesidades del pobre. Las mafias que trafican con personas se llenan los bolsillos con las ganancias que la prostitución, el tráfico de órganos, la esclavitud laboral o las ofertas de muchas formas ilícitas de subsistencia. Lo peor, la actitud inhumana y sin entrañas de un régimen que se solaza en decir que al que le guste el país, que se vaya. Sobran los testimonios que señalan a nuestras representaciones diplomáticas, sin ningún interés de ocuparse de nuestra gente; son más bien agencias de exportación de la ideología de la revolución.

Cualquier gobierno se legitima en la medida en que atiende y mejora las necesidades de la población. El incumplimiento manifiesto de la primera obligación de una autoridad pública, lo hace moralmente insostenible, pues en su ejercicio no ha estado a la altura de las exigencias de las mayorías. El grito por un cambio copernicano es perentorio, porque la vida está por encima de cualquier otro postulado. Negarse a reconocer esta realidad, impedir de mil formas cualquier forma de negociación o de arreglo, a abrir cauces a una salida concertad y pacífica, es un crimen de lesa humana que clama al cielo. Ante este éxodo forzado los venezolanos tenemos derecho a vivir en paz, en igualdad y en nuestra propia tierra.

Tags
Mostrar más

Artículos relacionados

Close
Close