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FRANCISCO POLEO: Venezuela sí le importa a España y al mundo

Venezuela sí importa a España y al mundo

 Informe político – FRANCISCO POLEO

Dijo el periodista español Alberto Prieto, en una de sus crónicas sobre Venezuela publicadas en “El Español”, que “España es la madre patria. Con un doble papel -como toda madre- de comprender y reconvenir, guiar y corregir, cuidar al hijo y dejarlo libre. Venezuela -el gobierno de facto-, entretanto, se reivindica soberana, exige resolver sus problemas sin injerencias externas… y al tiempo pide ayuda”.

Se refería Prieto al polvorín que se ha vuelto la embajada española en Caracas por la presencia de Leopoldo López, uno de los temas que más trastocan las relaciones del régimen con el “gobierno amigo de España” (Maduro dixit). Esas declaraciones de quien usurpa las funciones presidenciales en Venezuela llegaron poco después de que Pedro Sánchez haya llamado a Juan Guaidó, en pleno debate por el Delcy Gate, “líder de la oposición venezolana”, a secas, sin hacer uso del título de presidente encargado que se supone le reconoce. Pero la guinda del pastel fue que, mientras la ministra de Relaciones Exteriores apagaba el fuego asegurando que Guaidó es lo uno y es lo otro, la vicepresidente primera Carmen Calvo les decía a sus compañeros del PSOE que se olvidaran de Venezuela porque es “un combate inútil de cosas que a nadie le importan”.

Tamaño exabrupto abarca siglos de relación. Tomando sólo como referencia los últimos cien años, y obviando otros cuatrocientos y tantos, decir que la relación entre España y Venezuela no tiene importancia carece de fundamento. Hagamos ese repaso histórico, a vuelapluma, porque si nos ponemos puntillosos los ejemplos de ese poderoso vínculo entre ambos países serán miles. Toquemos primero la piedra fundamental de la democracia española, esa que le permite a Sánchez estar sentado, contra viento y marea, en la Moncloa: la transición. ¿Hubiera sido posible la misma sin el PSOE? En un régimen en el cual los partidos están proscritos, que éstos se financien es tarea complicada. Necesitan tener buenos amigos que se acuerden de ellos en las malas, como lo tuvo Felipe González en Acción Democrática y en el expresidente venezolano Carlos Andrés Pérez, quien movilizó no sólo a los suyos en Venezuela sino en la Internacional Socialista para que enviaran regularmente su aporte a sus compañeros perseguidos por el franquismo.

No oculta González que Pérez fue como un hermano mayor para él. En 1976, el avión presidencial venezolano aterrizó en Madrid. El Rey Juan Carlos esperaba al pie de la aeronave al entonces mandatario venezolano. Pérez saludó al monarca con una perla: “traigo contrabando”. El contrabando era Felipe González, cabeza del entonces ilegal PSOE, quien, mientras tanto, se bajaba discretamente del avión por una puerta trasera y escondida de las cámaras.

Tampoco es de extrañar la franqueza de Calvo. Esta actitud del PSOE no es nueva. Ya en los 2000, cuando era Acción Democrática el perseguido políticamente, el secretario general del PSOE no le atendía el teléfono a su par venezolano. Salvo González, quien siempre se ha mantenido fiel a la causa democrática venezolana, los socialistas españoles le hicieron ojitos al chavismo desde el primer momento. El Partido Socialista Obrero Español creyó que su par en Venezuela era el Partido Socialista Unido de Venezuela. Los negocios entre los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero y Hugo Chávez fructificaron. Hasta el sol de hoy, cuando casi todas las transnacionales han abandonado Venezuela por el desastre económico y social, son las empresas españolas las que resisten, aún a pérdidas. Todos sabemos que el mundo empresarial no está, como no debe estar, integrado por misioneros.

Lo que no ha entendido al 100 % el PSOE es que el PSUV a quien ve como su par en España es a Podemos. El coqueteo chavista, Zapatero de por medio, no fue más que un amor interesado. Lo que hay con la formación de Pablo Iglesias es más profundo. Como Acción Democrática financió al PSOE, el PSUV hizo lo propio con Podemos, con la diferencia de que Iglesias ha resultado ser buen amigo también en las malas.

Esos recientes vasos comunicantes van más allá de lo político y lo económico. Tras la Guerra Civil Española y hasta bien entrados los años 60, se registró en Venezuela un importante flujo migratorio proveniente de España. El gobierno venezolano de entonces estaba preparado jurídicamente para recibirlos. Ahora, el péndulo de la historia ha hecho que España esté llena de venezolanos producto de la crisis migratoria que este año, según proyecciones de la ONU, superará a la de Siria. Vamos camino de ser seis millones de venezolanos expatriados, pero aun así no le importamos a nadie, según la vicepresidenta Calvo.

Dice la número dos de Sánchez que este “combate inútil” fue empezado por las fuerzas de la derecha. No es así. Fue empezado hace casi treinta años cuando un grupo intentó tomar el poder por las armas y, tras fracasar justamente ante Carlos Andrés Pérez, se aprovecharon de la candidez de la democracia para destruirla con sus propias herramientas. Actualmente, el “Delcy Gate” no fue empezado por los adversarios políticos del PSOE, sino por los funcionarios que quebrantaron la legalidad de la Unión Europea, esa golpeada institución que tanto nos debe doler a todos los que defendemos la civilización occidental. Tampoco puede no importarle a España, un país con la obligación de ser bandera europea, un tema que sí le interesa, y mucho a tenor de la reciente gira de Guaidó, a todos los factores determinantes de Occidente.

Duele también el PSOE, esa institución de la democracia que hoy se tambalea en su ambigüedad: enarbola la bandera de los valores humanistas pero se hace la vista gorda con las violaciones de Derechos Humanos de regímenes opresores solo porque estos dicen ser socialistas. Sin embargo, los venezolanos pueden confiar en que a la mayoría de los españoles sí les importan, incluyendo a la militancia del partido de Calvo. Se quiere creer que esto no fue más que un traspié verbal de la vicepresidente, pero tiene que entender la indignación: ya son demasiados años de afrentas a quienes nos comportamos como buenos hijos cuando la madre estuvo necesitada.

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