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JURATE ROSALES: La recta final

La recta final

Por JURATE ROSALES

Por más que examino, volteo y vuelvo a mirar bajo diversos ángulos la actual situación de Venezuela, no le veo otra salida que el corte definitivo.

Incluso el falso aspecto de una súbita dolarización “de facto” de la economía, me parece imposible de sostener más que en apenas unos meses de gracia. ¿Quiénes hacen llegar esos dólares a Venezuela? Apartando los ahorros de la clase media reunidos durante las dos décadas de creciente previsión para lo peor y sumándoles las remesas de la diáspora, lo que más veo es el derroche  de los  “boliburgueses” cada vez más constreñidos a permanecer en Venezuela, dado el cerco internacional que se les cierra en el primer mundo de sus anhelos. Tampoco es que ese obligado encierro les pueda durar toda la vida. Pienso que en el caso de ellos, se trata por lo tanto de una ilusión temporal, restringida apenas a algunos sectores de Caracas. En cuanto al probablemente existente “lavado de dólares” provenientes de fuentes ilícitas, ese es precisamente el principal argumento por exhibir en caso de una intervención multilateral.

De modo que ese supuesto advenimiento  de una economía dolarizada, lo examino bajo sus diversos ángulos  y cada vez me parece más como algo difícil de mantener en tiempo y cuantía.

En cambio lo que más veo es la parálisis total de los dos parales que sostienen la economía de cualquier país: producción e intercambio económico. Hasta la principal riqueza del país, como lo ha sido desde hace un siglo el petróleo, llegó esta semana al punto cero en las refinerías de Amuay y Cardón. Sin gasolina,  ¿se paralizará todo el tránsito en Venezuela?

Por otra parte, para quienes no obtienen por alguna vía -la que sea- dólares, cualquiera que fuese su actividad ésta se reduce a cero ingresos, con sueldos que no superan desde enero los tres dólares mensuales, o con negocios que por ser en bolívares o en los ilusorios “petros”, terminan siendo una sentencia de muerte por inanición y  hambre.

Agregue a esto la situación de todos los servicios: el de salud en primer lugar, luego los de vialidad, transporte, luz eléctrica, agua potable y gas doméstico –todos ellos intermitentes y a veces simplemente inexistentes. Comprenderá entonces que el éxodo que actualmente se calcula en 4 millones de refugiados, se enrumba pronto a los 5 millones y dentro de poco  a más de esa cifra que ya se consideraba “límite” en 2019.

Multiplique esos múltiples dramas en absolutamente todas las ramas de una vida que hace dos décadas no solamente era normal, sino que se encontraba en pleno progreso, y verá que no hay posibilidad de acentuar todavía más ese declive. Porque lo que antes era sumirse en la pobreza, actualmente se transformó en  evitar la muerte por hambre. Lo cual a su vez, empieza a constituir un peso social inaguantable en los países vecinos.

Sume entonces, a esta lista de desastres, la proliferación del crimen. Para una generación crecida durante estos 20 años de avance en los desastres, no parece haber ninguna salida que no fuese la necesidad de sobrevivir al precio que sea, incluyendo en ese precio el crimen en todas sus facetas: desde el hurto hasta el asesinato, pasando por toda la gama y niveles delictivos, que en su mayoría, al fin y al cabo, son de sobrevivencia. Lo cual ha borrado en la vida diaria el concepto de la honradez, para sustituirlo por el de la más apremiante necesidad que pronto se transforma en sociedad del crimen –organizado o individual, lo que en realidad poco importa. Queda solamente que todo el resto de la población termina sirviendo de víctimas a los que – ahora impunemente– optaron por infringir la ley y reciben franco y abierto apoyo de quienes están encargados del orden público.  Por no hablar de su participación en el delito, que también eso en muchos casos lo hay, empezando por el ejemplo dado en los más altos niveles del sistema.

Viendo en conjunto la situación actual de Venezuela, es obvio que “el vecindario”, que de hecho es la comunidad de los países americanos, incluidos los presuntos “socialistas” con excepción de Cuba, debe estar ansioso de poner término a esta situación. Digamos que es como un cáncer que se extiende a través del continente y si la cura tarda,  pasará a una situación de metástasis continental. Salvo que todos los países vecinos  estén ciegos, esta situación no puede prolongarse mucho más.

Mi percepción, viendo las cosas bajo el ángulo de una realidad inmediata, es que el timbre de alarma suena y los bomberos no deben tardar.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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