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CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO: Una nueva forma de ser Iglesia

Una nueva forma de ser Iglesia

La crónica menor- CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO

José María Arnaiz es un latinoamericano de mente y corazón nacido y criado en España. Misionero de buena estirpe, lo lleva en los tuétanos y le ha tocado ejercer su ministerio en las dos orillas, unas veces en empeños de su congregación, otras como educador y formador, trasmitiendo con la palabras y sus escritos, pero mejor con su testimonio personal, la pasión con la que vive el momento eclesial, tomando sus llagas para extirparlas y curarlas, potenciando a la vez, la herencia positiva que no es poca, de la presencia eclesial aprendida en su lar nativo y desarrollada en el nuevo mundo.

Ha vivido en varias oportunidades, y actualmente en Chile, donde “deja traslucir, como cristiano y sacerdote, la gran intensidad con que vive estos momentos de la Iglesia, y al igual que muchos de nosotros, confiesa su indignación a la vez que su gran amor por la iglesia universal y la chilena”. No le saca el cuerpo a la espinosa situación de nuestros hermanos del sur, y a raíz de la visita del Papa Francisco a tierras australes, dio a luz una obra que vale la pena leer con detenimiento: “Queridos chilenos y chilenas”, en clave personal y pastoral, animando a la trasparencia y a la esperanza de los creyentes.

De las prensas de PPC nos regala el libro que lleva por título el encabezamiento de esta crónica. La crisis que vivimos, afirma, nos ofrece la posibilidad de la cordura en tiempos de ruptura. La Iglesia precisa estrenar una nueva hoja de ruta, posible y urgente. Los seguidores de Jesús no deberíamos perder la confianza y el aliento. Nuestra sociedad está urgida de testigos vivos que ayuden a seguir creyendo en el amor, ya que no hay porvenir para el ser humano si termina perdiendo la fe en el amor.

Parte su reflexión admitiendo la crisis que vive la Iglesia, y el mundo entero, en este cambio de época. Ello exige roturar una nueva forma de ser Iglesia. Para ello, descubrir, señalar y aceptar las causas de la crisis para que aceptemos la necesidad de una reforma profunda, no de un acomodo cosmético. Se pregunta en uno de los capítulos ¿a dónde vamos?, cómo será según el Papa Francisco esa nueva forma de ser Iglesia. Y toma de los escritos de Bergoglio y del nuevo Papa líneas maestras de su pensamiento y acción que lo convierten en un profeta de los tiempos actuales, necesitado de coraje, valentía y claridad de visión desde su fe profunda.

Tiene que ser una Iglesia marcada por la centralidad de los pobres, cosa que escuece a más de uno, dentro y fuera de la institución eclesial. Una Iglesia fraterna, con un fuerte carácter relacional, sinodal, participativo. Una Iglesia encarnada e inculturada, una Iglesia joven, una Iglesia inclusiva que incorpora a la mujer en toda su vida y misión, una Iglesia participativa, en la que los laicos tengan igualdad de palabra y acción porque lo que nos iguala y exige es la condición bautismal. Pero todo ello no se da como un salto en el vacío, sino en la continuidad de una Iglesia “Semper reformanda”, lo que permitirá una refundación, con nuevas actitudes y disposiciones en la que ser protagonistas de esa tarea, asumirla como propia.

Recurriendo a la historia y a la teología, vemos que no se trata de algo novedoso en el sentido de que ha sido siempre una tarea pendiente que adquiere vitalidad cuando se convierte en iglesia en salida y con conversión misionera, como nos lo dice Aparecida y la Alegría del Evangelio. En este desafío la Iglesia de América Latina tiene una palabra, una historia y un presente que ofrecer a la humanidad. Y en ello, los religiosos, avanzada en toda acción misionera y contemplando el espejo de María, tiene mucho que decirnos. María es espejo de comunión, acogedora, hospitalaria y abierta, alegre y festiva, contemplativa, humilde y sencilla, compasiva, valiente y con preferencia por los más débiles. Es la tradición de la religiosidad popular en todas las advocaciones marianas del continente desde Guadalupe hasta Luján.

Gracias, José María, por darnos este instrumento de reflexión y acción, que nos anima a asumir con pasión, con parresia, la vocación de sembradores de paz, de esperanza, de trascendencia y de bien.

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