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ROBERTO MANSILLA: El último viaje del Faraón

El último viaje del Faraón

Por ROBERTO MANSILLA, corresponsal en España.

A Mubarak le acompañará la concepción faraónica del poder, la corrupción y una abrupta caída del símbolo  de la primavera árabe.

Como las milenarias esfinges faraónicas, Hosni Mubarak ha sido un testigo petrificado de la historia. Su vida ha sido  propia de las sucesiones faraónicas, con finales algunas veces trágicos.

Finales como el que tuvo su predecesor, Annuar al Sadat, el primer líder de un Estado árabe que reconoció la legalidad y legitimidad del Estado de Israel en 1978, una decisión histórica de gran calado geopolítico que finalmente le llevó a la tumba, tras ser asesinado (1981) durante un desfile militar, por un militante palestino que no le perdonó esa “traición” histórica.

Y allí emergió Mubarak, el antiguo aviador que preservaba el poder de la casta pretoriana militar que siempre ha gobernado Egipto. Desde los tiempos faraónicos hasta los mamelucos islámicos y los siglos otomanos, tradición continuada por sus antecesores, el carismático Gamel Abdel Nasser y el histriónico Sadat.

Durante sus casi tres décadas en el poder, Mubarak fue considerado el actor clave del siempre volátil y peligroso Oriente Próximo. Ser el “rais” del que muy probablemente sea el país más importante del mundo árabe tiene esas cosas.

Celebrado en cuanta cumbre internacional acudiera, Mubarak interpretó muy bien la naturaleza “faraónica” del poder. Se consideraba omnipotente e intocable, imprescindible para Occidente, para Israel, para el mundo árabe. Toda vez consolidaba el carácter pretoriano militar del régimen egipcio, diluido al mismo tiempo en la corrupción y el elitismo, en la desigualdad y la injusticia con respecto a su propio pueblo.

Pero la inercia del poder no es eterna. La inesperada Primavera Arabe de 2011 terminó por descubrir la desnudez del “faraón”. Su caída fue un suceso tectónico a nivel geopolítico que descubrió décadas de corrupción y de represión.

Su sucesor no fue el islamista Mohammed Morsi, otro símbolo de una Primavera Arabe hoy casi inexistente, el único civil en ser elegido democráticamente como presidente egipcio. Breve interregno que, en medio de presiones y caos, finalmente definió al verdadero sucesor del “faraón” Mubarak. Otro de la casta militar, un general-presidente Fatah al Sissi, quien asestó en 2013 el golpe definitivo al breve impasse islamista de Morsi en un Egipto convulsionado. pero geopolíticamente estratégico.

Lo de al Sissi fue una Primavera al revés, para alivio de las elites, tanto en El Cairo como en Occidente, y muy seguramente para Mubarak. Un golpe del “gendarme necesario” en un Egipto demasiado estratégico para convertirlo, de súpeto, en otro Irán, incluso más inestable, en pleno Canal de Suez vía Mar Rojo, como aparentemente esperaba un Morsi condenado a muerte por un tribunal sujeto al poder,  pero al que un infarto se lo llevó de este mundo a mediados de 2019.

Ese mismo tribunal que condenó a Morsi y que, durante años, mantuvo a Mubarak en juicio, en un espectáculo a caballo entre lo patético y lo bufo, donde el “faraón” exhibía su decadencia en silla de ruedas y gafas oscuras.

Pero el Egipto post-Mubarak no olvida a su antiguo patriarca. El tribunal afecto al nuevo “faraón” al Sissi lo exoneró de su corrupción y de sus crímenes durante tres décadas de poder y semanas de represión contra una sociedad civil que reclamaba democracia. La historia finalmente lo absolvió sin pena ni gloria.

 

Esa fue la “muerte política” del “faraón” Mubarak, cuya esfinge seguía petrificada en la historia. Su sucesor, al Sissi, continúa la saga faraónica egipcia impulsando obras faraónicas como la nueva capital administrativa egipcia que está construyendo entre el Río Jordán y el Mar Rojo. Una obra que quiere mostrar el “nuevo Egipto”, refugio de las elites de siempre.

La muerte natural le vino a Mubarak, a los 91 años, este 25 de febrero, en un hospital militar cairota. Como no podía ser de otra forma. Una noticia discretamente reproducida en los medios internacionales, pero que no le augura la inmortalidad, como se pretendía a los antiguos faraones egipcios.

Pero sin inmortalidad, al “faraón” Mubarak, como al Coronel de García Márquez, siempre habrá quien le escriba.

 

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