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RAFAEL SIMÓN JIMÉNEZ: El club de los sociópatas

El club de los sociópatas

Tiempo de verdades – Rafael Simón Jiménez

Las convulsiones y sacudidas que han marcado los tiempos recientes en distintos países del continente, ha dado lugar a los análisis y explicaciones más disimiles sobre sus causas y repercusiones. Desde los razonamientos simplistas y reduccionistas que, condicionados por marcadas posiciones ideológicas, pretenden atribuir a vanguardias radicales como el Foro de Sao Paulo la culpa de todo lo sucedido, hasta quienes profundizando en las realidades nacionales buscan en factores históricos, económicos, sociales, institucionales y morales, las reacciones incontroladas de las multitudes que han sacudido desde la “modélica“ Chile hasta la siempre levantistica Haití, pasando por la rebelión indígena del Ecuador.

Una primera aproximación al problema nos lleva a la conclusión de que los sistemas democráticos no pueden exhibir vitalidad, estabilidad y gobernabilidad mientras no sean capaces de generar modelos económicos y sociales que aseguren crecimiento con equidad, justicia social y oportunidades para todos. La pobreza, la exclusión, las grandes brechas entre una minoría  que concentra la riqueza y una mayoría postergada en la satisfacción de sus necesidades materiales elementales, va sin duda incubando niveles de insatisfacción, constituyéndose en un volcán silencioso capaz de estallar con fuerza cuando cualquier hecho circunstancial actué como disparador.

Ahora cuando centramos el análisis en las realidades actuales de Chile, Ecuador, Haití, y en menor medida en Honduras, Guatemala y Perú, porque no recordar cómo se produjo el naufragio de la democracia venezolana, ejemplar y aparentemente sólida e invulnerable en un continente plagado de gobiernos genocidas militares. Esa Democracia forjada tras el derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez, apuntalada por un consenso político y por las grandes expectativas de los sectores populares, pudo salir airosa y derrotar contundentemente los intentos insurreccionales en la década de los sesenta del pasado siglo.

Esa estabilidad, gobernabilidad y bienestar contra la que se estrellaron las perversas intenciones de Fidel Castro comenzaron a flaquear y agrietarse cuando instituciones, partidos y dirigentes propiciaron un proceso de decadencia, que quebró el “pacto social “que apuntalaba al sistema y que se fundamentaba en un reparto de la renta que aunque injusto y desigual, permitía por su magnitud satisfacer demandas colectivas.

El incremento progresivo de la pobreza, el desmejoramiento de la calidad de vida de la clase media venezolana, el decaimiento del sistema educativo, la creciente corrupción, el ejercicio bandidesco de la política, que determinó el repudio de la gente hacia los partidos y liderazgos en los que había depositado su confianza por cuarenta años, fue creando el ambiente propicio para la aparición de un mensaje y un líder demagogo, verborreico y  promesero como Hugo Chávez, que lanzando un relato vengador y patibulario cautivó al mismo pueblo que por cuatro décadas había acompañado a las organizaciones tradicionales, decretando el desbarrancamiento del sistema político venezolano.

Nada distinto a lo que ya ocurrió en Venezuela es lo que está pasando en la mayoría de los países de la región. Así como la democracia no es compatible con el autoritarismo, la violencia o la arbitrariedad, tampoco es posible coexistir indefinidamente con la desigualdad, la pobreza, la exclusión y la corrupción. La vacuna contra los planes malévolos de ese club de desadaptados y sociópatas del denominado Foro de Sao Paulo no está en la virulencia de quienes los hacen responsables del problema, magnificando sus modestos alcances, sino sensibilizando a las élites, a los sectores dirigentes, a los partidos y organizaciones sociales, y sobre todo a los gobernantes de que el verdadero enemigo de la democracia, y el que amenaza su estabilidad, es el hambre, la injusticia, la pobreza y todos los subproductos de un sistema que termina funcionando solo para beneficio de minorías privilegiadas.

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