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JURATE ROSALES: Se amella la cizaña que sembraron los Castro

Se amella la cizaña que sembraron los Castro 

 

Por JURATE ROSALES

La vez en que Washington colocó una alfombra roja para que la pisara un mandatario venezolano en la Casa Blanca, fue cuando el presidente Kennedy y la primera dama Jaqueline Kennedy recibieron  con un banquete en su honor a Rómulo Betancourt y a su esposa.  Medio siglo más tarde, de nuevo, Washington dispensó a un mandatario venezolano un homenaje que esta vez ha sido  extraordinario y especial, como lo fueron los dos largos aplausos dispensados durante el Estado de la Unión de la mayor potencia del globo, al representante de Venezuela, Juan Guaidó. Esa noche, además, fue doblemente notorio el hecho de que la ovación viniese de los diputados de ambos partidos, el republicano y el demócrata, lo que evidenciaba una unidad de criterio nacional norteamericana, en cuanto a Venezuela.

Me llama la atención que haya sido Rómulo Betancourt el primero en haber establecido un diálogo de tú a tú con el vecino del norte, algo que siempre debía haber permanecido vigente y que desgraciadamente, lenta y sostenidamente, ha sido envenenado por  la continua propaganda cubana, que tanto daño hizo y sigue haciendo en toda América Latina. Tanto más  en cuanto que la verdadera fuente  de esa cizaña internacional siempre fue el comunismo ruso que fomentaba los pleitos entre países democráticos y con eso  sacaba un caudal  propagandístico para su molino. (Por cierto que Putin, ahora que ya no hay comunismo en Rusia, sigue practicando la cizaña  como si se tratara de una política nacional más allá de diferencias ideológicas, una especie de “hazlos pelear entre ellos, que algún provecho sacaremos”. Además de que actualmente, con el internet, la globalización de las “fake news” está en su apogeo y la ineptitud, ingenuidad y credulidad del público que cae víctima de esos mensajes, hace dudar de la sapiencia del supuesto “homo sapiens”).

Revisando con una mirada de historiador la relación entre Venezuela y Estados Unidos, observo que antes de la aparición del veneno de las discordias instigadas desde Moscú y Cuba nunca hubo nada que se haya interpuesto entre Estados Unidos y Venezuela. Por el contrario, cuando el incipiente Estado del norte envió un emisario a Simón Bolívar -quien se encontraba luchando en Angostura (era la llamada Tercera República)- el enviado  norteamericano, de apellido Irvin, produjo a su regreso un informe entusiasta. Después de una estadía al lado de Bolívar y un primer tiempo de desconfianza, Irvin se había convertido en un FAN de la lucha por la independencia de América.  En esos tiempos del inicio de Estados Unidos,  Simón Bolívar estaba mucho más inclinado a apoyarse en Inglaterra que era la potencia tradicional, mientras que Norteamérica estaba todavía recuperándose de su parto independentista.

Mucho más tarde, cuando una flota naval bélica de Alemania, Inglaterra e Italia bloquearon los puertos venezolanos en el año 1902,  fue EE.UU. la nación que llegó al rescate, si bien todavía no era ni remotamente la potencia que es actualmente y ni Venezuela era un país petrolero. El entonces presidente Monroe acuñó la frase  “América para los americanos”, obligando  a la flota bélica europea a retirarse. Aquel lema parece estarse renovando ahora con Donald Trump.

Volviendo al histórico bloqueo de La Guaira, mi difunta suegra, Elba Rosales, lo recordaba y lo relataba a sus nietos. Nunca lo presentaba como una intervención, porque no lo era en su manera de verlo, sino como una amenaza de invasión que venía de Europa y que fue solucionada “por los americanos”.

En la Segunda Guerra Mundial, el petróleo venezolano fue de crucial importancia para los aliados y uno de los factores que ayudó a ganar esa contienda, la de naciones demócratas enfrentadas a sistemas dictatoriales y asesinos, como lo fue el nacional socialismo alemán.

Volviendo  a Venezuela y a los Estados Unidos, estos últimos, fieles a su lema de priorizar la solución negociada y ajustada al derecho internacional, sobre todo en materia de producción y comercio, aceptaron sin mayor dificultad que la explotación petrolera iniciada en Venezuela por norteamericanos, británicos y holandeses pasara a la propiedad venezolana a partir de 1976. Allí deberíamos otra vez observar que la actitud de Estados Unidos siempre fue la de priorizar la solución negociada (ejemplo: la compra por “USA” del estado de Luisiana a los franceses y la de Alaska a los rusos. Ambas compras sin guerra alguna, a cuenta de dólares contantes y sonantes).

De modo que en materia del petróleo venezolano no hubo ninguna traumática expropiación ni atropellos, sino entendimiento con pagos por lo instalado y Venezuela llegó a ser única dueña de una de las  más importantes y respetadas petroleras del mundo, como lo fue hasta hace poco PDVSA. Se necesitó toda la abismal incompetencia de Chávez primero y Maduro después, ambos cegados por la continua propaganda ruso-cubana, para reducir a la nada la producción en  la mayor reserva natural de petróleo del  mundo como lo es la Faja del Orinoco. Hasta parece una cosa increíble. Y para colmo de incongruencia, se terminó culpando a los norteamericanos de la debacle de PDVSA, cuando ahora el último aliento de esa empresa está en Citgo, desde Estados Unidos, para suministrar una bocanada  de oxígeno al alicaído negocio petrolero venezolano.

Tras 22 años del más depredador gobierno que jamás se había visto en toda la Historia de Suramérica, incluso hasta superando a  Cuba que tardó el triple de tiempo que Venezuela para llegar al mismo grado de deterioro, la escandalosa situación que padece Venezuela es actualmente objeto de preocupación de 60 naciones democráticas que no logran comprender cómo pudo un país tan rico llegar a la nada en dos décadas.

Estados Unidos es una de esas naciones y pide que el remedio venga de un plan concertado. En eso coadyuvan en casi todo el hemisferio occidental la Organización de Estados Americanos y el Grupo de Lima.  En nombre de la defensa del sistema democrático se les agrega la Unión Europea. Una coalición  que en cierta forma parece similar a la que se formó para vencer en la II Guerra Mundial  -valga la comparación que no es tan lejana como pareciera. Porque al igual que en esa contienda, es de esperarse que el peso decisivo, una vez más, fuese el de los Estados Unidos.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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