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JURATE ROSALES: La terrible venganza de Fidel Castro

La terrible venganza de Fidel Castro

Diario – JURATE ROSALES

En la  biografía de Fidel Castro escrita por el francés Serge Raffy (un libraco de 669 páginas), aparece que el joven Fidel, después de un breve  retiro en Nueva York tras un escándalo que lo obligó a desaparecer de Cuba por un tiempo,  volvió a La Habana para terminar sus estudios de derecho y conseguir una beca con el fin de cursar un postgrado en los Estados Unidos. Según Raffy, en septiembre 1950 logró graduarse, pero había fallado en dos materias lo que le impedía lograr la beca en Estados Unidos. Relata el biógrafo: “Pese a ello, festeja la hazaña con (su esposa) Mirta y varios amigos. Está decepcionado de no poder viajar a los Estados Unidos como lo hizo José  Martí, para  preparar la revolución desde las entrañas del monstruo. Este medio fracaso le molesta al más alto grado…”.

Uno se pregunta, ¿cómo se hubiese enrumbado la vida de  Fidel Castro de haber sido un becado en Estados Unidos? La familia de su esposa Mirta, los Díaz Balard, son actualmente importantes figuras políticas en Washington.  Rafael Díaz Balart  fue miembro del Congreso norteamericano en Washington desde 1993 hasta 2011. Mario Díaz Balard es miembro del congreso norteamericano por el estado de Florida desde 2011. El hijo primogénito de Fidel Castro, Fidelito (fallecido el año pasado), era primo hermano de los Díaz Balard. En cuanto a Mirta, la primera esposa de Fidel Castro, ella es nonagenaria, vive entre La Habana y Madrid, porque sigue siendo miembro de la familia.

Todo lo anterior viene al caso para reflejar lo artificial que ha sido desde sus inicios la supuesta propaganda anti norteamericana fomentada por Fidel Castro en América Latina y principalmente en Venezuela. Año tras año, los venezolanos han sido víctimas de una continua campaña cubana buscando inculcarles la idea de que su enemigo son los Estados Unidos. Lo irónico es que la residencia en Estados Unidos nunca dejó de ser considerada un privilegio y muchos venezolanos han buscado –y siguen buscando- conseguirla. Contradicción que nadie denuncia.

En tiempos anteriores a las locuras de unas absurdas propagandas y lavados de cerebro “anti gringos”,  uno de los más sensatos presidentes de Venezuela, Rómulo Betancourt, ha sido el mandatario que fomentó la cercanía con Estados Unidos como política de Estado, de igual a igual y con notable provecho de cercanía  a través de intercambios económicos, pero sobre todo estudiantiles de un lado y otro. Lo que hubiera sido una normal relación amistosa entre vecinos, desde el inicio fue envenenado por una venganza de Fidel Castro quien nunca perdonó a Betancourt el no haberse plegado a sus exigencias. Sólo hay que recordar  la primera –y única– entrevista de Castro con Betancourt en Macuto, enero 1959. Allí quedó célebre y profética la frase de Betancourt: “no han debido presentarse armados a Maiquetía”. Betancourt era un civil y consideraba que el gobierno de Venezuela es de civiles.

A partir de ese momento y hasta la fecha, nunca dejó de interferir en Venezuela la venganza del dictador que codiciaba los bienes ajenos. Utilizó  la herramienta del disturbio guerrillero, pero lo que más ha afectado a Venezuela y a todos los venezolanos, ha sido una permanente  creación y fomento de un enemigo imaginario, llamado “el imperio”, para utilizar ese término ficticio con el fin de  azuzar a la gente contra un tal “enemigo”. Desde los primeros días del período democrático iniciado en 1958, hasta la fecha, Venezuela no ha tenido un día sin que por múltiples vías su normal desarrollo no haya sido interferido por alguna intromisión instigada desde Cuba. La propaganda, la mentira política diseminada a través de universidades, sindicatos y “actividades culturales”, también a través de guerrilla, células clandestinas en el ámbito militar y cualquier mentira que consiga engañar al público, trabajó desde el primer momento para debilitar el orden democrático en Venezuela. El punto de partida de esa continua campaña de mentiras, tal como lo veo a través de un largo desarrollo, arrancó la noche en que Betancourt negó a Fidel Castro el petróleo venezolano. La destrucción actual de PDVSA es prueba directa de cuánta razón tuvo Betancourt en su actitud nacional.

El subsiguiente alejamiento y una cuidadosamente fomentada, nutrida de mentiras, enemistad con el más provechoso aliado que podía tener Venezuela incluso en temas como el Esequibo, han retrocedido Venezuela a la situación de  territorio disminuido y arrasado. En vez de la alianza que inició Betancourt entre dos iguales, tenemos ahora la destrucción de una Venezuela arruinada y decimada, con sus propios ciudadanos huyendo de la hambruna, todo gracias a la intromisión cubana y su campaña de desgaste de la democracia, sostenida a lo largo de 60 años consecutivos.

Han sido 60 años de inyección continua del veneno castrista, no sólo en Venezuela,  sino en toda América Latina. Fueron 60 años de continuo freno económico en todo un continente, continuamente lastrado por el peso de la propaganda castrista. La ceguera ha sido tan total, que incluso ahora, uno ve que Argentina todavía parece estar incapaz de deslastrarse de mentiras que la tienen frenada sin esperanza de mejoría.

En cuanto a Venezuela, será la segunda vez que Estados Unidos le tiren una percha salvadora, siendo la primera la de “América para los americanos” del presidente Monroe, cuando USA se vio precisada de espantar de La Guaira el bloqueo naval de los entonces reinos alemán, británico e italiano en 1902-1903. Dado que la historia amenaza con repetirse, ahora con lo de “America first” de Donald Trump, uno sólo puede lamentar que nos haya tocado ser víctimas de una retaliación política cubana que insidiosamente se infiltró desde el mismo día en que Fidel Castro juró vengarse de Betancourt. La venganza destruyó al país más rico de América del Sur. Han sido seis décadas de socavación  continua, fomentada por un genio del mal, llamado Fidel Castro y continuada ahora por sus seguidores.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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